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	<title>Luces de BAR | Literatura</title>
	
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	<description>Literatura. Libros y cuentos.</description>
	<pubDate>Tue, 03 Nov 2009 23:56:19 +0000</pubDate>
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		<title>Elfos en la calle Sarmiento</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Nov 2009 23:56:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Facundo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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Ella se llamaba Ana o así es como se hacía llamar. A veces creo que no terminamos de conocernos del todo, que nos faltó tiempo. Lo que puedo asegurar es que lo nuestro fue muy bonito, comimos perdices hasta ese día de Febrero, en su casa, cuando todo empezó a terminar de una forma muy extraña. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-606" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/11/elfitos.jpg" alt="" /></p>
<p>Ella se llamaba Ana o así es como se hacía llamar. A veces creo que no terminamos de conocernos del todo, que nos faltó tiempo. Lo que puedo asegurar es que lo nuestro fue muy bonito, comimos perdices hasta ese día de Febrero, en su casa, cuando todo empezó a terminar de una forma muy extraña. Por razones que –entenderán, luego de leer esta historia– son obvias, esto nunca se lo pude confiar abiertamente a nadie. Ni siquiera a mis mejores amigos; según a quién se lo contaba omitía algunos detalles o falsificaba otros. Nunca se lo conté a nadie así, completo, sin rodeos, con detalles, como lo voy a contar ahora.<br />
Fue una tarde de Febrero, un sábado. Yo estaba con Ana en el living, tomábamos mate y mirábamos un recital en DVD. Solíamos pasar las tardes de aquel verano haciendo esas cosas. No era muy física nuestra relación. Además justo dio la casualidad de que nos conocimos empezando el verano, un verano que fue insoportable, llegó a hacer cuarenta y pico de térmica y no había muchas ganas de andar pegoteando<span id="more-607"></span> nuestros cuerpos. Mirábamos el recital de una banda yanqui o inglesa, no me acuerdo. Yo había tomado mucho mate. En ese living hacía mucho calor y nunca entendí –hasta el día de hoy– porqué no tenían un ventilador; no digo uno de techo, aunque sea uno de esos de pie o un turbo, porque encima daba el sol de lleno en el parquet y eso en verano era un horno. Cebé el último mate del primer termo y debe haber sido por la confirmación empírica de haber visto el termo vacío y saber que ya nos habíamos tomado más de un litro de mate porque automáticamente me dieron ganas de hacer pis.<br />
Yo sabía donde estaba el baño y había confianza, a esa altura no había que pedir permiso ni nada de eso. Además, según lo que tenía entendido estábamos solos, su madre no estaba –Ana vivía con su madre, las dos solas–, había salido, eso me daba todavía más libertad para moverme a mi antojo dentro del departamento. Ella puso pausa y yo me levanté del sillón y le di un beso en la cabeza, justo donde su pelo se dividía en dos mitades; me gustaba mucho el olor de su shampoo, era frutal, arándanos o algo por el estilo. Caminé hasta el pasillo, pasé por la pequeña biblioteca que estaba antes del hall y cuando estaba encarando para el baño, vi que la puerta de la habitación de la madre de Ana estaba entreabierta. A mi no hay nada que me genere más intriga que una puerta entornada. Abierta o cerrada, no me afectan; son dos mundos bien definidos: todo o nada, blanco o negro; pero el gris me mata, si está entreabierta, la curiosidad me carcome los huesos. Me tuve que acercar; estiré el cuello y miré para adentro.<br />
Casi no había luz. La persiana estaba baja, aunque quedaban unos agujeritos, arriba, por los que entraba un resplandor que apenas iluminaba el cuarto. La habitación estaba cubierta por una alfombra morada. Sólo estaba prendida la lucecita roja de la tele. Me acerqué un poquito más, para ver mejor, y vi que al pie del sommier, un mullido sommier de dos plazas, había alguien de pie. Voy a tratar de ser lo más gráfico que pueda para describir esta escena. Tuve que entornar los ojos, aguzando la vista, para descifrar de qué se trataba. Eran un par de pies con venas verdes muy marcadas y estaban seguidos por unas piernas, con várices, muy delgadas, asquerosamente delgadas. Era una mujer. Vestía una tanga diminuta (extra small) que le quedaba grande. El cuerpo era horriblemente delgado, amarillento y arrugado, nunca había visto una mujer así, era un estropajo viviente. Las pocas carnes de su abdomen, vencidas por la gravedad, colgaban y achinaban su ombligo casi hasta hacerlo desaparecer. De la cintura para arriba no tenía ropa. Sus pechos eran los más horribles que vi en mi vida: unas bolitas de grasa, caídas, marchitas y con unos pezones enormes y negros. Sus hombros y su cuello eran, al igual que el resto de su cuerpo, arrugados y amarillos. Pero lo terrible era su cara, era un rostro demoníaco, la oscuridad misma. Sus dientes eran ocres, estaban deformados y roídos. Sus ojos estaban hundidos y completamente inyectados en sangre y sus orejas eran completamente puntiagudas, como las de un elfo. Tuve miedo, mucho miedo. No se porqué –porque no se parecía en nada– pero algo me hizo creer que la mujer que tenía enfrente mío era la madre de Ana; tal vez porque era su cuarto. Cuando mis ojos por fin se posaron en los suyos, se encendieron aún más y su boca de abrió como para emitir un sonido gutural ensordecedor; levanté mis manos para taparme los oídos, pero ella (ella o eso) permaneció en el más absoluto silencio. Segundos después, de las carnes estriadas de su entrepierna, emanó un humo gris que la envolvió y la hizo desaparecer en ese mismo instante. Con mis rodillas temblando, abrí la puerta unos centímetros, no quería hacerlo pero tenía que hacerlo, necesitaba cerciorarme, buscar una señal que confirmara o desmintiera lo que acababa de ver. Sólo quedaban algunos restos de humo, de ese humo que se la había llevado, que todavía flotaban cerca de una de las mesitas de luz. Un olor nauseabundo emanaba del cuarto. El monstruo había desaparecido.<br />
Me alejé, aterrado, me encerré en el baño. Me miré al espejo, estaba pálido. Estuve un rato largo ahí adentro. No pude hacer pis, pero me lavé las manos y la cara, me mojé la nuca y me sequé. Me quedé un rato sentado sobre el inodoro, tomándome la cabeza con las manos, presionando mis sienes y tratando de borrar esa absurda imagen de mi cabeza, dando por sentado que se había tratado de un error. Pero sus orejas, esas orejas puntiagudas, daban vueltas en mi cabeza. Nunca había visto una cosa así. Eso no podía ser humano.<br />
Cuando salí del baño, me encontré con que la puerta del cuarto de la madre de Ana estaba cerrada. Alguien la había cerrado. ¿De adentro? ¿De afuera? No lo sabía. Mejor así, por nada del mundo osaría abrirla otra vez. Traté de convencerme de que había sido un mal sueño, una mala jugada de las penumbras y nada más que eso. Volví al living, un poco aturdido. Ana había cambiado la yerba y había llenado nuevamente un plato con tostaditas de queso. Terminamos de ver el DVD y salimos a dar una vuelta.<br />
Fuimos al parque. El aire fresco me hizo bien. Nos sentamos un rato al borde del lago, alimentamos a algunas palomas, paseamos por la feria, comimos algo por ahí y volvimos, ya de noche, a su casa. Durante las horas que estuvimos al aire libre, logré despejarme. Había conseguido abstraerme y olvidarme del episodio de la tarde, hasta que volví a entrar en el departamento. Todas las luces estaban apagadas. Ella me tomó de la mano y me guió, practicamente a ciegas, hasta su habitación, como sólo puede hacerlo quien conoce la casa y la disposición de los muebles desde hace muchos años. Fuimos en puntas de pie hasta la habitación de Ana, pero antes de entrar, ella miró por la cerradura de la puerta de la habitación de su madre y me hizo una seña con las manos que quería decir “está durmiendo”. Me corrió un escalofrío por la espalda.<br />
Una vez en su habitación, en la habitación de Ana, nos quitamos la ropa y nos acostamos. El paseo nos había agotado. Nos dormimos así, en penumbras, abrazados, en su cama de una plaza.<br />
En la habitación de Ana había un radio-reloj electrónico, de esos con luces rojas. Cuando abrí los ojos marcaba las 3:27, todavía era de noche y el cuarto sólo era iluminado por la luz de la luna que se filtraba por los agujeritos de la persiana. Yo tenía la lengua seca y dulce por el vino que había tomado durante la cena.<br />
Hacía mucho calor. Era verano, uno de los veranos más calurosos que yo recuerde. Sin embargo, ella estaba tapada hasta el cuello y muy despeinada, los pelos le cubrían la cara y se le pegaban en la frente por su transpiración. Por alguna razón ahí tampoco había ventilador; hasta el día de hoy no entiendo porque no había ni un solo ventilador en toda la casa. Me despegué un poco de ella, mi pecho estaba pegoteado con su espalda. Con las yemas de mis dedos intenté acomodarle el pelo, suavemente, para que no despertarla. Le quité, suavecito, el pelo de la frente y también de su nariz para que respirara mejor. La destapé un poco, hasta la cintura. Le levanté la cabeza para dar vuelta la almohada… y en eso estaba cuando vi lo que vi. Se me heló la sangre. Esa noche, su oreja no era su oreja de siempre, sino que se prolongaba un poco más, verticalmente, y terminaba en una puntita como la de un pichoncito de elfo, un elfo bebe. Creí escuchar pasos afuera de la habitación. Contuve la respiración y cerré los ojos; me mordí los labios y en un acto de desesperación –el miedo nos hace actuar de las formas más descabelladas– abracé a Anita; de alguna manera, confiaba en que el mal menor se encarnaba en el elfo menor. No sé cómo lo logré pero al final terminé durmiéndome.<br />
A la mañana siguiente me fui a casa y a partir de ese día –sin ser totalmente consciente en aquel momento– comencé a generar conflictos, discusiones, peleas. Espacié las visitas, los llamados telefónicos. Nunca tuve valor para abandonar a una mujer y ese era mi método. Que me detestaran para que luego por cansancio terminen por abandonarme. Funcionó, como siempre. Ana terminó dejándome a las pocas semanas.<br />
Pensé mucho a lo largo de los años; al fin y al cabo, los años no sirven para mucho más que para pensar en las pocas cosas que pasaron… ¿Y si tenía algún problema de nacimiento en sus orejas y yo no lo había advertido? Era raro, pero podía ser, no hacía mucho que salíamos. ¿Si el calor, el vino y la sed de esa noche me habían jugado otra mala pasada, como la de la tarde? Quizá era una especie de visión. Pensé si efectivamente había hecho bien al guiarme por las imágenes de aquel día o si fue una decisión apresurada. Pensé mucho en ellas (madre e hija) pero también pensé en algo que nunca se me había cruzado por la cabeza durante aquel verano: el hombre que no estaba. Para engendrar un hijo se requiere irremediablemente de un factor masculino. La madre de Ana dormía sola, no había ninguna señal masculina en la casa y parecía no haber existido jamás. Ana tampoco me había hablado nunca de su padre. Por alguna razón ese hombre no existía. Su ausencia era significativa.<br />
Nunca la extrañé porque la verdad es que no pasamos mucho tiempo juntos. Además, ya casi no recuerdo sus señas particulares. Las mujeres que vinieron después difuminaron bastante mis recuerdos de ella. Ya no me es posible recordar el olor de su shampoo, no recuerdo si era arándanos o sandía. Sin embargo, es la mujer en la que más pensé en toda mi vida, de eso no hay dudas. Incluso hoy, cada vez que veo la imagen de un elfo, la recuerdo&#8230; en realidad, el paso del tiempo y el deterioro de mis recuerdos me permiten ciertas licencias a la hora de evocarla; a esta altura, ya ni siquiera es necesario que sea un elfo, cualquier cosa más o menos chiquita me hace recordarla, incluso hasta un enano de jardín o un duendecillo cualquiera. Veo cualquier cosa chiquita y medio sombría y tenebrosa y recuerdo nuestro amor de aquel verano. La recuerdo a ella y a su madre y al departamento del cuarto piso de la calle Sarmiento, donde quizá hasta el día de hoy –yo no me animo a pasar– sigan viviendo esos seres sobrenaturales que gracias a las largas cabelleras que cubren sus orejas puntiagudas tienen la capacidad de mimetizarse con el resto de las mujeres.</p>

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		<title>Sábado soleado</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2009 22:00:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Facundo</dc:creator>
		
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Los edificios estaban enfrentados, apenas separados por una callecita del barrio de Balvanera. Él le decía Once; ella, Congreso. Los dos vivían en un piso diez. Él vivía solo, en un dos ambientes de la mano par. Ella vivía sola, en un monoambiente, en la vereda de enfrente. Los balcones estaban a la misma altura. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-600" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/10/sabado.jpg" alt="" /></p>
<p>Los edificios estaban enfrentados, apenas separados por una callecita del barrio de Balvanera. Él le decía Once; ella, Congreso. Los dos vivían en un piso diez. Él vivía solo, en un dos ambientes de la mano par. Ella vivía sola, en un monoambiente, en la vereda de enfrente. Los balcones estaban a la misma altura. Él la amaba con devoción. Ella ni lo registraba.<br />
Él sabía todo de ella. Sabía que los lunes llegaba más tarde porque tenía inglés. Sabía que los miércoles, después de merendar, se iba corriendo a su clase de teatro. Sabía que para Agosto o Septiembre, todos los años, se acordaba de anotarse en el gimnasio y abandonaba siempre en Febrero o Marzo. Sabía que tenía una cama de dos plazas y dos almohadas –una más chiquita que la abrazaba para dormir. Sabía que su piso era de parquet plastificado y que no tenía ventilador de techo. Sabía que los sábados le gustaba cantar y bailar mientras limpiaba la casa. Sabía que tenía siete tangas de varios colores. Sabía, con bastante certeza,<span id="more-599"></span> por las fechas en que colgaba las tangas rojas a secar en el tender, cuales eran las fechas de su regla. Sabía que tenía una bicicleta que hacía años no usaba y que se estaba oxidando en el balcón. Sabía que lavaba todo a mano menos el acolchado, que lo llevaba al lavadero cada quince días. Sabía que tenía una cajita con pilas usadas que cada tanto llevaba a un centro de reciclaje. Sabía que cada vez que ella llegaba, religiosamente, abría la ventanita de la cocina, y que cada vez que salía, la cerraba. Sabía de ella más que lo que cualquier hombre sabía en el planeta y la amaba como nunca nadie la amó en su vida. Él se llamaba Raúl.<br />
Raúl tenía una cámara con un buen zoom óptico y a la mañana, cuando el sol daba en el balcón de ella, aprovechaba para tomarle algunas fotos, escondido entre las cortinas del living o desde la ventanita del baño. Tenía un estudio casero en el que revelaba las fotos. Las mejores tomas estaban pegadas en la pared de su habitación y el resto, guardadas en algunas cajas que apilaba al lado de su cama. Estaba perdidamente enamorado de ella. Ella se llamaba Luciana.<br />
Luciana no estaba enterada de que existía un hombre que vivía por ella. Pero eso no era importante para Raúl, su amor era completamente sincero y absolutamente desinteresado. Cuando el amor es tan puro no requiere ser correspondido para que siga ardiendo.<br />
Los sábados, mientras limpiaba la casa, Luciana escuchaba música –ponía fuerte la radio– y bailaba sola. Uno de esos sábados, Raúl aguzó el oído, y escuchando la música que provenía del departamento de enfrente se puso a buscarla en el dial de la radio hasta que la encontró. Desde aquella mañana, cada sábado, mientras ella limpiaba y bailaba, él prendía la radio, se ponía los auriculares y la espiaba a través de las cortinas.<br />
Tenían casi la misma edad. En una de las últimas fotos que Raúl había revelado –un primerísimo plano de la cara de ella, mientras colgaba algunas ropas en el tender– pudo ver que se le estaban formando algunas patitas de gallo alrededor de sus ojos. A él también le habían salido las primeras arrugas en el cuello. Cayó en la cuenta de que estaban envejeciendo juntos y eso lo puso muy feliz. Esa noche descorchó un champagne y cenó a la luz de las velas con su foto enfrente.<br />
Ella siempre dormía sola, y él –de más está decirlo– también. Raúl interpretaba la castidad de Luciana como una prueba de amor y la correspondía, aunque mucho no le costaba. Cuando un hombre está perdidamente enamorado –como lo estaba él– no puede pensar en más de una mujer al mismo tiempo y la monogamia se convierte en un acto natural, necesario y tremendamente disfrutable.<br />
Así vivieron durante años. Hasta que un día, la relación mutó, cambió de forma. Era viernes por la noche y ella estaba tardando mucho en llegar, él la esperó despierto lo máximo que pudo, pero finalmente se quedó dormido en el sillón, de frente a la ventana, con las cortinas abiertas de par en par.<br />
A la mañana siguiente, cuando se despertó, vio que la ventanita de la cocina del departamento de enfrente estaba abierta, de modo que ella había llegado mientras él estaba durmiendo. Eran casi las diez del sábado, en cualquier momento levantaría la persiana y comenzaría a limpiar y bailar. Raúl ya había conectado los auriculares al equipo de música y había sintonizado la radio. Pero el tiempo pasaba y la persiana no se levantaba.<br />
Raúl se empezó a impacientar. Tenía la mirada clavada en la persiana, pero no pasaba nada, hasta que se empezó a levantar, despacito, y se detuvo antes de la mitad. Así quedó durante una hora y pico. Todavía estaba muy oscuro adentro del monoambiente de Luciana, no se podía ver nada desde el departamento de enfrente. Se había alterado la rutina, algo extraño pasaba. Raúl ya había desconectado los auriculares y comenzó a morderse las uñas. Al rato, volvió a moverse la persiana, despacito, hasta que se levantó por completo. Raúl abrió los ojos de par en par y recién en ese momento pudo ver qué era lo que estaba pasando. Ella estaba acostada en la cama, desnuda, de espaldas. Alguien estaba levantando la persiana. Era un hombre. Un hombre con el torso desnudo y un bóxer negro.<br />
El hombre del bóxer se acercó a la cama, le dio un beso en la espalda a Luciana y se fue al baño. Raúl se puso muy triste, aunque no perdió la calma, estaba notablemente tranquilo. No lo esperaba de ella, pero sabía que era algo que podía suceder. Son cosas que pasan y él no estaba exento, lo tenía claro. No había amado a ninguna otra mujer en toda su vida más que a ella pero se había enterado por algunas novelas que todas las mujeres –por algunas razones que él no terminaba de comprender– suelen sentir la necesidad de ser infieles al menos una vez en su vida.<br />
Raúl entró a su casa, sacó los dos parlantes al balcón y puso la radio que debía haber puesto ella ese sábado. Luciana seguía acostada, dándole la espalda, parecía no advertir la música que provenía del décimo piso del departamento de enfrente. Raúl, con extraordinaria calma, fue hasta su placard y sacó la cajita que estaba preparada para ese momento. Tomó el proyectil dorado que brillaba y lo besó con fervor. Comenzaba una nueva etapa entre ellos. Lamió la bala, le pasó la lengua desde la base hasta la punta y la cargó en la escopeta. Apuntó al cuello de Luciana. Lo tenía justo enfrente, la trayectoria era recta y libre de obstáculos. Siempre había soñado con besarle el cuello. No le tembló el pulso, pero le rodó una lágrima por su mejilla. Tenía que ser fuerte, sabía que era por el bien de los dos. La ciudad los estaba contaminando, debían cambiar de aires para renovar el amor. Empezarían en otro lugar, lejos de todo. Apuntó, midió, respiró y le perforó la nuca. La sangre empezó a brotar a chorros, inundando las sábanas blancas que recubrían el sommier de dos plazas. No sabía que podía sangrar tanto en esa zona. Quizá la bala le había atravesado la garganta y había salido por el otro lado. Se excitó un poco pensando que la bala dorada recubierta con su saliva le había atravesado la garganta a la mujer que amaba. No pudo evitar que se le dibujara una pequeña sonrisa.<br />
El hombre que estaba con Luciana en el departamento salió del baño, alertado por el ruido, y empezó a gritar desesperado pidiendo auxilio. La sacudía, intentaba reanimarla, pero ella estaba inmóvil, no reaccionaba. Raúl levantó un poco más el volumen de la radio, cargó un segundo proyectil, se apoyó el caño de la escopeta en el paladar y gatilló, mientras de fondo, en la radio, anunciaban que sería un día espléndido y la máxima iba a ser de veintiocho grados.</p>

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		<title>Arqueólogos</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 23:17:14 +0000</pubDate>
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Hace mucho tiempo, la arqueología era una disciplina que tenía que ver con excavaciones, cascos con linternas y cinceles. Estaba considerada como una vocación, había películas alusivas y los niños de antaño decían “cuando sea grande quiero ser arqueólogo”. Era una actividad con todas las letras, estaba bien vista, tenía recompensas económicas e incluso se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="size-full wp-image-568" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/09/cielito.jpg" alt="" width="632" height="85" /></p>
<p>Hace mucho tiempo, la arqueología era una disciplina que tenía que ver con excavaciones, cascos con linternas y cinceles. Estaba considerada como una vocación, había películas alusivas y los niños de antaño decían “cuando sea grande quiero ser arqueólogo”. Era una actividad con todas las letras, estaba bien vista, tenía recompensas económicas e incluso se estudiaba, pero con el advenimiento de la nueva arqueología, todo esto quedó en la historia.<br />
La nueva arqueología nace, siglos atrás, casi de forma simultánea en algunas grandes ciudades y no tiene nada que ver con una vocación ni con un trabajo, sino que es algo más parecido a una necesidad. No hay excavaciones, no hay cinceles y no hay cascos con linternas. La nueva arqueología tampoco se estudia –a pesar de que haya algunos que hasta el día de hoy intenten estudiarla, pero de esos hubo siempre y lamentablemente, por mucho que se esmeren, nunca llegarán a ser arqueólogos– porque la arqueología no<span id="more-587"></span> es susceptible de ser adquirida mediante un proceso teórico. Sobran los ejemplos de arqueólogos diplomados que en toda su vida no han hecho ni siquiera un solo hallazgo. La arqueología simplemente le sucede al hombre, le es dada y punto.<br />
Por extraño que parezca, tiempo atrás, la arqueología se ejercía únicamente bajo tierra. Estaba circunscripta únicamente a todo aquello que se encontraba en los subsuelos del mundo y las evidencias sólo eran materiales, únicamente era considerado evidencia aquello que se pudiera tocar y colocar en bolsitas de plástico transparentes. Llevó mucho tiempo destronar esos preceptos pero ya no quedan rastros de esos límites que hoy, al leerlos, nos parecen tan absurdos. Los arqueólogos ejercen su actividad en cualquier parte y las evidencias recolectadas no son necesariamente materiales. Incluso la mayoría de las veces suelen ser de lo más etéreas, como por ejemplo una bocanada de humo que salen de alguna alcantarilla. Además, y esto tal vez sea más importante que todo lo anterior, quien se inicia, en estos tiempos, en la arqueología jamás lo puede abandonar.<br />
Hay miles de arqueólogos en cada una de las ciudades del mundo. No se puede decir que sobran pero hay muchos. Estos hombres están entre nosotros, los cruzamos a diario en todos lados, sin embargo, es muy difícil reconocerlos. Sus caracterizaciones de ciudadanos normales son geniales. Hay padres que ni siquiera sospechan que sus propios hijos están iniciándose en el ejercicio de la arqueología y señoras esposas que no sospechan que el hombre con el que comparten la cama estuvo ejerciendo la arqueología a diario durante las últimas décadas. Saben mimetizarse a la perfección con quienes los rodean y pasan absolutamente desapercibidos.<br />
Si alguien tiene el ojo avezado y es capaz de identificar a uno de estos hombres y le pregunta qué opina acerca de la arqueología, responderán con frases hechas y tratarán de minimizar el asunto o directamente se irán por la tangente. Dirán cosas como que <em>el objetivo de toda búsqueda es no encontrar jamás</em>, o que <em>la búsqueda perfecta reside en la imposibilidad del hallazgo</em> y un cúmulo de frases de ese estilo más orientadas a adornar su parlamento que a decir la verdad. No hay que creerles. La verdad es que estos hombres viven para el instante del hallazgo, eso es lo único que los moviliza. Los nuevos arqueólogos (que –perdón, no es un dato menor, olvidé mencionar– también son alquimistas aficionados en la superficie, como pasatiempo, un rato antes de dormir. Claro, ellos, en lugar de contar ovejas, ejercen la alquimia, con la luz apagada, mirando al techo y con los ojos cerrados) no pueden parar de buscar por una razón tan simple como elocuente. Porque son hombres que saben que existe alguna otra cosa.<br />
Los arqueólogos son taciturnos y silenciosos y se los suele ver casi siempre solos, pero esta soledad es relativa y difícil de comprender para nosotros. Ellos no sienten la soledad como el resto de los mortales, jamás la padecen. Porque a pesar de vagar solos la mayor parte del día, están metafísicamente acompañados por los anteriores, por aquellos tipos que le enseñaron sin enseñarle, desde el anonimato, sólo con sus huellas, los caminos de la eterna búsqueda. De manera que cuando un nuevo arqueólogo está buscando, lo está haciendo por él y por todos los demás. Los que están y los que no están. Y no sólo por aquellos que dedicaron sus vidas a la búsqueda sino también por todos los demás que no son, ni fueron, capaces de observar las evidencias que el mundo coloca delante de sus narices.<br />
El hombre que hoy en día se inicia en la arqueología está marcándole –mediante su modo de ejercer la vida– un rumbo a la humanidad entera, honrando a un pasado con el que se siente identificado, y, sobre todas las cosas, deseando un futuro común para la raza entera. El arqueólogo con su búsqueda le está gritando al mundo en la cara que la arqueología es la vida. Y el mundo no es sordo, pero casi siempre se hace el gil y sigue girando como si nada, sin embargo, esas son cosas que al arqueólogo no le importan y ellos siguen buscando porque en el fondo son hombres que –por más que a veces aparenten ser multifacéticos– no saben hacer otra cosa que no sea buscar y seguir buscando.<br />
Hace algunos siglos que no tenemos novedades y aparentemente no hay hallazgos relevantes, los nuevos hallazgos parecen ser replicas de hallazgos anteriores, sin embargo, esta tensa calma puede traer consigo alguna sorpresa bajo el brazo. Es necesario creer, sobre todo hoy. Tal vez hoy más que nunca, cuando parece que nada pasa y que nadie escucha y que todo fue descubierto… porque en estos momentos de aguas calmas, cuando ni el viento hace ruido al soplar, en algún lugar de estas ciudades, en el más absoluto silencio, tal vez se esté haciendo algún hallazgo, se esté descubriendo alguna cosa, de la cual vengamos a desayunarnos algunos siglos más tarde. Esto siempre fue así. Los resultados de la arqueología siempre son posteriores, jamás contemporáneos. Sólo se puede ver lo que pasó, nunca lo que está pasando. Por eso todo lo que se diga y se escriba hoy será pequeño y parcial respecto a lo que se puede llegar a escribir y decir mañana, porque mañana <em>todo está un poco más masticado que hoy </em>y ver de lejos siempre es más fácil que ver de cerca.<br />
Afortunadamente –y a pesar del escepticismo actual que se nos aparece como una densa nube negra y pega en las costillas y quita piernas– todavía son muchos los que reman contra la corriente y creen que hay algunas otras cosas dando vueltas por ahí y dedican su vida a la eterna búsqueda, honrando a la milenaria disciplina de la arqueología.</p>

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		<title>Escena de alcoba</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Sep 2009 00:58:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Facundo</dc:creator>
		
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Él estaba sentado frente al escritorio que daba a la ventana y leía un viejo libro de hojas amarillentas. Ella estaba en la cama, recorriendo con su mirada las paletas del ventilador que colgaba del techo.
Hacía un buen rato que los dos estaban despiertos pero no se hablaban. Los restos del sol, tamizado por las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="size-full wp-image-568" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/09/lacama.jpg" alt="" width="632" height="85" /></p>
<p>Él estaba sentado frente al escritorio que daba a la ventana y leía un viejo libro de hojas amarillentas. Ella estaba en la cama, recorriendo con su mirada las paletas del ventilador que colgaba del techo.<br />
Hacía un buen rato que los dos estaban despiertos pero no se hablaban. Los restos del sol, tamizado por las finas nubes de esa mañana, se filtraban a través de la ventana, impactaban contra el piso de parquet y le daban a la habitación un tenue color anaranjado.<br />
“Qué raro esto… ¿no?” dijo ella, en voz alta, sin pensar en lo que estaba diciendo, sino como una culminación coloquial de una serie de pensamientos que venían lloviznando en su mente. Se sintió bien por haber quebrado el silencio que imperaba en la habitación pero inmediatamente se arrepintió de haber sido ella la primera en hablar.<span id="more-567"></span><br />
Él la escuchó pero no respondió. Siguió con la mirada fija en el libro, duro, sin inmutarse.<br />
Los segundos pasaban y él no respondía. “¿Es posible que me haga esto? Ya hablé yo primero, no puede ser tan forro…” pensaba ella, totalmente arrepentida de haber hablado, mientras le clavaba la mirada en la espalda con una fuerza que bien podría haber atravesado su columna y matarlo en ese mismo instante.<br />
Ella sólo vestía un culote blanco y estaba tapada con las sábanas, la frazada estaba en el piso, a los pies de la cama. Quería seguir hablando pero se contuvo y abrazó un almohadón que tenía cerca. Necesitaba que él se diera vuelta, arrancara las sábanas, la abrazara y la amara como hacía mucho tiempo no la amaba. La última vez que había sucedido, había sido casi un mes atrás, luego de una fiesta, aunque esa noche los dos estaban un poco borrachos y había sido una cuestión puramente física, genital y onanista: los dos estaban calientes y necesitaban sexo, sea cual fuere el partenaire, y como compartían la cama y se tenían a mano, sucedió.<br />
Él seguía sin levantar la mirada del libro pero ya no leía, haber escuchado la voz de ella lo había desencajado de sus pensamientos, tomo su lápiz y volvió a subrayar lo que ya había subrayado, como para no quedarse quieto y hacer algo.<br />
Ella se levantó de la cama, se acercó al placard, tomó su ropa y fue, en silencio y descalza, hasta el baño.<br />
El despegó los ojos del libro por primera vez y la siguió con la mirada hasta que entró en el baño. Esa espalda era una de sus perdiciones. Se quedó mirando la puerta unos instantes y luego volvió sus ojos hacia la ventana y se refugió en la imagen de un pájaro que estaba parado, haciendo equilibrio, sobre un cable de luz y pensó que le gustaría mucho ser aquel pajarito en ese momento. Sonrió, festejándose su propia ocurrencia.<br />
Ella se puso un jean, El Jean, mejor dicho, con mayúsculas, el que mejor le quedaba; su remerita verde, escotada; sus aritos de piedras, también verdes, haciendo juego; y las sandalitas blancas. Ese jean no podía ser azaroso, ese jean pegar donde arde, como sólo una mujer consciente de la inmortalidad de sus muslos lo puede hacer. Si ese jean no había sido una elección consciente de ella, había sido una jugada del demonio mismo. Pero él era un hombre que ya había vivido algunas cosas, conocía muy bien a las mujeres, a los demonios y sobre todo a los híbridos de esos dos personajes. Racionalmente, un jean no lo iba a desviar de su senda. Pero lo difícil en ese momento, justamente, era ser racional y más con ese jean que le hacían semejantes nalgas.<br />
Ella –en el baño– abrió el bolsito donde guardaba sus maquillajes, se puso base, se pintó los labios, los ojos y se arqueó las pestañas. Miró la maquinita de afeitar de él, su espuma y su cepillo de dientes… “¿Puede ser tan desalmado?” se preguntó mentalmente, mientras se mordía el labio inferior y se abrochaba los únicos tres botones de su remerita verde, adecentando un poco su escote. Se le hizo un nudo en la garganta. Tuvo que levantar la cabeza, abrir bien los ojos y mirar al techo: no quería llorar, pero las lágrimas estaban a punto de ganar sus ojos. Cuando lloraba se le hinchaban los ojos y sabía que si eso pasaba, estaría todo el día con los ojos inflamados y rojos y le preguntarían y no quería responder nada a nadie. Además ya se había delineado y se le iba a correr el maquillaje. Pero por sobre todas las cosas, no quería que él la viese así, no le iba a dar el gusto. Se mordió más fuerte los labios y logró contenerse.<br />
Él –en la habitación– retomó la lectura, página cuarenta y ocho, segundo párrafo, ahí se había quedado. Leyó desde el primer párrafo para meterse nuevamente en tema. Tres, cuatro, cinco oraciones, y su cabeza volvió a girar en torno a la puerta del baño. “¿Qué estará haciendo ahí adentro, tan callada?” –se preguntó. Ya había perdido el hilo de la lectura y como sabía que no es posible remar contra la corriente, cerró el libro. Sintió ganas de abrir la puerta, irrumpir en su pequeño refugio, abrazarla fuertemente, rodearle la cintura con sus manos, clavarle las uñas en su espalda y amarla… amarla físicamente como hacía mucho tiempo no lo hacía. La quería demasiado.<br />
Alrededor de la cama –sobre la cómoda, en el escritorio, en las mesitas de luz–, yacían, como en un microclima, los recuerdos de buenos viejos tiempos: fotos, souvenirs, piedras, caracoles. Él se sentó en la cama y tomó entre sus manos uno de sus zapatitos. “¿Cómo puede ser que tenga los pies tan pequeños?” se dijo, en voz baja. Ah, porque sus pequeños pies eran otra de sus debilidades. Sus diminutos zapatos le hacían recordar porqué se había enamorado de esa mujer. Le corría un escalofrío por la espalda cuando pensaba en eso. Necesitaba amarla… pero no lo iba a hacer. No le iba a dar el gusto.<br />
Un largo cabello rojizo y ondulado que descansaba sobre las sábanas arrugadas lo desvió una vez más de su libreto. Lo tomó entre sus manos, de una punta y de la otra, y se lo enrolló alrededor del dedo índice de su mano derecha. En eso estaba cuando escuchó que desde adentro del baño se cerraba una canilla. Volvió a la silla del escritorio -con el pelo de ella enrollado alrededor de su dedo índice-, abrió el libro nuevamente y tomó el lápiz, montando nuevamente su escena de tipo duro. Simulaba estar leyendo, inmutable.<br />
Ella salió del baño, tomó su cartera, sus llaves y clavó una última mirada en su espalda, una mirada que esta vez fue mucho más débil, más resignada… él nunca se enteró de esa mirada y ella se fue, sin saludar, con un nudo en la garganta y los ojos empañados por tanta indiferencia. Antes de llegar a la puerta de calle, estalló en un llanto.<br />
Él volvió a cerrar el libro, se paró al lado de la ventana y la miró mientras ella cruzaba la calle en diagonal, sacaba sus lentes negros de la cartera y se escurría a través de la avenida para no volver por un buen tiempo. El tipo bajó la persiana, cargó la pipa con uno de sus tabacos, guardó el libro en su morral y salió a caminar por la avenida, para el otro lado, rumbo al bajo, a refugiarse en algún bar, como hacía siempre que pasaban estas cosas.</p>

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		<title>Exequias</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Aug 2009 01:10:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Facundo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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Me citó en La Opera. Raro. Muy raro. Había muchos bares en la zona pero nunca íbamos a La Opera. Sin embargo, no pregunté nada, fui directamente, sin hacer averiguaciones.
Como andaba por los pagos, llegué temprano; una hora antes de lo pactado. Me senté en una de las mesas que daban a Callao y estuve [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-546" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/08/alcoba.jpg" alt="" width="632" height="85" /></p>
<p>Me citó en La Opera. Raro. Muy raro. Había muchos bares en la zona pero nunca íbamos a La Opera. Sin embargo, no pregunté nada, fui directamente, sin hacer averiguaciones.<br />
Como andaba por los pagos, llegué temprano; una hora antes de lo pactado. Me senté en una de las mesas que daban a Callao y estuve leyendo un rato hasta que se hizo la hora y llegó Mariano, puntual, como siempre. Entró por la puerta de Corrientes, dio un pantallazo fugaz y me encontró enseguida. Esquivando, hábilmente, algunas mesas, se acercó hasta donde yo estaba. Caminaba rápidamente y parecía algo nervioso. Se abrió la campera –no se la sacó– y se sentó frente a mí.<span id="more-545"></span><br />
– <em>¿Qué vas a tomar?</em> –me preguntó, sin siquiera saludarme.<br />
–  <em>No sé, ¿vos?</em> –respondí yo, un poco sorprendido, tanteando por donde venía la mano.<br />
– <em>Un cortado</em> –me dijo.<br />
Un cortado. Eran las once de la noche. Algo andaba mal.<br />
– <em>Que sean dos</em> –dije, como para acompañar y preparándome para lo que venga.<br />
Se acercó el mozo y pedimos. Ni bien se fue, Mariano se despachó.<br />
– <em>Voy a ir al grano. No tengo fuerzas para un prólogo</em> –dijo, tenso, visiblemente turbado. Se mordió el labio inferior, miró alrededor de la mesa, como buscando algo que le diera fuerzas para dar un gran salto y clavando los ojos en mis manos, lo dijo…– <em>Está embarazada</em>.</p>
<p>Me quedé petrificado, expectante, esperando que se retractara, que me dijera que era una broma –una pésima broma, de muy mal gusto. Pero sus ojos estaban vidriosos, vencidos. Hablaba en serio. No era una broma, era verdad. Estaba embarazada. Se había ido todo a la mierda.<br />
Tenía que responder algo pero no encontraba las palabras. Mis ojos serpenteaban por los bordes del mantel, por el servilletero, por el cenicero. En ese momento, llegó el mozo. Permanecimos en silencio mientras servía nuestros cafés. Tazas, cuchara, azúcar, masitas y vasitos de agua. Me tomé el vaso de agua de un saque y algo debe haber dicho mi cara porque Mariano se me adelantó.<br />
– <em>Lo quiere tener… lo vamos a tener</em> –me dijo, casi susurrando, como para que no lo escucharan de la mesa de al lado, con un tono de voz que no era el suyo.<br />
Me rasqué la barba y suspiré. No había salida, estábamos jodidos.<br />
Mariano no me sacaba los ojos de encima. Yo no podía mirarlo. Él necesitaba que yo le dijera algo, pero el tipo ya sabía todo lo que yo pensaba y sabía también que no se lo diría, que me censuraría y que cualquier cosa que le dijera en ese momento sería una mentira discursiva.<br />
– <em>¿Damián lo sabe?</em> –le pregunté, sin quererlo, no filtré. Lo pensé y hablé.<br />
– <em>Se lo dije ayer. Lo cité acá mismo. Quería contárselos por separado. Ya lo vamos a hablar entre los tres</em> –me respondió.<br />
Yo asentí con la cabeza, en silencio, aunque pensé que no había nada que hablar. Mi parálisis inicial se había transformado en ese dolor en todos los músculos que se siente cuando la derrota es inexorable. Ya estaba todo dispuesto y en marcha. Era demasiado tarde.<br />
Sabía que serían malas noticias, pero no me esperaba algo así. Mientras yo miraba la boca del subte a través de la ventana, él revolvía el café. Uno, dos, tres minutos de silencio habrán pasado así. Compartíamos, juntos físicamente, ese silencio, esa distancia que ambos necesitábamos como para abstraernos el uno del otro, pero estando juntos, sin separarnos. Esa soledad compartida que los años nos habían enseñado a ejercer. Hasta que Mariano sintió la necesidad de volver a hablar. Había más.<br />
– <em>Nos vamos a vivir juntos. Dos ambientes, Villa del Parque. Es del tío de ella, nos lo deja más barato</em> –me dijo, sin despegar sus ojos de la taza de café, con una voz finita, casi quebrada, irreconocible.<br />
Cabizbajo, seguía revolviendo el café. Lo sentí pequeño, desprotegido, indefenso. Nunca lo había visto así a Mariano, tan vulnerable. Sentí compasión por él. El tipo había cruzado el puente y ya estaba con un pie en el otro lado, en el otro mundo, en la gran sala de espera. Se había transformado en la antítesis de lo que siempre pregonamos. Una mujer, un hijo, una casa, un perro, un puñado de amantes, etcétera. Ya sabemos cómo es el tema. Lo miré un rato, en silencio, mientras revolvía su café y ahí nomás se me ocurrió un cuento&#8230;<br />
<em>Un hombre se despierta, una mañana, porque siente una leve cosquilla en uno de sus pies y se encuentra con que una mujer (una mina que está muy buena, grandes tetas, gran culo, muy puta) le está lamiendo con la punta de la lengua (una lengua roja y larguísima, sin frenillo) la planta de uno de sus pies. Cuando el hombre abre los ojos y la mira, la mina, con la punta de la lengua, empieza a subir, serpenteando, jugando, desde el talón al tobillo, del tobillo a la pantorrilla y a su paso va petrificando cada uno de sus músculos, entumeciendo su cuerpo, lentamente, para que le duela y para que le guste al mismo tiempo. Quizá haya una fellatio, no lo sé, o quizá sea mejor que no… que amague a que sí pero no… para que sea todavía más cruel, más placentero, más doloroso, más excitante. La cuestión es que el hombre mirará, en parte incrédulo, en parte vencido, resignado, cómo la suave, hábil, sexy lengua de la mujer lo va envolviendo y se lo va llevando y se va muriendo de a pedacitos. El hombre será espectador de lujo de su propia muerte, y no hará nada porque le duele, porque le gusta, porque le arde, porque le encanta y sobre todo porque ya es demasiado tarde.<br />
</em>Puede andar, es muy visual, habría que trabajarlo.<br />
Mientras yo hacía mi paréntesis literario, Mariano seguía ahí, con la cabeza fija en la espuma del café. Sentí ganas de abrazarlo. Tendría que haberlo hecho, no sé porqué no lo hice. Otro abrazo que no di. Saqué la billetera, dejé diez pesos en la mesa y me fui, sin decir nada, dándole, a la pasada, una caricia en la cabeza, despeinando, todavía un poco más, su pelo siempre despeinado.</p>
<p>Salí por la puerta de Callao y me fui caminando para el lado del Congreso, para la casa de Damián. Él ya lo sabía, Mariano se lo había contado la noche anterior. Estaría igual o peor que yo. Necesitábamos un bar. Necesitábamos cervezas. Necesitábamos ver de qué forma encarábamos el duelo, por donde abríamos el paquete de esta muerte. Empezar a saborear y masticar esta nueva ausencia. Preparar el luto. Elegir las flores. Escribir el mensaje de nuestra corona. <em>Siempre te recordaremos. Nunca te olvidaremos. Por siempre en nuestros corazones.</em> Las clásicas. Tenía que ser una frase contundente, emotiva. No era una muerte más. <em>Recogemos el guante. Honraremos a la estirpe. No se extinguirá la especie. Venderemos cara nuestra derrota.</em> ¿Cómo íbamos a firmar? <em>Damián y Facundo. Tus amigos. Tus hermanos. Tus hijos. Tus padres.</em> Había un poco de todo eso. <em>Dos tipos.<br />
</em>Claro, esa era la cuestión. Lo terrible era que fuese uno de los nuestros. Porque la gente se muere a cada rato, pero éste era uno de los nuestros, de los que sabíamos algunas cosas. Mientras caminaba y pensaba, el pecho se me hundía en el pecho y me asfixiaba, me dolía. Iba a ser una noche larga. El flaco se nos estaba desangrando en nuestros brazos y nosotros no podíamos hacer nada. Se nos estaba yendo en nuestras narices, víctima de la muerte más anunciada, a manos de lo que ya sabíamos hace mucho tiempo que iríamos a morir todos nosotros. Pero él, justo él, Mariano, era muy temprano, quedaban muchas cosas por hacer y se nos viene a morir justo ahora, de esta forma tan infantil, tan estúpida, tan previsible. Tan antes de tiempo. Sentí pena y bronca al mismo tiempo por él, de haberlo tenido enfrente en ese momento le hubiese pegado una trompada en el mentón y acto seguido lo hubiese abrazado con todas mis fuerzas. Pobre hombre. Quise llorar. Me contuve. Seguí caminando y llegué a la esquina de la casa de Damián. La luz de su habitación estaba todavía prendida. Iba a ser una noche larga…</p>

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		<title>La sobria muerte</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Jul 2009 17:02:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Facundo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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Ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Habían decidido velarlo a cajón abierto. Un acierto de parte de la familia, su cuerpo se prestaba para ese tipo de exhibiciones, incluso muerto mantenía ese halo estético que siempre lo acompaño en vida. Parecía dormido y no sé hasta qué punto es cierto esto –y no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-530 alignnone" src="http://www.lucesdebar.com/wp-content/uploads/2009/07/silencio.jpg" alt="" width="632" height="85" /></p>
<p>Ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Habían decidido velarlo a cajón abierto. Un acierto de parte de la familia, su cuerpo se prestaba para ese tipo de exhibiciones, incluso muerto mantenía ese halo estético que siempre lo acompaño en vida. Parecía dormido y no sé hasta qué punto es cierto esto –y no hijo de las emociones y el contexto– pero me pareció que esbozaba una pequeña sonrisa.<br />
El interior del ataúd estaba recubierto por un paño acolchonado, color cremita, que visto de afuera parecía muy cómodo y tenía unas telas blancas con bordes puntillosos que rozaban sus manos –pálidas en aquel momento– juntas y con los dedos entrelazados. Un encanto.<br />
A ambos lados del ataúd, estaban sus hijos y sus sobrinos –su sobrino mayor, aferrado a una de las manijas del cajón, lloraba desconsoladamente, gemía, tosía, parecía que se iba a ahogar.<span id="more-529"></span><br />
Justo por encima del féretro, sobre la pared, habían colgado una foto de José de haría unos diez años más o menos –por el fondo parecía Mar del Plata, él veraneaba todos los años en Mar del Plata, decía que era su segunda ciudad. José era muy fotogénico, tenía una sonrisa muy elegante, muy llena de dientes, y cada vez que sonreía se le formaban dos pocitos en las mejillas que le daban un aire de galán de cine de los cincuenta. Tenía mucho pelo y una raya al costado, natural, que formaba un abundante jopo que caía sobre su lisa y blanca frente. En la época de esa foto, José ya era canoso hacía rato pero en algún momento su pelo había sido castaño, claro y brillante y supo ser la debilidad de las chicas del barrio. Secundarlo en los bailes era casi una garantía, más no sea de rebote alguna cosa se ligaba.<br />
Bueno, la cuestión es que ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Boca arriba, en el cajón, mansito, callado, tranquilo, cómodo, sobre esa tela acolchonada, mirando al techo con los ojos cerrados, y como siempre –como en la foto y como todos los días– afeitado al ras. Se notaba, evidentemente, que se había afeitado esa misma mañana. Está bien que probablemente él no sabía que moriría por la tarde, un paro cardíaco como el que tuvo es una cosa muy impredecible, un hombre sano como él, pero igualmente una de las últimas cosas que el tipo hizo en su vida fue afeitarse y eso resulta muy coherente con lo que fue su existencia, lo pinta de cuerpo entero.<br />
Yo estaba parado a pocos pasos del féretro, contemplando, plano detalle, cada uno de los poros de sus mejillas blancas y lampiñas, y pensé que ya no necesitaría volver a afeitarse porque no le crecería más barba… y como a mí eso de afeitarme nunca me gustó –lo hacía sólo cuando la barba me empezaba a picar de lo larga que estaba y se tornaba molesta–, lo sentí como una especie de alivio para él. Pensé en las viejas hojas de afeitar que me esperaban a mí en el baño de casa, tarde o temprano tendría que volver a usarlas, malditas Gilletes, y me alegré mucho de que José se hubiera visto librado de todo eso, estaría más tranquilo, absuelto de esa pérdida de tiempo, con una preocupación menos… y en eso estaba, reflexionando sobre las mejillas de José y a punto de envidiar su nueva condición de eterno afeitado, cuando me hizo reaccionar el llanto de su sobrino mayor, que provenía de uno de los balcones de la sala velatoria (o vejatoria, según se prefiera).<br />
Al pie del cajón, su esposa lo lloraba en silencio; y un poco más allá, también lo hacía su hermana, con un vaso de agua en una mano y un pañuelo en la otra. Yo no lloraba, nunca fue mi especialidad, mi procesión siempre fue por dentro. Además me angustian tanto los velatorios que ni siquiera soy capaz de hacer aflorar una lágrima, para llorar se necesita cierta relajación, cierto dejarse llevar que la tensión que genera un velorio no me permite alcanzar. Pero más allá de mis ojos secos, que desentonaban en el lugar, todos los presentes –de alguna u otra forma– lo lloraban a José. Pañuelos arrugados, ojos rojos, nudos en la garganta, hondos suspiros y miradas al techo –esto último como si sólo por una cuestión física las lágrimas fuesen a inhibirse y no brotar. Sin embargo, ninguno de los que estaban esa noche en el lugar y lo lloraban y lo sentían y decían conocerlo a José, lo sabía… nadie… ni siquiera eran capaces de sospecharlo.<br />
Una tarde, José llegó a mi casa, desesperado, y me lo contó de un tirón. Acababa de suceder. Me acuerdo que vino temblando y me lo contó tartamudeando y con lágrimas que no paraban de correr por sus mejillas. Le di un pañuelo –que creo que nunca me devolvió– y le serví un vaso de whisky que dejó intacto. Yo sabía que él no tomaba alcohol, pero en ese momento creí que podría beber; es más, en realidad creí que necesitaba beber, no era una gentileza mi vaso de whisky, algo protocolar, sino más bien una cuestión medicinal, por decirlo de alguna manera, pero no hubo caso, ni siquiera en esa situación probó una gota de alcohol. Su sobriedad era incorruptible. Las tinieblas de la mesura lo acecharon toda su vida, a sol y sombra.<br />
Nunca supe bien porqué José me lo contó a mí. Quizá porque intentó hablar con algún otro y no lo encontró o porque sabía que yo no hablaba con su familia –o que su familia no me hablaba a mí o que el huevo o que la gallina– y que no había posibilidades de que se enteraran por parte mía. Más allá del motivo que hubiera generado la confesión, yo en aquel momento me sentí halagado por ser elegido para tremenda cosa, semejante desahogo, cosa de una vez en la vida, la confesión –con pruebas y evidencias concretas– de la existencia de un muerto en el placard, tal vez su único muerto en el placard, pero qué difunto, hermoso muerto, flor de fiambre. Probablemente había más razones para que yo sea su confesor. Tal vez me lo contó porque sabía que no lo iba a juzgar, o porque en algún punto yo era el único capaz de esperar una revelación de ese tipo de alguien como él, o porque al haber leído tantas cosas en mi vida, la historia de ningún mortal podría parecerme del todo escabrosa. Puede haber sido por muchas razones. Creo que necesitaba contármelo por la suma de todas esas cosas y también para desahogarse y compartir el secreto, para aligerar el lastre, no sea cosa que el corazón del viejo con ojo de buitre comenzara a latir debajo de las maderas de la habitación.<br />
Así fue como sucedió, esa tarde, en mi casa, y sólo me lo contó a mí, nunca se lo contó a nadie más. Sólo nosotros dos lo sabíamos, pero el acababa de morir y se lo había llevado a la tumba. Entonces, a partir de ese momento, sólo yo lo sabía y me dio la sensación de cierto poder. Podía influir sobre algunos destinos, coqueteé con la idea de ver las caras de sus hijos y de su esposa al escuchar una historia insospechada del padre y del marido ejemplar, del eterno sobrio, del hombre con la sonrisa llena de dientes y afeitado al ras. La perversión del abstemio. El lado B del muñequito de torta. La historia resultaría inverosímil en primera instancia –nadie creería tamaña cosa de José–, pero yo contaba con muchos detalles y pruebas suficientes –una exacta cronología, descripción de lugares, direcciones y hasta una servilleta con parte de la confesión escrita– que me darían la razón si es que llegaba a haber alguna duda. Incluso me imaginé contándolo a cuentagotas y saboreando en cámara lenta las caras de sufrimiento de sus hijos y de su esposa. Las lágrimas de su hijo mayor, la niñita tapándose los oídos y la mujer arrancándose los pelos… y yo, aportando lentamente las pruebas, orejeando, pausado, una a una las cartas y disfrutando con su dolor. La escena hubiese sido genial, litera-cine, pero nunca sucedió, rápidamente me deshice de esa idea también, el goce sería muy efímero con respecto al daño causado. Además José era mi amigo, la verdad es que no había necesidad.<br />
La cuestión es que José había hecho todo lo que estuvo a su alcance por morir con esa aura digna y ser llorado y recordado como el tipo de la foto, con esa sonrisa tan pulcra, tan sobria y tan correcta. El tipo tuvo un desliz, un error –bueno, un error grave, muy grave–, pero aún así yo no me sentí quién como para cambiar ese destino que él mismo se había esforzado en construir con tanto esmero. Incluso pensé que su equivocación, además de ser la falta misma, aquel secreto inconfesable, también había sido contármelo a mí, porque él ahora estaba ahí, en su nuevo hogar, callado, mansito, silencioso, abriendo su nuevo juguete muerte, mientras que de este lado, ahora sólo yo lo sabía y tanto contarlo como callarlo eran una pesada carga para mí. Me enojé con él. Claro, porque ahora él la hacía fácil, se iba, como si nada, y me dejaba a mí, solo, con ese fardo a cuestas, con la posibilidad de hacer y deshacer a mi antojo. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.<br />
Y ahí estaba yo, parado, a metros del cajón. Lo estuve mirando un rato en silencio, a los ojos –que naturalmente estaban cerrados–, pero así como a veces sucede que cuando se miran fijamente dos ojos cerrados, éstos, probablemente, por alguna misteriosa razón, terminan abriéndose, yo esperaba cierta conexión. Obviamente no esperaba que se abrieran en este caso, pero sí esperaba algún argumento de su parte, alguna respuesta, una señal. Pero José no me registraba, no decía nada, me ignoraba, estaba en la suya, entretenido con su nueva muerte, ingratos, así son.<br />
Ante su falta de respuesta, sentí la necesidad de salir. Escaleras abajo, pasillo, vereda. Caminé, mirando al piso, fijamente, concentrado. Cuando llegué a la esquina, di media vuelta y miré hacia la puerta de la casa velatoria (o vejatoria, sobre gustos…), el sobrino mayor de José estaba un poco mejor, respiraba más tranquilo, tomaba café y su primo lo abrazaba, en silencio; ambos miraban el asfalto sin mirarlo, con los ojos perdidos en algún tiempo/espacio indefinido. De haber tenido una cámara de fotos hubiera registrado ese instante, era una gran imagen, pero no tenía cámara –raro eso de ir a un velorio con cámara, no se estila.<br />
Me fui caminando para el lado de mi casa, pero no era una noche como para llegar temprano; en realidad, no era una noche como para llegar, directamente. En el camino pasé por una estación de servicio y compre un paquete de Gitanes. Me detuve dos cuadras antes de mi casa, en el edificio de Elena. Toqué timbre en el 4° B y bajó a abrirme ella con una bata de seda roja, el pelo recogido a la altura de la nuca y unas pantuflas con forma de pies de tigre; amarilla con pintitas negras y cuatro garras negras –cuatro trianguilitos negros de goma espuma– en cada pie. Le di los Gitanes y un beso en la mejilla y me dejó pasar.<br />
Me senté en uno de los sillones del living y le empecé a contar la historia que sólo yo conocía. Ella me escuchaba atentamente, sentada en el piso, sobre la alfombra, fumando, en ropa interior, de piernas cruzadas. Yo tomaba ron en un vasito blanco de plástico –siempre había bebidas en lo de Elena– y hablaba sin parar, tratando de que no me ganara el llanto que estaba agazapado en mi garganta. No sé hasta dónde llegué con la historia, porque me bajé más de media botella de ron y estaba un poco borracho. Le había contado muchas cosas, borracho, a Elena en toda mi vida y la mitad habían sido exageradas o ilusorias, sin embargo, tengo la sensación de que esa noche no le mentí en ningún detalle, no tanto por la virtud de la sinceridad sino más bien por la necesidad de volver a repartir, lo más ecuánime posible, el peso de una tremenda historia que ahora pesaba del todo sobre mis vértebras. La cuestión es que en algún momento del relato me quede dormido en el sillón y ahí pasé toda la noche.<br />
A la mañana siguiente, amanecí abrazado a un almohadón y tapado con un cubrecama que tenía impregnado el perfume de Elena. El silencio en la casa era absoluto, hasta el gato dormía cerca de mí. Me cubrí la cabeza con el cobertor y me quedé un rato ahí abajo, en ese efecto de cámara oscura que le daban los rayos del sol al cubrecama rojo, mientras respiraba el perfume de Elena, esa imitación del Flower de Kenzo –que parecía una mezcla de lavanda y jabón para la ropa, bastante vulgar, pero yo ya le había tomado cariño y casi que me gustaba– y por esas cosas que tienen las mañanas resacosas, en esa casi oscuridad y bajo los influjos del falso Flower de Elena, recordé que ella tenía una tanga animal print que me gustaba mucho y era casi del mismo motivo que las pantuflas que calzaba la noche anterior, las de pies de tigre, y nunca la había visto con las dos cosas puestas al mismo tiempo, haciendo juego. Tomé nota mental: tendría que pedírselo algún día. Nota mental archivada. Pero yo no estaba ahí por eso… ¿qué hacía ahí? Claro, había muerto José. Pobre Josecito, tenía hijos y todo. Retomé la trama original de mis turbaciones nocturnas.<br />
No quise mirar el reloj pero por los rayos del sol que chocaban contra las copas de los árboles y que había visto a través de la ventana, imaginé que el cortejo estaría en camino o por llegar a la Chacarita, si es que no había llegado. Me imaginé a los autitos negros, como juguetes, con los familiares y amigos dentro, siguiendo al féretro, en silencio, por las calles aledañas al cementerio, en una procesión tan tensa y conmovedora como absurda, por todo lo que no sabían. Un teatro que había salido a la perfección. Si desde el otro lado se puede ver alguna cosa de lo que pasa acá, sin dudas que José debiera estar orgulloso de lo airoso que salió de esta vida. Y gran parte debía agradecérmelo a mí que nunca dije nada de todo lo que supe.<br />
Me acaricié las mejillas y sentí que en dos o tres días ya tendría que volver a afeitarme porque esto iba a empezar a picar otra vez y me volví a alegrar por José, porque del otro lado seguramente no hay Gilletes ni espuma de afeitar y al rato volví a quedarme dormido y no me acuerdo bien que es lo que soñé, pero alguna cosa debo haber soñado.</p>

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