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    <title>Bípedos Depredadores</title>
    <link>http://bipedosdepredadores.com</link>
    <description>BLOG EDITORIAL</description>
    <language>en-us</language>           
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    <copyright>Â©</copyright>             
    <category>Weblog</category>
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 <title>TE CONFÍO</title>
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<description><![CDATA[	<p>Te confío mi piel y la mirada<br />
La frágil textura de los relojes<br />
Mi mano y el monte húmedo de mi entraña.</p>
	<p>Te confió el amanecer y la caricia<br />
La tempestad de mi alma<br />
La sensatez de los amaneceres</p>
	<p>Te confió mi camino y la angosta cima<br />
La lluvia y el cálido viento impregnado en el rostro<br />
El ruido de las hojas en el verde salvaje de tus ojos.</p>
	<p>Te confió la sonrisa y la palabra<br />
Lo tuyo y lo mío<br />
Los límites perdidos, el borde de tu estructura.</p>
	<p>Te confió el canto de cigarra<br />
El vuelo de gaviota<br />
El silencio enternecedor de la distancia.</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/POESÍA" rel="tag">POESÍA</a>, <a href="http://technorati.com/tag/IOVANA+JARAMILLO+VALDIVIESO" rel="tag">IOVANA+JARAMILLO+VALDIVIESO</a>, <a href="http://technorati.com/tag/TE+CONFÍO" rel="tag">TE+CONFÍO</a>, ]]></description>
 <category>Iovana Jaramillo V.</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1798</comments>
 <pubDate>Wed, 24 Apr 2013 13:35:58 -0500</pubDate>
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 <title>Comiendo alrededor de las historias de un viejo Kichua #kantoborgy</title>
 <link>http://feedproxy.google.com/~r/kantoborgy/bipedosdepredadores/~3/OrTwXzC1UGk/</link>
<description><![CDATA[	<p>Uno de los más grandes placeres como biólogo de campo es el pasar todo un día caminando en la pluviselva; resbalándome en el lodo, caminando bajo la lluvia ... y admirando la asombrosa biodiversidad que éstos bosques esconden.  De regreso al campamento o a un lugar seco, nada mejor que un buen baño, un libro y una buena comida, escuchando los sonidos de la selva.  Había pasado todo el día caminando con un grupo de jóvenes Kichuas en el Parque Nacional Sumaco, observando la asombrosa fauna de invertebrados en un esfuerzo por construir un sistema de monitoreo comunal de biodiversidad basado en invertebrados.</p>
	<div style="text-align: center"><img src="https://fbcdn-sphotos-h-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/552758_10151616564489108_1499140039_n.jpg"></div>
	<p>Tomar muestras de suelo es una tarea muy difícil, cuando intentas observar su biodiversidad.  Eramos unas 10 personas llevando la muestra de suelo y caminando bajo la lluvia, cuando el sol ya desaparecía en el horizonte.  Mojados y sucios, llegamos a la casa de Doña Delia y Don Lino, un par de ancianos Kichuas que nos servían los alimentos cocinados con el ingrediente más delicioso:  el cariño.  Don Lino, es una persona cuya vida entera se ha desarrollado en el entorno de las plantas y animales del Gran Sumaco.  Sus vivencias constituyen un tesoro muy valioso de la cultura Kichua.</p>
	<p>Ya me había sucedido antes que, escuchando las mágicas historias de los viejos de la comunidad, sea Kichua, Wao o Siona, me quedaba tan absorto que me sumergía en las historias y nunca las escribía o documentaba.  No tienen idea de cuanto me arrepiento de no haber escrito las historias del viejo Victoriano o de su hijo Rogelio, narradas alrededor del fuego en alguna noche en el Cuyabeno, mucho antes de que el turismo y el petróleo se tomaran la región.  Así que ésta vez, mientras la historia sigue en mi cabeza, intentaré transcribirla :</p>
	<p>Cuenta Don Lino que desde hace varios meses el "Tigre" (seguramente un Jaguar), venía rondando su vivienda y se comía sus animalitos.  Hacía varios días que encontraba sus animales muertos y esto le molestó muchísimo a Don Lino.  Así que, tras tomar Guayusa una noche, se comunicó con el Tigre y le dijo que saldría a matarlo en venganza por su actitud.  Según explica Don Lino, la Guayusa que el toma no es la Guayusa de hoja grande que se consume en los pueblos, sino la Guayusa de hoja chica que crece en la selva.  Esta planta mágica, según Don Lino, eleva su condición humana a la de un espíritu capaz de conversar con los seres de la selva.</p>
	<p><img src="https://fbcdn-sphotos-c-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/547277_10151616549459108_1907249592_n.jpg"></p>
	<p>Así es que, armado con su lanza, salió a dar muerte al Tigre, lo cual logró hacer luego de tres días de persecución. Cómo advertencia, cortó la cabeza del Tigre y la sepultó en el hormiguero.  De regreso, estaba contento con su hazaña.  Pero al cabo de un par de días, el Tigre regresó y volvió a dar muerte a uno de sus animales.  Lleno de enojo, volvió a tomar la Guayusa y advirtió al Tigre que ésta vez sería peor.  Así que salió nuevamente a la selva y persiguió al Tigre por una semana, puesto que éste ya conocía sus trucos.  Pero luego de la semana, dió caza al Tigre y volvió a enterrar su cabeza en el hormiguero.  Luego, quemó el cuerpo del Tigre y regresó contento a su casa.</p>
	<p>Pasó solamente una semana hasta que el Tigre volviera a sus terrenos y se comiera otro animal.  Esta vez salió a cazarlo y tardó dos semanas en hacerlo.  Enojado por la actitud del felino, lo cargó y lo vendió en el mercado, lejos de la selva.  Al regresar, su enojo se fue borrando poco a poco, porque el Tigre no regresaba.  Pero una noche, el Tigre nuevamente volvió a comerse a uno de sus animales.  Esta vez, decidió tomar la Guayusa y entrar completamente desnudo a la selva para conversar con el Tigre.  Tres noches y tres días pasó Don Lino en la selva conversando con el Tigre.  Caminaron juntos y durmieron juntos.  El Tigre le dijo que si le declaraba la guerra el seguiría matando a sus animales y Don Lino le dijo que si el no mataba a sus animales, Don Lino nunca volvería a matarle.</p>
	<p>El espíritu del Tigre es muy fuerte, menciona Don Lino, y nunca podría vencerle ... "Así que me hice amigo del Tigre y ahora nos respetamos.  Yo no cazo sus animales y el no mata a los míos"; dice Don Lino.  Algunas noches Don Lino toma la Guayusa chica y sale a conversar con su buen amigo, el Tigre, y el le dice donde puede cazar sin causarle problemas.  Lo increible, es que desde entonces, el Tigre no ha vuelto a matar a los animales de Don Lino.  Tanto es así, que un grupo de Sahinos vive ahora en su propiedad, para protegerse del Tigre, porque saben que el Tigre respeta a Don Lino.  Don Lino habla con los Sahinos y éstos le han prometido cuidar su propiedad.   Cuando entra Don Lino a su propiedad, los Sahinos están tranquilos, pero si entra un extraño, los Sahinos lo atacan.</p>
	<p>Así transcurre la vida de Don Lino, entre un mundo donde la Guayusa le lleva a la realidad mágica de los espíritus de la selva y su vida cerca de los colonos.  Nosotros no comprendemos esa otra realidad, pero Don Lino comprende ambas realidades:  la de nuestro mundo centrado en la ciencia y la del mundo de los espíritus de la selva, con su riqueza mágica.  Probablemente, su mundo es más real.  ¿O lo es el nuestro?</p>
	<p><img src="https://fbcdn-sphotos-g-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/541425_10151616556369108_1320863676_n.jpg" alt= La nieta de Don Lino, al pie de su casa. title="La nieta de Don Lino, al pie de su casa."></p>
	<p><a href="https://www.facebook.com/gustavo.morejon">Gustavo Morejón</a></p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/Kichua" rel="tag">Kichua</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Tigre" rel="tag">Tigre</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Gustavo+Morejón" rel="tag">Gustavo+Morejón</a>, <a href="http://technorati.com/tag/#kantoborgy" rel="tag">#kantoborgy</a>]]></description>
 <category>General</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1796</comments>
 <pubDate>Sun, 14 Apr 2013 19:05:43 -0500</pubDate>
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 <title>! Adiós mundo cruel ! 170 indígenas se suicidarán de manera colectiva #kantoborgy</title>
 <link>http://feedproxy.google.com/~r/kantoborgy/bipedosdepredadores/~3/tDZ06MzAxao/</link>
<description><![CDATA[	<p>! Adiós mundo cruel ! 170 indígenas se suicidarán de manera colectiva</p>
	<p>
Su amenaza es el mayor acto de dignidad que les queda, les han robado, masacrado, asesinado a sus líderes y vapuleado con un cínico proceso judicial que no podían ganar. ¿Cómo podrían defender sus derechos? unos tíos con taparrabos frente a un sistema incestuoso de poder y política. Me arde la rabia por esta injusticia y al mismo tiempo se me enciende el corazón de orgullo al conocer su coraje…</p>
	<p><img src="http://ctcqom.files.wordpress.com/2012/11/adios-mundo-cruel1.jpg?w=627" alt="Asociacion comunitaria indigena de Comunicacion Chaco"
</p>
	<p>Una carta firmada por los líderes de la comunidad indígena Guarani-Kaiowá de Mato Grosso do Sul, anuncia el suicidio colectivo de 170 personas, (50 hombres, 50 mujeres y 70 niños), si se hace efectiva la orden de la Corte Federal para despojar a la tribu de la ‘cambará granja’ donde se encuentran temporalmente acampados.</p>
	<p>El territorio, que ellos llaman ‘tekoha’, que significa ‘cementerio ancestral’, ha sido sembrado con grandes plantaciones de caña de azúcar y soja, y está preparado para la cría de ganado.</p>
	<p>Multa por vivir en su tierra</p>
	<p>En caso de que los indígenas no desalojen la granja la orden federal estipula que la Fundación Nacional de Indios (Funai) tendrá que pagar una multa de aproximadamente 250 dólares por cada día que permanezcan allí.</p>
	<p>“<i><b>Nosotros los indígenas tenemos el derecho constitucional a ocupar nuestra tierra, y vamos a seguir luchando“, enfatizó el jefe tribal guaraní, Vera Popygua, que exigió respeto para su pueblo, porque “ha sido masacrado“. “Han matado a nuestros líderes, y eso es triste e inaceptable. Somos una sociedad avanzada que vive en el siglo XXI. Esto no puede suceder, no debería ocurr</i>ir“</b>,</p>
	<p>LEER MÁS <a href="http://ctcqom.wordpress.com/2012/11/20/adios-mundo-cruel-170-indigenas-se-suicidaran-de-manera-colectiva/">AQUÍ</a></p>
	<p>Ese es el mundo moderno, esas son sus consecuencias, el humano-cosa, buscando la felicidad en las cositas del primer fundillo y hechando al trasto lo real y verdadero, lo único válido en el planeta, </p>
	<p>Leonardo Vivar Ayora
</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/FUNAI" rel="tag">FUNAI</a>, <a href="http://technorati.com/tag/MATO+GROSSO" rel="tag">MATO+GROSSO</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Guarani-Kaiowá" rel="tag">Guarani-Kaiowá</a>, <a href="http://technorati.com/tag/tekoha" rel="tag">tekoha</a>, <a href="http://technorati.com/tag/#kantoborgy" rel="tag">#kantoborgy</a>]]></description>
 <category>Leonardo Vivar Ayora</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1793</comments>
 <pubDate>Thu, 28 Mar 2013 15:34:24 -0500</pubDate>
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 <title>El campo de Higgs #kantoborgy</title>
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<description><![CDATA[	<div style="text-align: right">O señor Bosón</div>
	<p>Y el Señor contempló Su mundo, y Se maravilló de su belleza;  pues tanta era, que lloró.  Era un mundo de un solo tipo de partícula y una sola fuerza,  llevada por un único mensajero que era también, con divina simplicidad, la única partícula.</p>
	<p>Y el Señor contempló el mundo que había creado y vio que además era aburrido. Así que calculó y sonrió, e hizo que Su universo se expandiese y enfriase. Y he aquí que se enfrió lo bastante para que se activase Su seguro y fiel servidor, el campo de Higgs, que antes del enfriamiento no podía soportar el increíble calor de la creación. Y bajo el influjo de Higgs, las partículas tomaron energía del campo, la absorbieron y fueron cogiendo masa. Cada una la fue cogiendo a su manera, no todas de la misma manera. Algunas cogieron una masa increíble, otras solo una pequeña, algunas, ninguna. Y mientras antes solo había una partícula, ahora había doce, y mientras antes la partícula y el mensajero eran lo mismo, ahora eran diferentes, y mientras antes solo había un vehículo de la fuerza y una sola fuerza, ahora había doce vehículos y cuatro fuerzas, y mientras antes había una belleza sin fin y sin  sentido, ahora había demócratas y republicanos.
</p>
	<p>Y el Señor contempló el mundo que había creado y le entró una risa totalmente incontrolable. Y llamó a Su presencia a Higgs y, reprimiendo Su alegría, habló con el con una gran seriedad y le dijo:</p>
	<p>-¿Por qué razón habéis destruido la simetría del mundo?</p>
	<p>-Y Higgs, conmovido pro la menor indicación de desaprobación, se defendió diciendo:</p>
	<p>-¡Oh!, Jefe, no he destruido la simetría. Sólo he hecho que se oculte mediante artificios del consumo de energía. Y al proceder así he, en efecto, hecho un mundo complicado.</p>
	<p>-¿Quién podría haber previsto que de ese conjunto pavoroso de objetos idénticos podríamos tener núcleos y átomos y moléculas y planetas y estrellas?</p>
	<p>-¿Quién podría haber predicho los crepúsculos y los océanos y el hervidero orgánico creado por todas esas moléculas terribles que el relámpago y el calor agitaron? ¿Y quién podría haber esperado la evolución y esos físicos que tientan y sondean y buscan para descubrir lo que yo, en Vuestro servicio, he ocultado tan cuidadosamente?</p>
	<p>Y el Señor, que a duras penas retenía Su risa, le hizo señal a Higgs de  Su perdón y de una buena subida del sueldo.<br />
<div style="text-align: right">El Novísimo Testamento 3:1</div>
	<p>Tomado de La partícula divina del Dr.Leon Lederman</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/Boson" rel="tag">Boson</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Higgs" rel="tag">Higgs</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Einsten" rel="tag">Einsten</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Lederman" rel="tag">Lederman</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Leon" rel="tag">Leon</a>]]></description>
 <category>Leonardo Vivar Ayora</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1791</comments>
 <pubDate>Sun, 10 Mar 2013 17:36:03 -0500</pubDate>
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 <title>Mangahurco mágico</title>
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<description><![CDATA[	<div style="text-align: center"><i>Verdes, dorados y grises de Mangahurco, Zapotillo, Loja.</i></div>
<a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4917 - Copy.JPG">florecimiento en Mangahurco</a>
</p>
	<div style="text-align: center"><a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4888 - Copy.JPG">Arrayanes-Mangahurco</a><br />
<a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4793 - Copy.JPG">Mangahurco-Zapotillo</a><br />
<a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4929 - Copy.JPG">ceiba barrigona</a><br />
<a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4927 - Copy.JPG">Ceibos</a><br />
<a href="http://kantoborgy.com/kantoborgyblog/media/4/20130219-DSC_4966 - Copy.JPG">piscinas de bosque seco</a></div>
	<div style="text-align: center"><b>Fotografías de Iovana Jaramillo Valdivieso</b></div>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/Florecimiento+Mangahurco" rel="tag">Florecimiento+Mangahurco</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Arrayanes+Ceibos" rel="tag">Arrayanes+Ceibos</a>, <a href="http://technorati.com/tag/bosque+seco" rel="tag">bosque+seco</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Zapotillo+Loja" rel="tag">Zapotillo+Loja</a>, ]]></description>
 <category>Iovana Jaramillo V.</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1789</comments>
 <pubDate>Tue, 19 Feb 2013 12:10:10 -0600</pubDate>
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 <title>La torre y el acelerador #kantoborgy</title>
 <link>http://feedproxy.google.com/~r/kantoborgy/bipedosdepredadores/~3/aXubAQR0GLM/</link>
<description><![CDATA[	<div style="text-align: right">Con suma alegría al <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Boson" target="_blank" title="Wikipedia: Boson">Boson</a> escalar de <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Higgs" target="_blank" title="Wikipedia: Higgs">Higgs</a>, que se libra eficientemente de la exclusión de <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Pauli" target="_blank" title="Wikipedia: Pauli">Pauli</a>, y se aglutina con pasión en uno de los nuevos estados de la materia los condensados <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Einstein" target="_blank" title="Wikipedia: Einstein">Einstein</a>-<a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Bose" target="_blank" title="Wikipedia: Bose">Bose</a>. Partícula sin componentes primordiales que responde a la pregunta de Galadrina: "¿... y qué del futuro? : no existe solo vive el aquí y ahora... quizá en mí.<br />
<a href="http://kantoborgy.com">kantoborgy.com</a>
</div>
<br></p>
	<p>Era la tierra toda de muchas lenguas y de muchas palabras.<br />
En su marcha desde Oriente hallaron una llanura en la tierra Waxahachie y se establecieron allí. Dijéronse unos a otros: </p>
	<div style="text-align: center">Vamos a construir un Colisionador Gigante, cuyas colisiones lleguen hasta el principio del tiempo.</div></p>
	<p>Y se sirvieron de los imanes superconductores para curvar, y los <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/protones" target="_blank" title="Wikipedia: protones">protones</a> les sirvieron para machacar. Bajó Yavé a  ver el acelerador que estaban haciendo los hijos de los hombres, y se dijo:</p>
	<div style="text-align: center">He aquí un pueblo que está sacando de la confusión lo que yo confundí.</div>
	<p>Y el Señor suspiró y dijo:</p>
	<div style="text-align: center">Bajemos, pues, y démosles la Partícula Divina, de modo que puedan ver cuán bello es el universo que he hecho.</div>
	<p>El Novísimo Testamento, 11:1</p>
	<p>León Lederman
</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/Boson" rel="tag">Boson</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Higgs" rel="tag">Higgs</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Einsten" rel="tag">Einsten</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Lederman" rel="tag">Lederman</a>, <a href="http://technorati.com/tag/Leon" rel="tag">Leon</a>]]></description>
 <category>Leonardo Vivar Ayora</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1787</comments>
 <pubDate>Wed, 30 Jan 2013 20:43:15 -0600</pubDate>
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 <title>Coloquio II #kantoborgy</title>
 <link>http://feedproxy.google.com/~r/kantoborgy/bipedosdepredadores/~3/xFmE7Y5b_mY/</link>
<description><![CDATA[	<div style="text-align: right">Sobre el orígen de los sentimientos</div>
	<p>Epiceno2: ¿Sientes algo por mi?</p>
	<p>Epiceno1: Nada y muchas cosas.</p>
	<p>Epiceno2: ¿Me quieres?</p>
	<p>Epiceno1: Palabreja que junto a la otra que me niego a pronunciar, a escribir… y a  pensar, aunque tu pregunta me ha obligado hacerlo; no dicen nada, peor aún podrían reflejar algo de lo son las sensaciones.</p>
	<p>Epiceno2: Hablas solo de la carne y su interacción con  la naturaleza.</p>
	<p>Epiceno1: Sí. Cómo no hacerlo si es la natural forma al estar  encarnados de manifestar lo que la mente cocina. Pero es como todo,  una limitación. Esto de expresarse por medio de las rugosidades de la carne, o peor aún por medio de los vocablos vernáculos y sin sentido… o con sentido probabilístico dado por la masa de seres que en apariencia podrían sentir algo parecido, es un acto limitante.</p>
	<p>Epiceno2: Por eso prefieres callar y no usar el lenguaje aprendido.</p>
	<p>Epiceno1: Porque jamás palabra alguna podrá expresar el vacío de no tenerte, o el abismo que necesito luego. O las insondables profundidades de soledad que podría anhelar un instante después de a ver imaginado compartir algo. Inclusive, si ese acto se hiciere realidad.</p>
	<p>Epiceno2: Entonces, como todo deseo, me has querido a ratos, o por instantes.</p>
	<p>Epinceo1: Es un canalla quien no lo reconoce.
</p>
	<p>Epiceno2: Y por instantes, ¿qué cosa has querido?</p>
	<p>Epiceno1: Devorarte entera, fagocitarte para discernir apropiadamente en un acto de disquisición extrema sobre tu naturaleza. O mejor aún, entrar a tu mente, sin escuchar el menor ruido, sin extraviarme tratando de entender el significado de las palabras que vuestro lenguaje hablado vanamente intentan explicar y compartir. Y también optar por no intentar nada, y retornar al instante en que no sabía de tu existencia.</p>
	<p>Epiceno2: Jamás has sentido lo que todo el mundo. Aquello que se ha calificado con cuatro letras.</p>
	<p>Epiceno1: Admirable conclusión, que solo en vuestra existencia tiene valor. Tu lenguaje aún no permite comprender la realidad de las sensaciones, ni las tuyas peor aún las del resto de especies.</p>
	<p>Epiceno2: Entonces lo has sentido. Y ello te ha llenado de agrado.</p>
	<p>Epiceno1: Eso y más… no hay que olvidar el terror, la desidia, el hostigamiento, el deseo de volver a sentirlo… y todas aquellas palabrejas que intentan graficar lo que el cuerpo censa y la mente interpreta y eleva a la gugoleana potencia.</p>
	<p>Epiceno2: Aunque no aceptes los vocablos de uso común, aún persigues y  buscas experimentar nuevamente.</p>
	<p>Epiceno1: A ratos.</p>
	<p>Epiceno2: ¿A ratos deseas, quieres…?</p>
	<p>Epiceno1: Odio, claro siempre y cuando tengan el nivel cerébrico adecuado; pues de lo contrario como decía Nieztsche,  aunque sea de un valor mínimo no todos merecen el odio. Todo es por instantes nada es continuo. Y cómo no desear si al fin de cuentas es por el propio bienestar, por el propio placer, por la propia existencia.</p>
	<p>Epiceno2: ¿Por tu sola y única necesidad?</p>
	<p>Epiceno1: Tú preguntas y mantienes este coloquio, porque lo necesitas, no sé si te cause placer o no, pero es porque tú… lo sientes. Toda acción es por y para tu beneficio, incluso si es un castigo aterrador y cruel pues en algo te beneficias. Sobre todo  las cosas que haces ocultándote a tí misma en los abismos de tu mente. </p>
	<p>Epiceno1: ¿Todo es por necesidad propia?</p>
	<p>Epiceno2: O forzado por la egolatría de la especie de subsistir y dominar sobre el resto: La reproducción disfrazada hábilmente por natura en reacciones electroquímicas que pródigamente regalan placer al cerebro, al cuerpo; y que a ratos presiona, y se libera en las poluciones. Esto último nombrado con cuatro palabrejas.</p>
	<p>Epiceno1: ¿Y los críos?</p>
	<p>Epiceno2: Sobre todas las cosas, pues llenan profundamente a quien los tiene. Se solaza en la idea que  lo disfruta pero ante todo es obligación y velan por su futuro. NO son dueños ni de un instante del futuro.  ¡Existo por y para ellos¡ -dice –yo digo, maldito canalla, reconoce que ante todo eso te llena de alguna de las infinitas maneras.</p>
	<p>Epiceno1: Ya, entiendo. Vamos a cazar conejos.</p>
	<p>Epiceno2: Luego, primero hay que atender las urgencias.</p>
	<p>Epiceno1: ¿De la carne?</p>
	<p>Epiceno2: Sí, subamos a la cumbre. Que extasiada la mente y castigada la bestia, el hambre obligará ir a por los conejos… para deleite mío… para deleite tuyo.</p>
	<p>Epiceno1: Cuidando de no ser presa de los que armados pululan en los páramos.</p>
	<p>Epiceno2: Deleite para ellos serían vuestras carnes… nuestras pieles.</p>
	<p>Leonardo Vivar<br />
Kantoborgy.com</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/coloquio+de+los+epicenos" rel="tag">coloquio+de+los+epicenos</a>, <a href="http://technorati.com/tag/#kantoborgy" rel="tag">#kantoborgy</a>]]></description>
 <category>Leonardo Vivar Ayora</category>
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 <pubDate>Wed, 23 Jan 2013 13:59:03 -0600</pubDate>
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 <title>Bangá y Pilatos.</title>
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<description><![CDATA[	<p><b>El entierro de Ga-Nozri.</p>
	<div style="text-align: right">La oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador.<br />
¡Demente! ¡Morir de quemaduras del sol! ¿Porqué rechazar lo que permite la ley?</div></b><br />
<br><br />
Quizá fuera el crepúsculo la razón del cambio repentino que había experimentado el físico del procurador. En un momento había envejecido, estaba más encorvado y parecía intranquilo. Una vez se volvió y, mirando el sillón vacío con el manto echado sobre el respaldo, se estremeció. La noche de fiesta se acercaba. <br />
Las sombras nocturnas empezaban su juego y, seguramente, al cansado procurador le pareció ver a alguien sentado en el sillón. Cedió a su miedo, revolvió el manto, lo dejó donde estaba y empezó a dar pasos rápidos por el balcón frotándose las <br />
manos. Se acercó a la mesa para coger  el cáliz y se detuvo contemplando con mirada inexpresiva el suelo de mosaico, como si tratara de leer algo escrito... Era la segunda vez en el día que le aquejaba una fuerte depresión. Con las manos en la <br />
sien, en la que sólo quedaba un recuerdo vago y molesto de aquel tremendo dolor que sintiera por la mañana, el procurador se esforzaba en comprender el porqué de su sufrimiento. Y lo entendió en seguida, pero trató de engañarse a sí mismo. Estaba claro que por la mañana había dejado escapar algo irrevocablemente y ahora trataba de arreglarlo con actos insignificantes, y sobre todo, demasiado tardíos. El procurador trataba de convencerse de que  lo que estaba haciendo ahora, esta noche, no tenía menos importancia que la sentencia de la mañana. Pero la realidad es que le costaba mucho creérselo. Se volvió bruscamente y silbó. Le respondió un ladrido sordo que resonó en el atardecer, y un perrazo gris, con las orejas de punta, saltó del jardín al balcón. El perro llevaba un collar con remaches de chapa dorados.</p>
	<p>—Bangá, Bangá —gritó el procurador casi sin voz. <br />
El perro se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en los hombros de su amo. Faltó muy poco para que le tirara al suelo; le lamió un carrillo. El procurador se sentó en un sillón. Bangá, jadeante y con la lengua fuera, se echó a <br />
sus pies. Sus ojos estaban llenos de alegría, la tormenta había terminado y eso era lo único que temía el intrépido perro. Se encontraba, además, con el hombre al que quería, respetaba y veía como al más fuerte del mundo, el dueño de todos los <br />
hombres, gracias al cual se creía un ser  privilegiado, superior y especial. Pero tumbado a sus pies, sin mirarle siquiera, con los ojos puestos en el jardín semi a oscuras, el perro se dio cuenta en  seguida de la apurada situación en que se encontraba su amo. Por eso cambió de postura. Se levantó, se acercó al procurador y le puso la cabeza y las patas en las rodillas, ensuciándole  el manto con arena mojada. Seguramente quería demostrar así su deseo de consuelo y su disposición a enfrentarse con la desgracia al lado de su señor. Trataba de expresar esta actitud ensu modo de mirar al procurador y con sus orejas, levantadas y alertas. Así recibieron la noche de fiesta en el balcón, el hombre y el perro, dos seres que se querían. </p>
	<p>Mientras tanto, el huésped del procurador estaba  muy ocupado. Después de abandonar la terraza delante del balcón, bajó por una escalera a la terraza siguiente, torció a la derecha y salió hacia el cuartel situado dentro del palacio, donde estaban <br />
instaladas las dos centurias que habían llegado a Jershalaím con el procurador con motivo de la fiesta. <br />
También estaba acuartelada aquí la guardia secreta, bajo el mando del huésped de Pilatos, quien apenas se detuvo en el cuartel; no estaría allí más de diez minutos, pero en seguida salieron del patio tres carros cargados de herramientas de <br />
zapadores y una cuba con agua, y acompañando a los carros, quince hombres a caballo con capas grises. <br />
Atravesaron la puerta trasera del palacio, se dirigían al oeste. Pasando junto al muro de la ciudad, cogieron el camino de Bethleem y por él fueron hacia el norte, hasta el cruce que había junto a la Puerta de Hebrón. Tomaron entonces el camino <br />
de Jaffa, por el que pasara de día la procesión de los condenados a muerte. Había oscurecido y en el horizonte apareció la luna. <br />
Poco después, el huésped del procurador, con una túnica usada, también abandonó el palacio a caballo. El huésped no salió de Jershalaím, se dirigió a algún sitio dentro de la ciudad. Pronto se le pudo ver muy cerca de la fortificación Antonia, <br />
que estaba al norte, junto al gran templo. Tampoco se detuvo mucho tiempo en el fuerte y le vieron después en la Ciudad Baja, por sus calles torcidas y enredadas.</p>
	<p>Llegó hasta allí montado en una mula. <br />
El hombre conocía bien la ciudad y no tuvo dificultad para encontrar la calle que buscaba. Llevaba el nombre de Calle Griega por la procedencia de los dueños de las pequeñas tiendas que había en ella. Y precisamente junto a una de estas tiendas, en <br />
la que vendían alfombras, detuvo el hombre su mula, se apeó y la ató a una anilla de la puerta. La tienda estaba cerrada. Junto a la entrada había una verja, por donde el hombre penetró en un patio cuadrangular rodeado de cobertizos. Dobló una esquina del patio, se acercó a la terraza de una  vivienda cubierta de hiedra y echó una mirada alrededor. La casa y los cobertizos estaban a oscuras: todavía no habían encendido las luces.<br />
 El hombre llamó en voz baja: —¡Nisa! <br />
Rechinó una puerta, y en la penumbra de  la noche apareció en la terraza una mujer joven, sin velo. Se inclinó sobre la barandilla con aspecto intranquilo, para averiguar quién era el que llamaba. Al reconocer al hombre le sonrió e hizo un gesto <br />
amistoso con la mano. <br />
—¿Estás sola? —preguntó Afranio en griego. <br />
—Sí —susurró la mujer desde la terraza—, mi marido ha marchado a Cesarea esta mañana —la mujer miró hacia la puerta y añadió—: pero la criada está en casa —e hizo un gesto indicándole que pasara. </p>
	<p>Afranio volvió a mirar alrededor y subió por los peldaños de piedra. Luego los dos desaparecieron en el interior. Afranio no estuvo allí más de cinco minutos. Abandonó la casa y la terraza cubriéndose el rostro con la capucha y salió a la calle. Poco a <br />
poco iban apareciendo las luces de los candiles en las casas. Fuera, el barullo de vísperas de fiesta era grande todavía, y Afranio, montado en la mula, se confundió en seguida con la muchedumbre de transeúntes y jinetes. Nadie sabe a dónde se <br />
dirigió después. <br />
Cuando se quedó sola la mujer a la que Afranio llamara Nisa, se cambió rápidamente de ropa. No encendió el candil, ni llamó a la criada, a pesar de lo difícil que resultaba encontrar algo  en una habitación a oscuras. En cuanto estuvo <br />
preparada, con la cabeza cubierta por un velo negro, se le oyó decir: </p>
	<p>—Si alguien preguntara por mí, di que me he ido a ver a Enanta. </p>
	<p>Se oyó el gruñido de la criada en la oscuridad: </p>
	<p>—¿Enanta? ¡Esta Enanta...! Tu marido te ha prohibido que vayas a verla. ¡Esa Enanta es una alcahueta! ¡Se lo voy a decir a tu marido! <br />
—¡Anda, cállate ya! —respondió Nisa, y salió de la casa. Sus sandalias resonaron en las baldosas de piedra del patio. La criada cerró gruñendo la puerta de la terraza. Al mismo tiempo, en otra calleja de la Ciudad Baja, una callejuela retorcida que bajaba hacia una de las piscinas con grandes escaleras, de la verja de una casa miserable, cuya parte ciega daba a la calle y las ventanas al patio, salió un hombre joven, con la barba cuidadosamente recortada, un kefi blanco cayéndole sobre los hombros, un taled recién estrenado, azul celeste, con borlas en el bajo, y unas sandalias que le crujían al andar. Tenía nariz aguileña; era muy guapo. Estaba arreglado para la gran fiesta y andaba con  pasos enérgicos, dejando atrása los <br />
transeúntes que se apresuraban por llegar a la mesa festiva, y observaba cómo se iban encendiendo las ventanas, una a una. Se dirigía al palacio del gran sacerdote Caifás, situado al pie del monte del Templo, por el camino que pasaba junto al bazar. <br />
A los pocos minutos entraba en el patio de Caifás abandonándolo un rato después.</p>
	<p>En el palacio se habían encendido ya los candiles y las antorchas y había empezado el alegre alboroto de la fiesta. El joven siguió andando muy enérgico y contento, apresurándose por volver a la Ciudad Baja. En la esquina de la calle con la <br />
plaza del bazar, en medio del bullicio de las gentes, le adelantó una mujer de andares ligeros, como bailando. Llevaba un velo negro que le cubría los ojos. Al pasar junto al apuesto joven, la mujer levantó el velo y le miró, pero no sólo no se <br />
detuvo, sino que apretó el paso, como si quisiera escapar del que había adelantado. <br />
El joven se fijó en la mujer, y al  reconocerla se estremeció. Se detuvo sorprendido, contemplando su espalda, y en seguida corrió a su alcance. Poco faltó para que empujase al suelo a un hombre con un jarrón; alcanzó a la mujer y la llamó, <br />
jadeante de emoción: <br />
—¡Nisa! <br />
La mujer se volvió, entornó los ojos, y con expresión de frío despecho le contestó en griego, muy seca: <br />
—¡Ah! ¿Eres tú, Judas? No te había conocido. Mejor para ti. Dicen que si alguien no te reconoce, es que vas a ser rico... <br />
Emocionado hasta el extremo de que el  corazón le empezó a saltar como un pájaro en una red, Judas preguntó con voz entrecortada, en un susurro para que no le oyeran los transeúntes —¿Dónde vas, Nisa? <br />
—¿Y para qué lo quieres saber? —respondió Nisa aminorando el paso, con mirada arrogante. <br />
La voz sonó con notas infantiles. Desconcertada. <br />
—Pero si... habíamos quedado... Pensaba ir  a buscarte, me habías dicho que estarías en casa toda la tarde...<br />
—¡Ay, no! —contestó Nisa, haciendo un mohín con el labio inferior. A Judas le pareció que aquella cara tan bonita, la más bonita que él había visto en su vida, era todavía más bella—. Me aburría. Es fiesta, ¿qué quieres que haga? ¿Quedarme para <br />
escuchar tus suspiros en la terraza? ¿Encima con el miedo de que la criada se lo pueda contar a él? No, he decidido irme a las afueras para escuchar el canto de los ruiseñores. <br />
—¿Cómo a las afueras? —preguntó Judas, completamente desconcertado—. <br />
¿Sola? <br />
—Pues claro —contestó Nisa.</p>
	<p>—Déjame que te acompañe —pidió Judas con la respiración entrecortada. En su cabeza se habían mezclado todos los pensamientos. Se olvidó de todo en el mundo y miró suplicante los ojos azules de Nisa, que ahora parecían negros. <br />
Nisa no dijo nada y siguió andando. <br />
—Nisa, ¿por qué te callas? —preguntó Judas con voz de queja, tratando de seguir el paso de la mujer. <br />
—¿Y no me aburriré contigo? —dijo Nisa parándose. Judas estaba cada vez más confuso. <br />
—Bueno —se apiadó por fin Nisa—, vamos. <br />
—¿A dónde? <br />
—Espera... Entremos en este patio para ponernos de acuerdo, tengo miedo a que me vea alguien conocido y le diga a mi marido que estaba con mi amante en la calle. <br />
Nisa y Judas desaparecieron del bazar. Hablaban en la puerta de una casa. <br />
—Ve al Huerto de los Olivos —susurraba Nisa, tapándose los ojos con el velo y dando la espalda a un hombre que pasaba por la puerta con un cubo en la mano—, a Gethsemaní, al otro lado del Kidrón, ¿me oyes? <br />
—Sí, sí... <br />
—Iré delante, pero no me sigas, sepárate de mí —decía Nisa—. Yo iré delante... <br />
Cuando cruces el río..., ¿sabes dónde está la cueva? <br />
—Sí, lo sé... <br />
—Cuando pases la almazara de la aceituna, tuerce hacia la cueva. Estaré allí. <br />
Pero no se te ocurra seguirme ahora, ten paciencia y espera —con estas palabras Nisa abandonó la puerta, como si no hubiera estado hablando con Judas.</p>
	<p>Éste pensaba, entre otras cosas, qué explicación daría a su familia para justificar su ausencia en la mesa festiva. Trató de inventar una mentira; pero, por el estado de emoción en que se encontraba, no se le ocurrió nada y atravesó despacio la puerta. <br />
Cambió de rumbo; ya no tenía prisa por llegar a la Ciudad Baja. Se dirigió de nuevo hacia el Palacio de Caifás. Ya era  fiesta en la ciudad. Judas veía a su alrededor las ventanas llenas de luz, y llegaban conversaciones hasta sus oídos. <br />
En la carretera, los últimos transeúntes apresuraban sus burros, gritándoles y arreándoles. A Judas le llevaban los pies. No se fijó en la torre Antonia, cubierta de musgo, que pasaba junto a él; no oyó el estruendo de las trompetas en la fortaleza y <br />
no reparó tampoco en la patrulla romana a caballo y con antorchas, que había iluminado su camino con luz alarmante.</p>
	<p>Cuando dejó atrás la torre, Judas se volvió y vio en lo alto, sobre el Templo, dos enormes candelabros de cinco brazos. Pero  no pudo distinguirlos con claridad. Le pareció que se habían encendido sobre  Jershalaím diez candiles de tamaño sorprendente, haciendo la competencia al candil que dominaba Jershalaím: la luna. <br />
A Judas ya no le interesaba nada. Tenía prisa por llegar a la puerta de Gethsemaní y abandonar la ciudad cuanto antes. A veces, entre espaldas y rostros de los transeúntes, le parecía ver una figura danzante que le servía de guía. Pero se <br />
equivocaba. Sabía que Nisa le había adelantado considerablemente. Corrió junto a los tenderetes de los cambistas y por fin se encontró ante la puerta de Gethsemaní. <br />
Allí tuvo que detenerse, consumiéndose de impaciencia. Entraban unos camellos en la ciudad y les seguía la patrulla militar siria, que Judas maldijo para sus adentros. <br />
Pero todo se acaba, y el impaciente Judas ya estaba fuera de la ciudad. A su izquierda vio un pequeño cementerio y varias tiendas a rayas de peregrinos. <br />
Después de cruzar el camino polvoriento, iluminado por la luna, Judas se dirigió al torrente del Kidrón con la intención de pasar a la otra orilla. El agua murmuraba a sus pies. Saltando de una piedra a otra alcanzó,  por fin, la orilla de Gethsemaní y se <br />
convenció con alegría de que el camino hasta el huerto estaba desierto. La puerta medio destruida del Huerto de los Olivos no quedaba lejos. <br />
Después del aire cargado de la ciudad,  le sorprendió el  olor mareante de la noche de primavera. A través de la valla del  huerto llegaba una  ráfaga de olor a mirtos y acacias de los valles de Gethsemaní. <br />
Nadie guardaba la puerta, nadie la vigilaba, y a los pocos minutos Judas ya corría entre la sombra misteriosa de los grandes y frondosos olivos. El camino era cuesta arriba. Judas subía sofocado. De vez en cuando salía de la sombra a unos <br />
claros bañados por la luna, que le recordaban las alfombras que viera en la tienda del celoso marido de Nisa. <br />
Pronto apareció a su izquierda la almazara, con una pesada rueda de piedra y un montón de barriles. En el huerto no había nadie: los trabajos habían terminado al ponerse el sol y ahora sólo sonaban y vibraban coros de ruiseñores. <br />
Su objetivo estaba cerca. Sabía que a la derecha, en medio de la oscuridad, se oiría el susurro del agua cayendo en la cueva. Así sucedió. Refrescaba. Detuvo el paso y gritó con voz no muy fuerte: <br />
—¡Nisa! <br />
Pero en lugar de Nisa, del tronco grueso de un olivo se despegó una figura de hombre bajo y ancho, que saltó  al camino. Algo brilló en su mano y se apagó en seguida.</p>
	<p>Con un grito débil, Judas retrocedió, pero otro hombre le cerró el paso. <br />
El primero, que estaba delante, le preguntó: <br />
—¿Cuánto dinero has recibido? ¡Dilo, si quieres seguir con vida! <br />
—¡Treinta tetradracmas! ¡Treinta tetradracmas! ¡Todo lo que me dieron lo tengo aquí! ¡Aquí está! ¡Podéis cogerlo, pero no me matéis! <br />
El hombre que tenía delante le arrebató la bolsa. Y en el mismo instante sobre la espalda de Judas voló un cuchillo y se hincó bajo el omoplato del enamorado. Judas cayó de bruces, alzando las manos con los puños apretados. El hombre que estaba <br />
delante le recibió con su cuchillo, clavándoselo en el corazón hasta el mango. <br />
—Ni...sa... —pronunció Judas, no con su voz alta, limpia y joven, sino con una voz sorda, de reproche; y no se oyó nada más. Su cuerpo cayó con tanta fuerza que la tierra pareció vibrar. <br />
En el camino surgió una tercera figura. Un hombre con manto y capuchón. <br />
—No pierdan el tiempo —ordenó. Los asesinos envolvieron con rapidez la bolsa y la nota, que les dio este hombre, en una pieza de cuero y la ataron con una cuerda. <br />
Uno de los asesinos se guardó el paquete en el pecho y los dos echaron a correr en direcciones distintas. La oscuridad se los tragó bajo los olivos. El hombre del capuchón se puso en cuclillas junto al muerto y le miró la cara. En la penumbra le <br />
pareció blanca como la cal, hermosa y espiritual. <br />
A los pocos segundos no quedaba un ser vivo en el camino. El cuerpo exánime tenía los brazos abiertos. El pie izquierdo estaba dentro de una mancha de luna que permitía distinguir las correas de su sandalia. El Huerto de Gethsemaní retumbaba <br />
con el canto de los ruiseñores. <br />
¿Qué hicieron los dos asesinos de Judas? Nadie lo sabe, pero sí sabemos lo que hizo el hombre de la capucha. Después de abandonar el camino, se metió entre los olivos, dirigiéndose hacia el sur. Trepó la valla del huerto por la parte más alejada de la puerta principal, por el extremo  sur, donde habían caído  unas piedras. Pronto estaba en la orilla del Kidrón. Entró en el agua y anduvo por el río hasta que percibió la silueta de dos caballos y a un hombre junto a ellos. Los caballos también estaban en el agua, que corría bañándoles las pezuñas. El palafrenero montó un caballo y el hombre de la capucha el otro, y los dos echaron a andar por el río. Se oía crujir las piedras bajo las pezuñas de los caballos. Salieron del agua a la orilla de Jershalaím y fueron a paso lento junto a los muros de  la ciudad. El palafrenero se separó, adelantándose, y se perdió de  vista. El hombre de la capucha paró su caballo, se bajó en el camino desierto y, quitándose la capa, la volvió del revés, sacó de debajo un yelmo plano sin plumaje y se cubrió la cabeza con él. Ahora subió al caballo un hombre con clámide militar  negra y una espada corta sobre la cadera. Estiró las riendas y el nervioso caballo trotó, sacudiendo al jinete. El camino no era largo: el jinete se acercaba a la Puerta Sur de Jershalaím. <br />
El fuego de las antorchas bailaba y saltaba bajo el arco de la puerta. Los centinelas de la segunda centuria de la legión Fulminante  estaban sentados en bancos de piedra jugando a los dados. Al ver al militar a  caballo, los soldados se <br />
incorporaron de un salto. El militar les saludó con la mano y entró en la ciudad. <br />
La ciudad estaba inundada de luces de fiesta. En las ventanas bailaba el fuego de los candiles, y por todas partes, formando un coro discorde, sonaban las oraciones. El jinete miraba de vez en cuando a través de las ventanas que daban a <br />
la calle. Dentro de las casas, la gente rodeaba la mesa, en la que había carne de cordero y cálices de vino entre platos de hierbas amargas. Silbando por lo bajo una canción, el jinete avanzaba sin prisas, a trote lento, por las calles desiertas de la <br />
Ciudad Baja, dirigiéndose hacia la torre Antonia, mirando los candelabros de cinco brazos, nunca vistos, que ardían sobre el templo, o a la luna que colgaba por encima de los candelabros. El palacio de Herodes el Grande no participaba en la celebración de la noche de Pascua. En las estancias auxiliares del palacio, orientadas hacia el sur, donde se habían instalado los oficiales de la cohorte romana y el legado de la legión, había luces, se sentía movimiento y vida. Pero  la parte delantera, la principal, donde se alojaba el único e involuntario huésped del palacio  —el procurador—, con sus columnatas y estatuas doradas, parecía cegada por la luna llena. Aquí, en el interior del palacio, reinaban la oscuridad y el silencio. </p>
	<p>Y el procurador, como él dijera a Afranio, no quiso entrar en el palacio. Ordenó que le hicieran la cama en el balcón, donde había comido y donde por la mañana había tenido lugar el interrogatorio. El procurador se acostó en el triclinio, pero no <br />
tenía sueño. La luna desnuda colgaba en lo alto del cielo limpio, y el procurador no dejó de mirarla durante varias horas. <br />
Por fin, el sueño se  apoderó del hegémono cuando era casi medianoche. El procurador bostezó, se desabrochó y se quitó la toga; se liberó del cinturón que llevaba sobre la camisa, con un cuchillo ancho, de acero, envainado, y lo dejó en el <br />
sillón junto al lecho; luego se quitó las sandalias y se tumbó. Bangá escaló en seguida el triclinio y se acostó junto a él, cabeza con cabeza, y el procurador, pasándole una  mano al perro por el cuello, cerró los ojos. Sólo entonces durmió el perro.</p>
	<p>El lecho estaba en la oscuridad, guardado de la luna por una columna, pero de los peldaños de la entrada hasta la cama se extendía un haz de luna. Cuando el procurador perdió el contacto con la realidad que le rodeaba, empezó a andar por el <br />
camino de luz, hacia la luna. <br />
Se echó a reír feliz por lo extraordinario que todo resultaba en el camino azul y transparente. Le acompañaban Bangá y el filósofo errante. Discutían de algo importante y complicado y ninguno de los dos era capaz de convencer al otro. No <br />
estaban de acuerdo en nada, lo que hacía que la discusión fuera interminable, pero mucho más interesante. Por supuesto,  la ejecución no había sido más que un malentendido, el filósofo que inventara aquella absurda teoría de que todos los <br />
hombres eran buenos estaba a su lado, luego  estaba vivo. Y, naturalmente, daba horror pensar que se podía ejecutar a un hombre así. ¡No hubo tal ejecución! ¡No la hubo! Ahí radicaba el encanto del viaje hacia arriba, subiendo a la luna. <br />
Tenía mucho tiempo por delante, la tormenta no empezaría hasta la noche, y la cobardía, sin duda alguna, era uno de los mayores defectos del hombre. Así decía Joshuá Ga-Nozri. No, filósofo, no estoy de acuerdo. ¡Es el mayor defecto! <br />
El que hoy era procurador  de Judea, el antiguo tribuno  de la legión, no fue cobarde, por ejemplo, cuando a los furiosos germanos les faltó poco para devorar al gigante Matarratas, en el Valle de las Doncellas. Pero, ¡por favor, filósofo!, ¿cómo <br />
puede pensar usted, que es inteligente, que el procurador de Judea iba a perder su puesto por un hombre que ha cometido un delito contra el César? <br />
—Sí, sí... —gemía y sollozaba Pilatos en sueños. <br />
Claro que lo perdería. Por la mañana no lo hubiera hecho así; pero, ahora, por la noche, después de haberlo meditado bien, estaba dispuesto a ello. Haría lo que fuera necesario para librar de la ejecución al médico demente y soñador que no era <br />
culpable de nada. </p>
	<p>—Así siempre estaremos juntos —decía el harapiento filósofo, el vagabundo, que no se sabía por qué había aparecido en el camino del jinete de la Lanza de Oro— ¡cuando salga uno, saldrá el otro! ¡Cuando se acuerden de mí, te recordarán a ti! A <br />
mí, hijo de padres desconocidos y a ti, hijo del rey astrólogo y de la hermosa Pila, hija de un molinero. <br />
—Sí, por favor, no me olvides. Recuérdame a mí, al hijo del astrólogo —pedía Pilatos. Y como viera el consentimiento del mendigo de En-Sarid, que asentía con la cabeza, caminando a su lado, el cruel procurador de Judea reía y lloraba de alegría, <br />
en sueños.</p>
	<p>Esto era muy bonito, pero hizo que el despertar del procurador fuera angustioso. <br />
Bangá lanzó un gruñido a la luna y el camino resbaladizo, como untado de aceite, se hundió bajo el procurador. Abrió los ojos, recordó que la ejecución había existido, y después, con gesto acostumbrado, agarró el collar de Bangá. Buscó la luna con sus ojos enfermos y la vio, plateada, que  se había desplazado. Un resplandor desagradable y alarmante interrumpía la luz de la luna y jugaba en el balcón ante sus propios ojos. <br />
En las manos del centurión Matarratas ardía una antorcha despidiendo hollín. El hombre miraba con miedo y enfado al animal agazapado para saltar. <br />
—Quieto, Bangá —dijo el  procurador con voz enfermiza, y tosió. Continuó hablando, cubriéndose la cara con la mano—. ¡Ni  una noche de luna tengo tranquilidad!... Oh, dioses... Usted, Marco, también tiene un mal puesto. Mutila a los soldados... <br />
Marco miraba al procurador con gran sorpresa; éste se recobró. Para suavizar las innecesarias palabras que había dicho medio en sueños, el procurador añadió: <br />
—No se ofenda, centurión.  Le repito que mi situación es todavía peor. ¿Qué quería? <br />
—Ha venido el jefe del servicio secreto. <br />
—Que pase, que pase —ordenó el procurador, tosiendo para aclararse la voz y buscando las sandalias con los pies descalzos. El reflejo del fuego bailó en las columnas y las cáligas del centurión resonaron en el mosaico. El centurión salió al <br />
jardín. <br />
—Ni con luna tengo tranquilidad —se dijo el procurador, y le rechinaron los dientes. <br />
Ahora en lugar del centurión apareció en el balcón el hombre de la capucha. <br />
—Quieto, Bangá —dijo el procurador en voz baja, y apretó con suavidad la nuca del perro. <br />
Antes de decir nada, Afranio miró alrededor, como tenía por costumbre, y se fue a la sombra; cuando se convenció de que, además de Bangá, en el balcón no había nadie, empezó a hablar en voz baja. <br />
—Procurador, solicito que me lleve a los  tribunales. Usted tenía razón. No he sabido salvar a Judas de Kerioth, lo han matado. Solicito un juicio y la dimisión. <br />
Afranio tuvo la sensación de que le estaban contemplando cuatro ojos: de perro y de lobo. <br />
Sacó de debajo de su clámide una bolsa manchada de sangre, doblemente sellada. </p>
	<p>—Este saco con dinero lo arrojaron los asesinos en casa del gran sacerdote. La mancha es de sangre de Judas de Kerioth. <br />
—¿Cuánto dinero hay dentro? —preguntó Pilatos inclinándose sobre el saquito. <br />
—Treinta tetradracmas. <br />
El procurador se sonrió y dijo: <br />
—Es poco. <br />
Afranio estaba callado. <br />
—¿Dónde está el cadáver? <br />
—No lo sé —respondió con digna tranquilidad el hombre que nunca sé separaba de su capuchón—. Esta mañana iniciaremos la investigación. <br />
El procurador se estremeció y dejó la correa de la sandalia que no conseguía abrochar. <br />
—¿Está seguro de que ha muerto? <br />
La respuesta que recibió el procurador fue muy seca: <br />
—Procurador, trabajo en Judea desde hace quince años. Empecé con Valerio Grato. No necesito ver el cadáver de  un hombre para saber que está muerto. Le comunico que al hombre que llamaban Judas de Kerioth lo han matado hace unas <br />
horas. <br />
—Perdóneme, Afranio —contestó Pilatos—, todavía no estoy del todo despierto, y por eso lo dije. Duermo mal —el procurador sonrió—. En mis sueños siempre veo un rayo de luna. Fíjese, qué curioso, es  como si yo estuviera paseando por ese rayo... Bien, me gustaría saber qué piensa de este asunto. ¿Dónde piensa buscarlo? <br />
Siéntese. <br />
El jefe del servicio secreto hizo una reverencia, acercó el sillón al triclinio y se sentó, haciendo sonar su espada. <br />
—Pienso buscarle por la almazara, en el Huerto de Gethsemaní. <br />
—Bien, bien. ¿Y por qué allí precisamente? <br />
—Hegémono, creo que a Judas lo han matado, no en la ciudad, pero tampoco lejos de aquí: en las afueras de Jershalaím. <br />
—Le tengo por un gran experto en su oficio. No sé cómo irán las cosas en Roma, pero en las provincias no hay otro como usted. Pero explíqueme, ¿en qué se basa para creerlo así? <br />
—No puedo admitir en absoluto —decía Afranio en voz baja—, que Judas cayera en manos de sospechosos dentro de la ciudad. No se  puede matar a nadie en la calle sin ser descubierto,  luego tienen que haber conseguido llevarle a algún <br />
escondite. Pero nuestro servicio ha hecho un registro en la Ciudad Baja, y de estar allí estoy seguro de que lo  hubieran encontrado. No está en la ciudad, se lo garantizo. Y si le hubieran matado en algún otro lugar lejos de la ciudad, no hubieran <br />
podido llevar tan pronto el dinero al palacio. Le han matado cerca de la ciudad. Han sabido hacerle salir de Jershalaím. <br />
—¡No comprendo cómo han podido hacerlo! <br />
—Sí, procurador, eso es lo más difícil del caso y no sé si lograré averiguarlo. <br />
—¡Es realmente misterioso! Una tarde de fiesta un hombre creyente que sale de la ciudad, no se sabe por  qué, abandonando así la comida de Pascua, y muere. <br />
¿Quién y cómo ha podido conseguir que saliera? ¿No habrá sido una mujer? —preguntó el procurador de pronto, como si tuviera una inspiración. <br />
Afranio contestó tranquilo y convincente: <br />
—De ninguna manera, procurador. Esa posibilidad está excluida. Discurriendo con lógica, ¿quiénes estaban interesados en la muerte de Judas? Unos fantasiosos vagabundos, un grupo de gente, que, ante todo, no incluía ni una mujer. Procurador, <br />
para casarse se necesita dinero. Para traer un hombre al mundo, también. Pero para matar a un hombre con ayuda de una mujer  se necesita mucho  dinero. Y ningún vagabundo puede conseguirlo. En este caso no ha intervenido ninguna mujer, <br />
procurador. Le diré algo más, interpretar así el crimen no es sino llevarnos a una pista falsa, confundirnos en la investigación y desconcertarme a mí. <br />
—Tiene usted toda la razón, Afranio —decía Pilatos—, y lo que yo decía no era más que una suposición. <br />
—Desgraciadamente es equivocada, procurador. <br />
—Pero, entonces, ¿qué? —exclamó el  procurador, mirando a Afranio con ansiedad. <br />
—Creo que se trata de dinero. <br />
—¡Magnífica idea! ¿Pero quién y por qué podía ofrecerle dinero de noche y fuera de la ciudad? <br />
—No, procurador, no se trata de eso. Tengo una teoría, y de no confirmarse, es probable que no sea capaz de encontrar otra explicación — Afranio se inclinó hacia el procurador y terminó en voz baja—: Judas quería esconder el dinero en algún sitio <br />
apartado, que sólo él conociera. <br />
—Es una teoría muy acertada. Debe de ser así como sucedió. Ahora lo comprendo: le hizo salir de la ciudad su propio objetivo, no la gente. Sí, debió de ser así. <br />
—Eso creo. Judas era un hombre desconfiado y quería guardar su dinero de la gente. </p>
	<p>—Sí, usted dijo en Gethsemaní... Confieso que no llego a entender por qué piensa buscarlo precisamente allí. <br />
—¡Oh!, procurador, es de lo más sencillo. A nadie se le ocurre esconder el dinero en caminos o sitios vacíos y abiertos. Judas no estuvo en el camino de Hebrón, ni en el de Betania. Tenía que ir a un sitio protegido, con árboles. Está clarísimo. Y cerca <br />
de Jershalaím no hay otro lugar que reúna esas condiciones más que Gethsemaní. <br />
No pudo haberse marchado muy lejos. <br />
—Me ha convencido por completo. Entonces, ¿qué hacemos ahora? <br />
—Voy a buscar inmediatamente a los  asesinos que espiaron a Judas cuando salía de la ciudad, y mientras, quiero presentarme a los tribunales. <br />
—¿Por qué? <br />
—Esta tarde mi servicio le ha dejado salir del bazar, después de abandonar el palacio de Caifás. No puedo explicarme cómo ha sucedido. No me había pasado una cosa así en toda mi vida. Estuvo bajo vigilancia inmediatamente después de nuestra <br />
conversación. Pero se nos escapó en el bazar después de hacer un extraño viraje y desapareció por completo. <br />
—Bien. Pero no veo la necesidad de llevarle a los tribunales. Usted ha hecho todo lo posible y nadie en el mundo —el procurador sonrió— hubiera podido hacer más. Castigue a los guardias que dejaron escapar a Judas. Pero le advierto que no <br />
me gustaría que la sanción fuera severa. Al fin y al cabo, hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos por  salvar a ese farsante. ¡Ah sí! Casi me olvidaba preguntarle, ¿y cómo se arreglaron para tirar el dinero en casa de Caifás? <br />
—Mire usted, procurador... Eso no es  demasiado difícil. Los vengadores se acercaron por la parte trasera del palacio de Caifás, por allí el patio da a una callejuela. Tiraron el paquete por encima del muro. <br />
—¿Con una nota? <br />
—Sí, exactamente como usted lo había imaginado, procurador. A propósito... —<br />
Afranio arrancó los lacres del paquete y enseñó su interior al procurador. <br />
—¡Por favor, Afranio, pero qué hace!  ¡Si los lacres serán del templo, <br />
seguramente! <br />
—No debe preocuparse por eso, procurador— respondió Afranio, cerrando el paquete. <br />
—¿Es que tiene usted todos los lacres? —preguntó Pilatos, riéndose. <br />
—No podía ser de otra manera, procurador —contestó Afranio sin sonreír, muy severo. <br />
—¡Me imagino la que se armaría en casa de Caifás! </p>
	<p>—Sí, produjo una gran agitación. Me llamaron inmediatamente. <br />
Hasta en la penumbra se podía distinguir el brillo de los ojos de Pilatos. <br />
—Muy interesante... <br />
—¿Me permite una objeción, procurador? No es nada interesante. Este asunto <br />
es larguísimo y agotador. Cuando pregunté en el palacio de Caifás si habían pagado <br />
dinero a alguien, denegaron rotundamente. <br />
—¿Ah, sí? Bueno, si dicen que no lo han pagado, será que no lo han pagado. <br />
Más difícil será encontrar a los asesinos. <br />
—Así es, procurador. <br />
—Afranio, se me ocurre una cosa. ¿No se habrá suicidado? <br />
—¡Oh, no, procurador! —contestó Afranio, retrocediendo asombrado—. Usted perdone, pero es completamente imposible. <br />
—En esta ciudad todo es posible. Apostaría que en la ciudad empezarán a correr rumores sobre eso muy pronto. <br />
Afranio miró al procurador de aquel modo especial como él solía hacerlo. Se quedó pensativo y luego contestó: —Es posible, procurador. <br />
Al parecer, Pilatos no podía dejar el asunto del asesinato del hombre de Kerioth, aunque ahora ya estaba todo claro. Dijo con aire un tanto soñador: <br />
—Me gustaría haber visto cómo le mataron. —Le han matado con verdadero arte, procurador —contestó Afranio, mirándole con cierta ironía. —¿Y usted cómo lo sabe? <br />
—Tenga la bondad de fijarse en la bolsa, procurador —respondió Afranio—. <br />
Estoy seguro de que la sangre de Judas brotaría como un torrente. He tenido ocasión de ver muchos muertos, procurador. <br />
—Entonces, ¿ya no volverá a levantarse nunca? —No, procurador, se levantará —contestó Afranio con sonrisa filosófica— cuando suene sobre él la trompeta del mesías que aquí esperan. Pero no se levantará antes de eso. <br />
—Es suficiente, Afranio; este asunto está claro. Pasemos al entierro. <br />
—Los ejecutados ya están enterrados, procurador. —¡Oh!, Afranio, sería un verdadero crimen llevarlo a usted a los tribunales. Se merece la distinción más alta. <br />
¿Cómo lo hicieron? <br />
Afranio se lo contó. Mientras él mismo estaba ocupado con el asunto de Judas, un destacamento de la guardia secreta, dirigido por su ayudante, llegó al monte al anochecer. No encontraron uno de los cuerpos. Pilatos se estremeció y dijo con voz ronca: <br />
—¡Ah, debía haberlo previsto!...</p>
	<p>—No se preocupe, procurador —dijo Afranio, y siguió su relato—: Recogieron los cuerpos de Dismás y Gestás, que tenían los ojos comidos por aves de rapiña, e inmediatamente se lanzaron a buscar el tercer cuerpo. Lo encontraron muy pronto. <br />
Un hombre... <br />
—Leví Mateo —dijo Pilatos, más bien afirmando que interrogando. <br />
—Sí, procurador... Leví Mateo se escondía en una cueva en la ladera norte del Calvario, esperando que llegara  la noche. El cuerpo desnudo de Joshuá Ga-Nozri estaba con él. Cuando la guardia entró en la cueva con una antorcha, Leví se llenó <br />
de ira y desesperación. Gritaba que no había cometido ningún crimen y que, según la ley, cualquiera tenía derecho a enterrar a un delincuente ejecutado si así lo deseaba. Leví Mateo decía que no quería separarse  del cuerpo. Estaba muy <br />
alterado, gritaba algo incoherente, pedía o amenazaba y maldecía... <br />
—¿Tuvieron que detenerle? —preguntó Pilatos con aire sombrío. <br />
—No, procurador —respondió  Afranio tranquilizador—. Consiguieron calmar al exaltado demente, asegurándole que el cuerpo sería enterrado. Cuando lo comprendió, Leví pareció sosegarse, pero dijo que no pensaba marcharse y que deseaba participar en el entierro. Que no  se iría aunque le amenazáramos con la muerte y hasta ofreció, con este fin, un cuchillo de cortar pan que llevaba encima. <br />
—¿Le echaron? —preguntó Pilatos con voz ahogada. <br />
—No, procurador. Mi ayudante permitió que tomara parte en el entierro. <br />
—¿Cuál de sus ayudantes dirigía la operación? —preguntó Pilatos. <br />
—Tolmai —contestó Afranio, y añadió intranquilo—: A lo mejor, ha cometido alguna equivocación... <br />
—Siga —dijo Pilatos—, no hubo equivocación. Y además, empiezo a sentirme algo desconcertado: estoy tratando, por lo visto, con un hombre que nunca se equivoca. Y ese hombre es usted. <br />
—Llevaron a Leví Mateo en el carro con los cuerpos de los ejecutados, y a las dos horas llegaron a un desfiladero desierto, al norte de Jershalaím. Los guardias, trabajando por turnos, cavaron una fosa profunda en una hora y en ella enterraron a <br />
los tres ejecutados. <br />
—¿Desnudos? <br />
—No, procurador. Habían llevado expresamente unas túnicas. A cada uno de los enterrados le pusieron un anillo en el dedo. A Joshuá con un corte, a Dismás con dos y a Gestás con tres. La fosa fue cerrada y tapada con piedras. Tolmai conoce el <br />
signo distintivo. </p>
	<p>—¡Ah, si yo lo hubiera previsto! —dijo Pilatos con una mueca de disgusto—. <br />
Tendría que ver a ese Leví Mateo. . <br />
—Está aquí, procurador. <br />
Pilatos, con los ojos muy abiertos, miraba a Afranio fijamente. Luego dijo: <br />
—Le agradezco todo lo que ha hecho en este asunto. Le ruego que mañana haga venir a Tolmai y comuníquele que estoy contento con él, y a usted, Afranio —el procurador sacó del bolsillo del cinturón que tenía en la mesa una sortija y se la dio <br />
al jefe del servicio secreto—, le ruego que admita esto como recuerdo. <br />
Afranio hizo una reverencia, diciendo: <br />
—Es un gran honor para mí, procurador. <br />
—Quiero que se premie a los miembros de la guardia que llevaron a cabo el entierro. Y que se imponga una amonestación a los que dejaron matar a Judas. Que venga inmediatamente Leví Mateo. Quiero averiguar algunos detalles sobre el caso <br />
de Joshuá. <br />
—A sus órdenes, procurador —respondió  Afranio, y empezó a retroceder, haciendo reverencias. Pilatos dio una palmada y gritó: <br />
—¡Que venga alguien! ¡Un candil a la columnata! <br />
El jefe del servicio secreto bajaba ya al jardín cuando los criados, con luces en la mano, aparecieron a espaldas de Pilatos. En la mesa, frente al procurador, había tres candiles, y la noche de luna se replegó del jardín en seguida, como si Afranio se <br />
la hubiera llevado. Entró en el balcón un hombre desconocido, pequeño y delgado, junto al gigante centurión, que se retiró, desapareciendo en el jardín al encontrarse con la mirada del procurador. <br />
El procurador, algo asustado y con expresión de ansiedad en los ojos, estudiaba al recién llegado. Así se mira a aquel del que se ha oído hablar mucho, se ha pensado en él y por fin aparece. <br />
El hombre debía de tener unos cuarenta años. Era muy moreno, iba desarrapado, cubierto de barro seco y miraba de reojo,  como un lobo. Tenía un aspecto lamentable y recordaba, sobre  todo, a los mendigos que abundan en las terrazas del templo o en los bazares de la sucia y ruidosa Ciudad Baja. <br />
No duró mucho el silencio; la extraña actitud del hombre lo interrumpió. Cambió de cara, se tambaleó y de no haberse agarrado a la mesa se hubiera caído. <br />
—¿Qué te pasa? —preguntó Pilatos. <br />
—Nada —contestó Leví Mateo, e hizo un gesto como si estuviera tragando. Su cuello chupado, desnudo y gris se hinchó por un instante. <br />
—Contesta, ¿qué te pasa? —repitió Pilatos. </p>
	<p>—Estoy cansado —dijo Leví mirando al suelo con aire sombrío. <br />
—Siéntate —dijo Pilatos indicándole el sillón. <br />
Leví miró desconfiado al procurador, fue hacia el sillón, miró de reojo, asustado, los brazos dorados del sillón y se sentó, pero no en él, sino en el suelo, al lado. <br />
—Dime, ¿por qué no te has sentado en el sillón? —preguntó Pilatos. <br />
—Estoy sucio y lo mancharía —dijo Leví mirando al suelo. <br />
—Ahora te darán de comer. <br />
—No quiero comer. <br />
—¿Por qué mientes? —preguntó Pilatos en voz baja—. No has comido en todo un día, o puede ser que desde hace más tiempo. Pero muy bien, no comas. Te he llamado para que me enseñes el cuchillo que tienes. <br />
—Los soldados me lo han quitado antes de traerme aquí —contestó Leví, y añadió con aire lúgubre—: devuélvamelo. Tengo que dárselo a su dueño, lo he robado. <br />
—¿Para qué? <br />
—Para cortar las cuerdas —respondió Leví. <br />
—¡Marco! —gritó el procurador, y el centurión apareció bajo las columnas—. Que traigan su cuchillo. <br />
—¿A quién robaste el cuchillo? <br />
—En el puesto de pan que hay junto a la  Puerta de Hebrón,  al entrar en la ciudad, a la izquierda. <br />
Pilatos observó la hoja del cuchillo, pasó un dedo para ver si estaba afilado y dijo: <br />
—No te preocupes, devolverás el cuchillo. Y, ahora, enséñame la carta que llevas encima, donde tienes apuntadas las palabras de Joshuá. <br />
Leví miró a Pilatos con odio y sonrió con una expresión tan hostil que su cara se desfiguró por completo. <br />
—¿Me la quieres quitar? <br />
—No te he dicho dámela, sino enséñamela. <br />
Leví metió la mano por la camisa y sacó un rollo de pergamino. Pilatos lo cogió, lo desenrolló, colocándolo entre las luces, y empezó a estudiar los signos poco legibles. Era difícil descifrar aquellas líneas mal hechas y Pilatos arrugaba la cara, se <br />
inclinaba sobre el pergamino y pasaba el dedo por lo escrito. Consiguió entender que se trataba de una cadena de frases sin ilación alguna; fechas, compras anotadas y trozos poéticos. Algo pudo leer: «... la  muerte no existe... ayer comimos brevas <br />
dulces de primavera...». </p>
	<p>Haciendo muecas por el esfuerzo, Pilatos  leía fijando la vista:«... veremos el agua limpia del río de la vida... la humanidad mirará al sol a través de un cristal transparente...». Aquí Pilatos se estremeció. En las últimas líneas del pergamino <br />
pudo leer:«... el defecto mayor... la cobardía...». <br />
Pilatos enrolló el pergamino y con un gesto brusco se lo dio a Leví. <br />
—Toma —dijo, y después de un silencio añadió—: Veo que eres un hombre letrado y no tienes por qué andar solo, vestido como un mendigo, sin casa. En Cesarea tengo una gran biblioteca, soy muy rico y quiero que trabajes para mí. Tu <br />
trabajo sería examinar y guardar los papiros y tendrías suficiente para comer y vestir. <br />
Leví se levantó y contestó: <br />
—No, no quiero. <br />
—¿Por qué? —preguntó el procurador cambiando de cara—. ¿Te soy desagradable..., me tienes miedo? <br />
La misma sonrisa hostil desfiguró el rostro de Leví. Dijo: <br />
—No, porque tú me tendrás miedo. No te será fácil mirarme a la cara después de haberlo matado. <br />
—Cállate —contestó Pilatos—, acepta este dinero. <br />
Leví movió la cabeza, rechazándolo, y el procurador siguió hablando: <br />
—Sé que te crees discípulo de Joshuá, pero no has asimilado nada de lo que él te enseñó. Porque si fuera así, hubieras aceptado algo de mí. Ten en cuenta que él dijo antes de morir que no culpaba a nadie. —Pilatos levantó un dedo con aire <br />
significativo. Su cara se convulsionaba con un tic—. Es seguro que hubiera aceptado algo. Eres cruel y él no lo era. ¿Adónde vas a ir? <br />
De pronto Leví se acercó a la mesa,  se apoyó en ella con las dos manos y mirando al procurador, con los ojos ardientes, dijo: <br />
—Quiero decirte, procurador, que voy a  matar a un hombre en Jershalaím. <br />
Quiero decírtelo para que sepas que todavía habrá sangre. <br />
—Ya sé que la habrá —respondió Pilatos—, no me has sorprendido con tus palabras. Naturalmente, ¿querrás matarme a mí? <br />
—No conseguiría matarte —contestó  Leví con una sonrisa, enseñando los dientes—, no soy tan tonto como para pensar en eso. Pero voy a matar a Judas de Kerioth y dedicaré a ello el resto de mi vida. <br />
Los ojos del procurador se llenaron de placer y, haciendo un gesto con el dedo, para que Leví Mateo se acercara, le dijo: <br />
—Eso ya no puedes hacerlo, no te molestes. Esta noche ya han matado a Judas.</p>
	<p>Leví dio un salto, apartándose de la mesa, y mirando alrededor con los ojos enloquecidos, gritó: <br />
—¿Quién lo ha hecho? <br />
—No seas celoso —sonrió Pilatos, y se frotó las manos—, me temo que tenía otros admiradores aparte de ti. <br />
—¿Quién lo ha hecho? —repitió Leví en un susurro. <br />
Pilatos le contestó: <br />
—Lo he hecho yo. <br />
Leví abrió la boca y se quedó mirando al procurador, que dijo en voz baja: <br />
—Desde luego, no ha sido mucho, pero lo hice yo —y añadió—: bueno, y ahora ¿aceptarás algo? <br />
Leví se quedó pensativo, se ablandó y dijo: <br />
—Ordena que me den un trozo de pergamino limpio. <br />
Pasó una hora. Leví ya no estaba en el palacio. Sólo el ruido suave de los pasos de los centinelas en el jardín interrumpía el silencio del amanecer. La luna palidecía, y en el otro extremo del cielo apareció  la mancha blanca de una estrella. Hacía <br />
tiempo que se habían apagado los candiles. El procurador estaba acostado. Dormía con una mano bajo la mejilla y respiraba silenciosamente. A su lado dormía Bangá. </p>
	<p>Así recibió el amanecer del quince del mes Nisán el quinto procurador de Judea, Poncio Pilatos.</p>
	<div style="text-align: right"><b>Mijaíl A. Bulgákov</b></div>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/BANGA" rel="tag">BANGA</a>, <a href="http://technorati.com/tag/ABADON" rel="tag">ABADON</a>, <a href="http://technorati.com/tag/GA-NOZRI" rel="tag">GA-NOZRI</a>, ]]></description>
 <category>Geek</category>
<comments>http://bipedosdepredadores.comindex.php?itemid=1783</comments>
 <pubDate>Sun, 20 Jan 2013 09:44:37 -0600</pubDate>
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 <title>Ga-Nozri y Pilatos #kantoborgy</title>
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<description><![CDATA[	<p>Con manto blanco forrado de rojo sangre, arrastrando los pies como hacen todos los jinetes, apareció a primera hora de la mañana del día catorce del mes primaveral Nisán, en la columnata cubierta que unía las dos alas del palacio de Herodes el Grande, el quinto procurador de Judea, Poncio Pilatos. <br />
El procurador odiaba más que nada en este mundo el olor a aceite de rosas, y hoy todo anunciaba un mal día, porque ese olor había empezado a perseguirle desde el amanecer. <br />
Le parecía que los cipreses y las palmeras del jardín exhalaban el olor a rosas, y que el olor a cuero de las guarniciones y el sudor de la escolta se mezclaba con aquel maldito efluvio. <br />
Por la glorieta superior del jardín llegaba a la columnata una leve humareda que procedía de las alas posteriores del palacio, donde se había instalado la primera cohorte de la duodécima legión Fulminante, que había llegado a Jershalaím con el procurador. El humo amargo que indicaba que los rancheros de las centurias empezaban a preparar la comida se unía también al grasiento olor a rosas. <br />
«¡Oh dioses, dioses! ¿Por qué este castigo?… Sí, no hay duda, es ella, ella de nuevo, la enfermedad terrible, invencible… la hemicránea, cuando duele la mitad de la cabeza, no hay remedio, no se cura con nada… Trataré de no mover la cabeza…» <br />
Sobre el suelo de mosaico, junto a la fuente, estaba preparado un sillón; y el procurador, sin mirar a nadie, tomó asiento y alargó una mano en la que el secretario puso respetuosamente un trozo de pergamino. Sin poder contener una mueca de dolor, el procurador echó una ojeada sobre lo escrito, devolvió el pergamino y dijo con dificultad <br />
—¿El acusado es de Galilea? ¿Han enviado el asunto al tetrarca? <br />
— Sí, procurador — respondió el secretario. <br />
—¿Qué dice? <br />
— Se ha negado a dar su veredicto sobre este caso y ha mandado la sentencia de muerte del Sanedrín para su confirmación — explicó el secretario. <br />
Una convulsión desfiguró la cara del procurador. Dijo en voz baja: <br />
— Que traigan al acusado. </p>
	<p>Dos legionarios condujeron de la glorieta del jardín al balcón y colocaron ante el procurador a un hombre de unos veintisiete años. El hombre vestía una túnica vieja y rota, azul pálida. Le cubría la cabeza una banda blanca, sujeta por un trozo de cuero que le atravesaba la frente. Llevaba las manos atadas a la espalda. Bajo el ojo izquierdo el hombre tenía una gran moradura, y junto a la boca un arañazo con la sangre ya seca. Mi-raba al procurador con inquieta curiosidad. <br />
Éste permaneció callado un instante y luego dijo en arameo: <br />
—¿Tú has incitado al pueblo a que destruya el templo de Jershalaím? <br />
El procurador parecía de piedra, y al hablar apenas se movían sus labios. El procurador estaba como de piedra, porque temía hacer algún movimiento con la cabeza, que le ardía produciéndole un dolor infernal. <br />
El hombre de las manos atadas dio un paso adelante y empezó a hablar: <br />
—¡Buen hombre! Créeme… <br />
El procurador le interrumpió, sin moverse y sin levantar la voz: —¿Me llamas a mí buen hombre? Te equivocas. En todo Jershalaím se dice que soy un monstruo espantoso y es la pura verdad — y añadió con voz monótona—: Que venga el centurión Matarratas.
</p>
	<p>
El balcón pareció oscurecerse de repente cuando se presentó ante el procurador el centurión de la primera centuria Marco, apodado Matarratas. <br />
Matarratas medía una cabeza más que el soldado más alto de la legión, y era tan ancho de hombros que tapaba por completo el sol todavía bajo. <br />
El procurador se dirigió al centurión en latín: <br />
— El reo me ha llamado «buen hombre». Llévatelo de aquí un momento y explícale cómo hay que hablar conmigo. Pero sin mutilarle. <br />
Y todos, excepto el procurador, siguieron con la mirada a Marco Matarratas, que hizo al arrestado una seña con la mano para indicarle que le siguiera. A Matarratas, siempre que aparecía, le seguían todos con la mirada por su estatura, y también los que le veían por primera vez, porque su cara estaba desfigurada por el golpe de una maza germana le había roto la nariz. <br />
Sonaron las botas pesadas de Marco en el mosaico, el hombre atado le siguió sin hacer ruido; en la columnata se hizo el silencio, y se oía el arrullo de las palomas en la glorieta del jardín y la canción complicada y agradable del agua de la fuente. <br />
El procurador hubiera querido levantarse, poner la sien bajo el chorro y permanecer así un buen rato. Pero sabía que tampoco eso le serviría de nada. <br />
Después de conducir al detenido al jardín, fuera de la columnata, Matarratas cogió el látigo de un legionario que estaba al pie de una estatua de bronce y le dio un golpe al arrestado en los hombros. El movimiento del centurión pareció ligero e indolente, pero el hombre atado se derrumbó al suelo como si le hubieran cortado las piernas; pareció ahogarse con el aire, su rostro perdió el color y los ojos la expresión. <br />
Marco, con la mano izquierda, levantó sin esfuerzo, como si se tratara de un saco vacío, al que acababa de caer; lo puso en pie y habló con voz gangosa, articulando con esfuerzo las palabras arameas: <br />
— Al procurador romano se le llama hegémono. Otras palabras no se dicen. Se está firme. ¿Me has comprendido o te pego otra vez? <br />
El detenido se tambaleó, pero pudo dominarse, le volvió el color, recobró la respiración y respondió con voz ronca: <br />
— Te he comprendido. No me pegues. <br />
En seguida volvió ante el procurador. <br />
Se oyó una voz apagada y enferma: <br />
—¿Nombre? <br />
—¿El mío? — preguntó de prisa el detenido, descubriendo con su expresión que estaba dispuesto a contestar sin provocar la ira. El procurador dijo por lo bajo: <br />
— Sé mi nombre. No quieras hacerte más tonto de lo que eres. El tuyo. <br />
— Joshuá —respondió el arrestado rápidamente. — ¿Tienes apodo? <br />
— Ga-Nozri.<br />
—¿De dónde eres? <br />
— De la ciudad de Gamala — contestó el detenido haciendo un gesto con la cabeza, como queriendo decir que allí lejos, al norte, a su derecha, estaba la ciudad de Gamala. <br />
—¿Qué sangre tienes? <br />
— No lo sé seguro — contestó con vivacidad el acusado—. No recuerdo a mis padres. Me decían que mi padre era sirio…<br />
 — ¿Dónde vives? — No tengo domicilio fijo — respondió el detenido tímidamente—; viajo de una ciudad a otra. <br />
— Esto se puede decir con una sola palabra: eres un vagabundo — dijo el procurador—. ¿Tienes parientes? <br />
— No tengo a nadie. Estoy solo en el mundo. <br />
— ¿Sabes leer? — Sí. —¿Conoces otro idioma aparte del arameo? — Sí, el griego. <br />
Un párpado hinchado se levantó, y el ojo, cubierto por una nube de dolor, miró fijamente al detenido; el otro ojo permaneció cerrado. Pilatos habló en griego: <br />
—¿Eres tú quien quería destruir el templo e incitaba al pueblo a que lo hiciera?<br />
El detenido se animó de nuevo, sus ojos ya no expresaban miedo. Siguió hablando en griego: <br />
—Yo, buen… — el terror pasó por la mirada del hombre, porque de nuevo había estado a punto de confundirse—. Yo, hegémono, jamás he pensado destruir el templo y no he incitado a nadie a esa absurda acción. <br />
La cara del secretario que escribía las declaraciones encorvándose sobre una mesa baja, se llenó de asombro. Levantó la cabeza pero en seguida volvió a inclinarse sobre el pergamino. <br />
— Mucha gente y muy distinta se reúne en esta ciudad para la fiesta. <br />
Entre ellos hay magos, astrólogos, adivinos y asesinos — decía el procurador con voz monótona—. También se encuentran mentirosos. Tú, por ejemplo, eres un mentiroso. Está escrito: incitó a destruir el templo. Lo atestigua la gente. <br />
— Estos buenos hombres — dijo el detenido, y añadió apresuradamente—, hegémono, nunca han estudiado nada y no han comprendido lo que yo decía. Empiezo a temer que esta confusión va a durar mucho tiempo. Y todo porque él no apunta correctamente lo que yo digo. <br />
Hubo un silencio. Ahora los dos ojos del procurador miraban pesadamente al detenido. <br />
— Te repito y ya por última vez, que dejes de hacerte el loco, bandido — pronunció Pilatos con voz suave y monótona—. Sobre ti no hay demasiadas cosas escritas, pero suficientes para que te ahorquen. <br />
— No, no, hegémono — dijo el detenido todo tenso en su deseo de convencer—, hay uno que me sigue con un pergamino de cabra y escribe sin pensar. Una vez miré lo que escribía y me horroricé. No he dicho absolutamente nada de lo que ha escrito. Le rogué que quemara el pergamino, pero me lo arrancó de las manos y escapó. <br />
—¿Quién es? — preguntó Pilatos con asco y se tocó una sien con la mano. <br />
— Leví Mateo — explicó el detenido con disposición—. Fue recaudador de contribuciones y me lo encontré por primera vez en un camino, en Bethphage, donde sale en ángulo una higuera, y nos pusimos a hablar. Primero me trató con hostilidad, incluso me insultó, mejor dicho, pensó que me insultaba llamándome perro — el detenido sonrió—. No veo nada malo en ese animal como para sentirse ofendido con su nombre. <br />
El secretario dejó de escribir y miró con disimulo, pero no al detenido, sino al procurador. </p>
	<p>— …Sin embargo, después de escucharme, empezó a ablandarse — seguía Joshuá—, por su bien tiró el dinero al camino y dijo que iría a viajar conmigo… Pilatos sonrió con un carrillo, descubriendo sus dientes amarillos y, volviendo todo su cuerpo hacia el secretario, dijo: <br />
—¡Oh, ciudad de Jershalaím! ¡Lo que no se pueda oír aquí! Le oye, ¡un recaudador de contribuciones que tira el dinero al camino! No sabiendo qué contestar, el secretario creyó oportuno imitar la sonrisa del procurador. <br />
— Dijo que desde ese momento odiaba el dinero — explicó Joshuá la extraña actitud de Leví Mateo y añadió—: Desde entonces me acompaña. Sin dejar de sonreír el procurador miró al detenido, luego al sol que subía implacable por las estatuas ecuestres del hipódromo que estaba lejos, a la derecha, y de pronto pensó con dolorosa angustia que lo más sencillo sería echar del balcón al extraño bandido, pronunciando sólo tres palabras: «Que le ahorquen». También podría echar a la escolta, marcharse de la columnata al interior del palacio, ordenar que oscurecieran las ventanas. Tenderse en el triclinio, pedir agua fría, llamar con voz de queja a su perro Bangá y contarle lo de la hemicránea. Y de pronto, la idea del veneno pasó por la cabeza enferma del procurador, seduciéndole. Miraba con ojos turbios al detenido y permanecía callado; le costaba trabajo recordar por qué estaba delante de él, bajo el implacable sol de Jershalaím, un hombre con la cara desfiguradapor los golpes, y qué inútiles preguntas tendría que hacerle todavía. <br />
—¿Leví Mateo? — preguntó el enfermo con voz ronca y cerró los ojos. <br />
— Sí, Leví Mateo — le llegó a los oídos la voz aguda que le estaba atormentando. <br />
— Pero ¿qué decías a la gente en el mercado? <br />
La voz que contestaba parecía pincharle la sien a Pilatos, le causaba dolor. Esa voz decía: <br />
— Decía, hegémono, que el templo de la antigua fe iba a derrumbarse y que surgiría el templo nuevo de la verdad. Lo dije de esta manera para que me comprendieran mejor. <br />
—¿Vagabundo, por qué confundías al pueblo en el mercado, hablando de la verdad, de la que no tienes ni idea? ¿Qué es la verdad? El procurador pensó: «¡Oh, dioses! Le estoy preguntando cosas que no son necesarias en un juicio… Mi inteligencia ya no me sirve». Y de nuevo le pareció ver una copa con un líquido oscuro. «Quiero envenenarme»… <br />
Otra vez se oyó la voz: <br />
— La verdad está, en primer lugar, en que te duele la cabeza y te duele tanto, que cobardemente piensas en la muerte. No sólo no tienes fuerzas para hablar conmigo, sino que te cuesta trabajo mirarme. Y ahora, involuntariamente, soy tu verdugo y esto me disgusta mucho. Ni siquiera eres capaz de pensar en algo y lo único que deseas es que venga tu perro, que es, por lo visto, el único ser al que tienes cariño. Pero tu tormento se acabará pronto, se te pasará el dolor de cabeza. <br />
El secretario, sorprendido, se quedó mirando al detenido y no terminó de escribir una palabra. </p>
	<p>Pilatos levantó los ojos de dolor hacia el detenido y vio el sol, bastante alto ya, sobre el hipódromo. Un rayo había penetrado en la columnata y se acercaba a las sandalias gastadas de Joshuá, que se apartaba del sol. <br />
Entonces el procurador se levantó del sillón, se apretó la cabeza con las manos y su cara afeitada y amarillenta se llenó de terror. Pudo aplastarlo con un esfuerzo de voluntad y se sentó de nuevo. <br />
El detenido seguía su discurso. El secretario ya no escribía, con el cuello estirado como un ganso trataba de no perder una palabra. <br />
— Ya ves, todo ha terminado — dijo el detenido, mirando a Pilatos con benevolencia—. Me alegro mucho. Te aconsejaría, hegémono, que abandonaras el palacio y fueras a dar un paseo a pie por los alrededores, por los jardines del monte El-Elión. La tormenta empezará… —el detenido se volvió mirando al sol con los ojos entornados— más tarde, al anochecer. El paseo te haría bien y yo te acompañaría con mucho gusto. Tengo unas ideas nuevas que creo que podrían interesarte; estoy dispuesto a exponértelas porque tengo la impresión de que eres una persona inteligente — el secretario se puso pálido como un muerto y dejó caer el rollo de pergamino. El detenido continuó hablando sin que le interrumpiera nadie—. Lo malo es que vives demasiado aislado y has perdido definitivamente la fe en los hombres. Reconoce que es insuficiente concentrar todo el cariño en un perro. Tu vida es pobre, hegémono — y el hombre se permitió esbozar una sonrisa. <br />
El secretario pensaba si debía o no dar crédito a sus oídos. Pero parecía ser cierto. Trató de imaginarse qué forma concreta adquiriría la ira del impulsivo procurador tras oír tan inaudita impertinencia. No consiguió hacerse idea, aunque le conocía bien. <br />
Se oyó entonces la voz cascada y ronca del procurador, que dijo en latín: <br />
— Que le desaten las manos. <br />
Un legionario de la escolta dio un golpe con la lanza, se la pasó a otro, se acercó y desató las cuerdas del preso. El secretario levantó el rollo; había decidido no escribir y no asombrarse por nada. <br />
— Confiesa — dijo Pilatos en griego, bajando la voz—, ¿eres un gran médico? <br />
— No, procurador, no soy médico — respondió el preso, frotándose con gusto las muñecas hinchadas y enrojecidas. <br />
Pilatos miraba al preso de reojo. Le atravesaba con los ojos que ya no eran turbios, que habían recobrado las chispas de siempre. <br />
— No te lo he preguntado — dijo Pilatos—, pero puede que conozcas el latín, ¿no? <br />
— Sí, lo conozco — contestó el preso. <br />
Las amarillentas mejillas de Pilatos se cubrieron de color y preguntó en latín: <br />
—¿Cómo supiste que yo quería llamar al perro? <br />
— Es muy fácil — contestó el detenido en latín—: movías la mano en el aire — el preso imitó el gesto de Pilatos— como si quisieras acariciarle, y los labios… <br />
— Sí-dijo Pilatos. <br />
Hubo un silencio. Luego Pilatos preguntó en griego: —Entonces, ¿eres médico? <br />
— No, no — dijo vivamente el detenido—; créeme, no soy médico. <br />
— Bien, si quieres guardarlo en secreto, hazlo así. Esto no tiene nada que ver con el asunto que nos ocupa. ¿Aseguras que no has instigado a que derriben… o quemen, o destruyan el templo de alguna otra manera? <br />
— Repito, hegémono, que no he provocado a nadie a hacer esas cosas. <br />
¿Acaso parezco un loco? <br />
— Oh, no, no pareces loco — contestó el procurador en voz baja, y sonrió con mordaz expresión—. Jura que no lo has hecho. <br />
—¿Por qué quieres que jure? — se animó el preso. <br />
— Aunque sea por tu vida — contestó el procurador—. Es el mejor momento, porque, para que lo sepas, tu vida pende de un hilo. <br />
—¿No pensarás que tú la has colgado, hegémono? — preguntó el preso—. Si es así, estás muy equivocado. <br />
Pilatos se estremeció, y respondió entre dientes: <br />
— Yo puedo cortar ese hilito. <br />
— También en eso estás equivocado — contestó el preso, iluminándose con una sonrisa, mientras se protegía la cara del sol—. ¿Reconocerás que sólo aquel que lo ha colgado puede cortar ese hilo? <br />
— Ya, ya — dijo Pilatos, sonriente—. Ahora estoy seguro de que los ociosos mirones de Jershalaím te seguían los pasos. No sé quién te habrá colgado la lengua, pero lo ha hecho muy bien. A propósito, ¿es cierto que has entrado en Jershalaím por la Puerta de Susa, montando un burro y acompañado por un tropel de la plebe, que te aclamaba como a un profeta? — el procurador señaló el rollo de pergamino. El preso miró sorprendido al procurador. <br />
— Si no tengo ningún burro, hegémono. Es verdad, entré en Jershalaím por la Puerta de Susa, pero a pie y acompañado por Leví Mateo solamente, y nadie me gritó, porque entonces nadie me conocía en Jershalaím. <br />
—¿No conoces a éstos — seguía Pilatos sin apartar la vista del preso—: a un tal Dismás, a otro Gestas y a un tercero Bar-Rabbán? <br />
— A esos buenos hombres no les conozco — contestó el detenido. <br />
—¿Seguro? <br />
— Seguro. <br />
— Ahora, dime: ¿por qué siempre utilizas eso de «buenos hombres»? <br />
¿Es que a todos les llamas así? <br />
—Sí, a todos — contestó el preso—. No hay hombres malos en la tierra. <br />
— Es la primera vez que lo oigo — dijo Pilatos, sonriendo—. ¡Puede ser que no conozca suficientemente la vida! Deje de escribir — dijo, volviéndose hacia el secretario, que había dejado de hacerlo hacia tiempo, y se dirigió de nuevo al preso: <br />
—¿Has leído algo de eso en un libro griego? <br />
— No, he llegado a ello por mí mismo. <br />
—¿Y lo predicas? <br />
— Sí. <br />
— Y el centurión Marco, llamado Matarratas, ¿también es bueno? <br />
— Sí —contestó el preso—; pero es un hombre desgraciado. Desde que unos buenos hombres le desfiguraron la cara, se hizo duro y cruel. Me gustaría saber quién se lo hizo. <br />
— Yo te lo puedo explicar con mucho gusto — contestó Pilatos—, porque fui testigo. Los buenos hombres se echaron sobre él como perros sobre un oso. Los germanos le sujetaron por el cuello, los brazos y las piernas. El manípulo de infantería fue cercado, y de no haber sido por la turma de caballería que yo dirigía, que atacó por el flanco, tú, fillósofo, no podrías hablar ahora con Matarratas. Eso sucedió en la batalla de Idistaviso, en el Valle de las Doncellas. <br />
— Si yo pudiera hablar con él — dijo de pronto el detenido con aire soñador—, estoy seguro que cambiaría completamente. <br />
— Me parece — respondió Pilatos— que le haría muy poca gracia al legado de la legión que tú hablaras con alguno de sus oficiales o soldados. Pero, afortunadamente, eso no va a suceder, porque el primero que se encargará de impedirlo seré yo. <br />
En ese momento una golondrina penetró en la columnata volando con rapidez, hizo un círculo bajo el techo dorado, casi rozó con sus alas puntiagudas el rostro de una estatua de cobre en un nicho y desapareció tras el capitel de una columna. Es posible que se le hubiera ocurrido hacer allí su nido. <br />
Durante el vuelo de la golondrina, en la cabeza del procurador, ahora lúcida y sin confusión, se había formado el esquema de la actitud a seguir. El hegémono, estudiado el caso de Joshuá, el filósofo errante apodado Ga-Nozri, no había descubierto motivo de delito. No halló, por ejemplo, ninguna relación entre las acciones de Joshuá y las revueltas que habían tenido lugar en Jershalaím. El filósofo errante había resultado ser un enfermo mental y por ello el procurador no aprobaba la sentencia de muerte que pronunciara el Pequeño Sanedrín. Pero teniendo en cuenta que los discursos irrazonables y utópicos de Ga-Nozri podían ocasionar disturbios en Jershalaím, lo recluiría en Cesarea de Estratón, en el mar Mediterráneo, es decir, donde el procurador tenía su residencia. Sólo quedaba dictárselo al secretario. <br />
Las alas de la golondrina resoplaron sobre la cabeza del hegémono, el pájaro se lanzó hacia la fuente y salió volando. El procurador levantó la mirada hacia el preso y vio que un remolino de polvo se había levantado a su lado. <br />
—¿Eso es todo sobre él? — preguntó Pilatos al secretario. <br />
— No, desgraciadamente — dijo el secretario.<br />
—¿Qué más? — preguntó Pilatos frunciendo el entrecejo. <br />
Al leer lo que acababa de recibir cambió su expresión. Fue la sangre que fluyó a la cara y al cuello, o fue algo más, pero su piel perdió el matiz amarillento, se puso oscura y los ojos parecieron hundírsele en las cuencas. <br />
Seguramente era cosa de la sangre que le golpeaba las sienes, pero el procurador sintió que se le turbaba la vista. Le pareció que la cabeza del preso se borraba y en su lugar aparecía otra. Una cabeza calva que tenía una corona de oro, de dientes separados. En la frente, una llaga redonda, cubierta de pomada, le quemaba la piel. Una boca hundida, sin dientes, con el labio inferior colgando. <br />
Le pareció a Pilatos que se borraban las columnas rosas del balcón y los tejados de Jershalaím, que se veían abajo, detrás del parque, y que todo se cubría del verde espeso de los jardines de Caprea. También le sucedió algo extraño con el oído: percibió el ruido lejano y amenazador de las trompetas y una voz nasal que estiraba con arrogancia las palabras: «La ley sobre el insulto de la majestad…». </p>
	<p>Atravesaron su mente una serie de ideas breves, incoherentes y extrañas: «¡Perdido!». Luego: «¡Perdidos!». Y otra completamente absurda, sobre la inmortalidad; y aquella inmortalidad le producía una angustia tremenda. <br />
Pilatos hizo un esfuerzo, se desembarazó de aquella visión, volvió con la vista al balcón y de nuevo se enfrentó con los ojos del preso. <br />
— Oye, Ga-Nozri — habló el procurador mirando a Joshuá de manera extraña: su cara era cruel, pero sus ojos expresaban inquietud—, ¿has dicho algo sobre el gran César? ¡Contesta! ¿Has dicho? ¿O… no… lo has dicho? — Pilatos estiró la palabra «no» algo más de lo que se suele hacer en un juicio, e intentó transmitir con la mirada una idea a Joshuá. <br />
— Es fácil y agradable decir la verdad — contestó el preso. <br />
— No quiero saber — contestó Pilatos con una voz ahogada y dura— si te resulta agradable o no decir la verdad. Tendrás que decirla. Pero cuando la digas, piensa bien cada palabra, si no deseas la muerte, que sería dolorosa. <br />
Nadie sabe qué le ocurrió al procurador de Judea, pero se permitió levantar la mano como protegiéndose del sol, y por debajo de la mano, como si fuera un escudo, dirigió al preso una mirada insinuante. <br />
— Bien — decía—, contéstame: ¿conoces a un tal Judas de Kerioth y qué le has dicho, si es que le has dicho algo, sobre el César? <br />
— Fue así —explicó el preso con disposición—: Anteanoche conocí junto al templo a un joven que dijo ser Judas, de la ciudad de Kerioth. Me invitó a su casa en la Ciudad Baja, y me convidó… <br />
—¿Un buen hombre? — preguntó Pilatos, y un fuego diabólico brilló en sus ojos. <br />
— Es un hombre muy bueno y curioso — afirmó el preso—. Manifestó un gran interés hacia mis ideas y me recibió muy amablemente… <br />
— Encendió los candiles… — dijo el procurador entre dientes, imitando el tono del preso, mientras sus ojos brillaban. <br />
— Sí —siguió Joshuá, algo sorprendido por lo bien informado que estaba el procurador—; solicitó mi opinión sobre el poder político. Esta cuestión le interesaba especialmente. <br />
— Entonces, ¿qué dijiste? — preguntó Pilatos—. ¿O me vas a contestar que has olvidado tus palabras? -pero el tono de Pilatos no expresaba ya esperanza alguna. <br />
— Dije, entre otras cosas — contaba el preso—, que cualquier poder es un acto de violencia contra el hombre y que llegará un día en el que no existirá ni el poder de los césares ni ningún otro. El hombre formará parte del reino de la verdad y la justicia, donde no es necesario ningún poder. — ¡Sigue! <br />
— Después no dije nada — concluyó el preso—. Llegaron unos hombres, me ataron y me llevaron a la cárcel. <br />
El secretario, tratando de no perder una palabra, escribía en el pergamino. <br />
—¡En el mundo no hubo, no hay y no habrá nunca un poder más grande y mejor para el hombre que el poder del emperador Tiberio! — la voz cortada y enferma de Pilatos creció. El procurador miraba con odio al secretario y a la escolta. <br />
—¡Y no serás tú, loco delirante, quien hable de él! — Pilatos gritó—: ¡Que se vaya la escolta del balcón! — Y añadió, volviéndose hacia el secretario—: ¡Déjame solo con el detenido, es un asunto de Estado! <br />
La escolta levantó las lanzas, sonaron los pasos rítmicos de sus cáligas con herraduras, y salió al jardín; el secretario les siguió. <br />
Durante unos instantes el silencio en el balcón se interrumpía solamente por la canción del agua en la fuente. Pilatos observaba cómo crecía el plato de agua, cómo rebosaban sus bordes, para derramarse en forma de charcos. <br />
El primero en hablar fue el preso. <br />
— Veo que algo malo ha sucedido porque yo hablara con ese joven de Kerioth. Tengo el presentimiento, hegémono, de que le va a suceder algún  infortunio y siento lástima por él. <br />
— Me parece — dijo el procurador con sonrisa extraña— que hay alguien por quien deberías sentir mucha más lástima que por Judas de Kerioth; ¡alguien que lo va a pasar mucho peor que Judas!… Entonces, Marco Matarratas, el verdugo frío y convencido, los hombres, que según veo — el procurador señaló la cara desfigurada de Joshuá— te han pegado por tus predicaciones, los bandidos Dismás y Gestas que mataron con sus secuaces a cuatro soldados, el sucio traidor Judas, ¿todos son buenos hombres? <br />
— Sí —respondió el preso. <br />
—¿Y llegará el reino de la verdad? <br />
— Llegará, hegémono — contestó Joshuá convencido. <br />
—¡No llegará nunca! — gritó de pronto Pilatos con una voz tan tremenda, que Joshuá se echó hacia atrás. Así gritaba Pilatos a sus soldados en el Valle de las Doncellas hacía muchos años: «¡Destrozadles! ¡Han cogido al Gigante Matarratas!». Alzó más su voz ronca de soldado y gritó para que le oyeran en el jardín: —¡Delincuente! ¡Delincuente! — luego, en voz baja, preguntó—: Joshuá Ga-Nozri, ¿crees en algunos dioses? <br />
— Hay un Dios — contestó Joshuá— y creo en Él.</p>
	<p>— Entonces, ¡rézale! ¡Rézale todo lo que puedas! Aunque… — la voz de Pilatos se cortó— esto tampoco ayudará. ¿Tienes mujer? — preguntó angustiado, sin comprender lo que le ocurría. <br />
— No; estoy solo. — Odiosa ciudad… — murmuró el procurador; movió los hombros como si tuviera frío y se frotó las manos como lavándoselas—. Si te hubieran matado antes de tu encuentro con Judas de Kerioth hubiera sido mucho mejor. <br />
—¿Por qué no me dejas libre, hegémono? — pidió de pronto el preso con ansiedad—. Me parece que quieren matarme. <br />
Pilatos cambió de cara y miró a Joshuá con ojos irritados y enrojecidos. <br />
—¿Tú crees, desdichado, que un procurador romano puede soltar a un hombre que dice las cosas que acabas de decir? ¡Oh, dioses! ¿O te imaginas que quiero encontrarme en tu lugar? ¡No comparto tus ideas! Escucha: si desde este momento pronuncias una sola palabra o te pones al habla con alguien, ¡guárdate de mí! Te lo repito: ¡guárdate! <br />
—¡Hegémono…! <br />
—¡A callar! — exclamó Pilatos, y con una mirada furiosa siguió a la golondrina que entró de nuevo en el balcón—. ¡Que vengan! — gritó. <br />
Cuando el secretario y la escolta volvieron a su sitio, Pilatos anunció que aprobaba la sentencia de muerte del delincuente Joshuá Ga-Nozri, pronunciada por el Pequeño Sanedrín, y el secretario apuntó las palabras de Pilatos. <br />
Inmediatamente Marco Matarratas se presentó ante Pilatos. El procurador le ordenó que entregara al preso al jefe del servicio secreto y que le transmitiera la orden de que Ga-Nozri tenía que estar separado del resto de los condenados, y que a todos los soldados del servicio secreto se les prohibiera bajo castigo severísimo que hablaran con Joshuá o contestaran a sus preguntas. <br />
Obedeciendo la señal de Marco, la escolta rodeó a Joshuá y se lo llevaron del balcón. <br />
Después llegó un hombre bien parecido, de barba rubia, con plumas de águila en el morrión, doradas y relucientes cabezas de león en el pecho, cubierto de chapas de oro el cinto de la espada, sandalias de suela triple con las cintas hasta la rodilla y un manto rojo echado sobre el hombro izquierdo. Era el legado que dirigía la legión. <br />
El procurador le preguntó dónde se encontraba en aquel momento la cohorte de Sebástica. El legado comunicó que la cohorte había cercado la plaza delante del hipódromo, donde sería anunciada al pueblo la sentencia de los delincuentes. <br />
El procurador dispuso que el legado destacara dos centurias de la cohorte romana. Una de ellas, dirigida por Matarratas, tendría que escoltar a los condenados, los carros con los utensilios para la ejecución y a los verdugos, en el viaje al monte Calvario, y una vez allí entrar en el cerco de arriba. Otra cohorte tenía que ser enviada inmediatamente al Calvario y formar el cerco. Con el mismo objeto, es decir, para guardar el monte, el procurador pidió al legado que destacase un regimiento de caballería auxiliar: el ala siria. <br />
Cuando el legado abandonó el balcón, el procurador ordenó al secretario que invitara al palacio al presidente del Sanedrín, a dos miembros del mismo y al jefe del servicio del templo de Jershalaím, pero añadió que le gustaría que la entrevista con ellos fuera concertada de tal manera que previamente tuviera la posibilidad de hablar a solas con el presidente. <br />
La orden del procurador fue cumplida con rapidez y precisión, y el sol, que aquellos días abrasaba Jershalaím con un furor especial, no había llegado aún a su punto más alto, cuando en la terraza superior del jardín, entre dos elefantes de mármol blanco que guardaban la escalera, se encontraron el procurador y el que desempeñaba el cargo de presidente del Sanedrín, el gran sacerdote de Judea José Caifás. El jardín estaba en silencio. Pero al salir de la columnata a la soleada glorieta superior entre las palmeras — monstruosas patas de elefante—, el procurador vio todo el panorama del tan odiado Jershalaím: sus puentes colgantes, fortalezas y, lo más importante, un montón de mármol, imposible de describir, cubierto de escamas doradas de dragón en lugar de tejado — el templo de Jershalaím—. El procurador pudo percibir con su fino oído muy lejos, allí abajo, donde una muralla de piedra separaba las terrazas inferiores del jardín de la plaza de la ciudad, un murmullo sordo, sobre el que de vez en cuando se alzaban gritos o gemidos agudos. <br />
El procurador comprendió que allá en la plaza se había reunido una enorme multitud, alborotada por las últimas revueltas de Jershalaím, que esperaba con impaciencia el veredicto. Los gritos provenían de los desasosegados vendedores de agua. <br />
El procurador empezó por invitar al gran sacerdote al balcón, para resguardarse del calor implacable, pero Caifás se excusó con delicadeza, explicando que no podía hacerlo en vísperas de la fiesta. Pilatos cubrió su escasa cabellera con un capuchón e inició la conversación, que transcurrió en griego. <br />
Pilatos dijo que había estudiado el caso de Joshuá Ga-Nozri y que aprobaba la sentencia de muerte. <br />
Tres delincuentes estaban sentenciados a muerte y debían ser ejecutados en este mismo día: Dismás, Gestas y Bar-Rabbán, y además ese Joshuá Ga-Nozri. Los dos primeros intentaron incitar al pueblo a un levantamiento contra el César, habían sido prendidos por los soldados romanos y eran de la incumbencia del procurador; por consiguiente, no había lugar a discusión. Los dos últimos, Bar-Rabbán y Ga-Nozri, habían sido detenidos por las fuerzas locales y condenados por el Sanedrín. De acuerdo con la ley y de acuerdo con la costumbre, uno de estos dos delincuentes tenía que ser liberado en honor a la gran fiesta de Pascua que empezaba aquel día. Por eso el procurador deseaba saber a quién de los dos delincuentes quería dejar en libertad el Sanedrín, a Bar-Rabbán o a Ga-Nozri. Caifás inclinó la cabeza indicando que la pregunta había sido com prendida, y contestó: <br />
— El Sanedrín pide que se libere a Bar-Rabbán <br />
El procurador sabía perfectamente cuál iba a ser la respuesta del gran sacerdote, pero quería dar a entender que aquella contestación provocaba su asombro. <br />
Lo hizo con mucho arte. Se arquearon las cejas en su cara arrogante, y el procurador, en actitud muy sorprendida, clavó la mirada en los ojos del gran sacerdote. <br />
— Reconozco que esta respuesta me sorprende — dijo el procurador suavemente—. Me temo que debe de haber algún malentendido. <br />
Pilatos se explicó. El gobierno romano no atentaba en modo alguno contra el poder sacerdotal del país, el gran sacerdote tenía que saberlo perfectamente, pero en este caso era evidente que había una equivocación. <br />
Realmente, los delitos de Bar-Rabbán y Ga-Nozri eran incomparables por su gravedad. Si el segundo, cuya debilidad mental saltaba a la vista, era culpable de haber pronunciado discursos absurdos en Jershalaím y algunos otros lugares, el primero era mucho más responsable. No sólo se había permitido hacer llamamientos directos a una sublevación, sino que también había matado a un guardia mientras intentaban prenderle. Bar-Rabbán representaba un peligro mucho mayor que el que pudiera representar Ga-Nozri. En virtud de todo lo dicho, el procurador pedía al gran sacerdote que revisara la decisión y dejara en libertad a aquel de los dos condenados que representara menos peligro, y éste era, sin duda alguna, Ga-Nozri. <br />
Caifás dijo en voz baja y firme que el Sanedrín había estudiado el caso con mucho detenimiento y que comunicaba por segunda vez que quería la libertad de Bar-Rabbán. <br />
—¿Pero cómo? ¿También después de mi gestión? ¿De la gestión del que representa al gobierno romano? Gran sacerdote, repítelo por tercera vez. <br />
— Comunico por tercera vez que dejamos en libertad a Bar-Rabbán dijo Caifás en voz baja. <br />
Todo había terminado y no valía la pena seguir discutiendo. Ga-Nozri se iba para siempre y nadie podría calmar los horribles dolores del procurador, la única salvación era la muerte. Pero esta idea no fue lo que le sorprendió. Aquella angustia inexplicable que le invadiera cuando estaba en el balcón se había <br />
apoderado ahora de todo su ser. Intentó buscar una explicación y la que encontró fue bastante extraña. Tuvo la vaga sensación de que su conversación con el condenado quedó sin terminar, o que no le había escuchado hasta el final. <br />
Pilatos desechó este pensamiento, que desapareció tan repentinamente como había surgido. Se fue, y su angustia quedó sin explicar, porque tampoco la explicaba la idea que relampagueó en su cerebro. «La inmortalidad…, ha llegado la inmortalidad…» ¿Quién iba a ser inmortal? El procurador no pudo comprenderlo, pero la idea de la misteriosa inmortalidad le hizo sentir frío en medio de aquel sol agobiante. <br />
— Bien — dijo Pilatos—; así sea. <br />
Entonces se volvió, abarcó con la mirada el mundo que veía y se sorprendió del cambio que había sufrido. Desapareció la mata cubierta de rosas, desaparecieron los cipreses que bordeaban la terraza superior, también el granate y una estatua blanca en medio del verde. En su lugar flotó una nube <br />
purpúrea, con algas que oscilaban y que empezaron a moverse hacia un lado, y con ellas se movió Pilatos. Ahora se le llevaba, asfixiándole y abrasándole, la ira más terrible, la ira de la impotencia. <br />
— Me ahogo — pronunció Pilatos—. ¡Me ahogo! Con una mano, fría y húmeda, tiró del broche del manto y éste cayó sobre la arena. <br />
— Se nota mucho bochorno, hay tormenta en algún sitio — contestó Caifás, sin apartar los ojos del rostro enrojecido del procurador, temiendo lo que estaba por llegar. «¡Qué terrible es el mes Nisán este año!» <br />
— No — dijo Pilatos—, no es por el bochorno; me asfixio por estar junto a ti, Caifás — y añadió con una sonrisa, entornando los ojos—: Cuídate bien, gran sacerdote. <br />
Brillaron los ojos oscuros del gran sacerdote y su cara expresó asombro con no menos habilidad que el procurador. <br />
—¿Qué estoy oyendo, procurador? — dijo Caifás digno y tranquilo—. ¿Me amenazas después de una sentencia aprobada por ti mismo? ¿Será posible? Estamos acostumbrados a que el procurador romano escoja las palabras antes de pronunciarlas. ¿No nos estará escuchando alguien, hegémono? Pilatos miró <br />
con ojos muertos al gran sacerdote y enseñó los dientes, esbozando una sonrisa. —¡Qué cosas dices, gran sacerdote! ¿Quién nos puede oír aquí? ¿Es que me parezco al joven vagabundo alienado que hoy van a ejecutar? ¿Crees que soy un chiquillo? Sé muy bien lo que digo y dónde. Está cercado el jardín, está cercado el palacio, ni un ratón puede penetrar por una rendija. No sólo un ratón, sino ése… ¿cómo se llama?… de la ciudad de Kerioth. Pues si… si penetrara aquí lo sentiría con toda su alma, ¿me crees, Caifás? Pues acuérdate, gran sacerdote, ¡desde este momento no tendrás ni un minuto de paz! Ni tú ni tu pueblo — y Pilatos señaló hacia la derecha, donde a lo lejos, en lo alto, ardía el templo—. ¡Te lo digo yo, Poncio Pilatos, jinete lanza de oro! <br />
—¡Lo sé, lo sé! —respondió intrépido Caifás, y sus ojos brillaron. Alzó las manos hacia el cielo, y siguió—: El pueblo de Judea sabe que tú le odias ferozmente y que le harás mucho mal, ¡pero no podrás ahogarlo! ¡Dios le guardará! ¡Ya nos oirá el César omnipotente y nos salvará del funesto Pilatos! <br />
—¡Oh, no! — exclamó Pilatos, y cada palabra le hacía sentirse más aliviado: ya no tenía que fingir, no tenía que medir las palabras—. ¡Te has quejado al César de mí demasiadas veces, Caifás, y ha llegado mi hora! Ahora mandaré la noticia y no a Antioquía, ni a Roma, sino directamente a Caprea, al mismo emperador, la noticia de que en Jershalaím guardáis de la muerte a los más grandes rebeldes. Y no será con agua del lago de Salomón, como quería hacer para vuestro bien, con lo que saciaré la sed de Jershalaím. ¡No! ¡No será con agua! ¡Acuérdate de cómo por vuestra culpa tuve que arrancar de las paredes los escudos con la efigie del emperador, trasladar a los soldados, cómo tuve que venir aquí para ver qué ocurría! ¡Acuérdate de mis palabras!: verás en Jershalaím más de una cohorte, ¡muchas más! Toda la legión Fulminante, acudirá la caballería árabe. ¡Entonces oirás amargos llantos y gemidos! ¡Entonces te acordarás del liberado Bar-Rabbán, y te arrepentirás de haber mandado a la muerte al filósofo de las predicaciones pacíficas! <br />
La cara del gran sacerdote se cubrió de manchas, sus ojos ardían. Al igual que el procurador, sonrió enseñando los dientes, y contestó: <br />
—¿Crees, procurador, en lo que estás diciendo? ¡No, no lo crees! No es paz, no es paz lo que ha traído a Jershalaím ese cautivador del pueblo, y tú, jinete, lo comprendes perfectamente. ¡Querías soltarle para que sublevara al pueblo, injuriara nuestra religión y expusiera el pueblo a las espadas romanas! Pero yo, gran sacerdote de Judea, mientras esté vivo ¡no permitiré que se humille la religión y protegeré al pueblo! ¿Oyes, Pilatos? — y Caifás levantó la mano con un gesto amenazador—. ¡Escucha, procurador! <br />
Caifás dejó de hablar y el procurador oyó de nuevo el ruido del mar, que se acercaba a las mismas murallas del jardín de Herodes el Grande. El ruido subía desde los pies del procurador hasta su rostro. A sus espaldas, en las alas del palacio, se oían las señales alarmantes de las trompetas, el ruido pesado de cientos de pies, el tintineo metálico. El procurador comprendió que era la infantería romana que ya estaba saliendo, según su orden, precipitándose al desfile, terrible para los bandidos y rebeldes. <br />
—¿Oyes, procurador? — repitió el gran sacerdote en voz baja—. ¿No me dirás que todo esto — Caifás alzó los brazos y la capucha oscura se cayó de su cabeza— lo ha provocado el miserable bandido Bar-Rabbán? <br />
El procurador se secó la frente fría y mojada con el revés de la mano, miró al suelo, luego levantó los ojos entornados hacia el cielo y vio que el globo incandescente estaba casi sobre su cabeza y que la sombra de Caifás parecía encogida junto a la cola del caballo. Luego dijo en voz baja e indiferente: <br />
— Se acerca el mediodía. Nos hemos distraído con la charla y es hora de continuar. <br />
Se excusó elegantemente ante el gran sacerdote, le invitó a que le esperara sentado en un banco a la sombra de las magnolias, mientras él llamaba al resto de las personalidades, necesarias para una última y breve reunión y daba una orden, referente a la ejecución. Caifás se inclinó finamente, con la mano apretada al corazón y se quedó en el jardín; Pilatos volvió al balcón. Dijo al secretario que invitara al jardín al legado de la legión, al tribuno de la cohorte, a dos miembros del Sanedrín y al jefe de la guardia del templo, que esperaban a que se les avisara en un templete redondo de la terraza inferior. Añadió que él mismo saldría en seguida al jardín y se dirigió al interior del palacio. <br />
Mientras el secretario preparaba la reunión, el procurador tuvo una entrevista con un hombre cuya cara estaba medio cubierta por un capuchón, aunque en la habitación, con las cortinas echadas, no entraba ni un rayo del sol que pudiera molestarle. La entrevista fue muy breve. El procurador le dijo unas palabras en voz baja y el hombre se retiró. Pilatos fue al jardín, pasando por la columnata. <br />
Allí, en presencia de todos aquellos que quería ver, anunció con aire solemne y reservado que corroboraba la sentencia de muerte de Joshuá Ga-Nozri y preguntó oficialmente a los miembros del Sanedrín a cuál de los dos delincuentes pensaban dar libertad. Al oír que era Bar-Rabbán, el procurador dijo: <br />
— Muy bien — y ordenó al secretario que anotara en seguida todo en el acta, apretó con la mano el broche que el secretario levantara de la arena y dijo con solemnidad: <br />
—¡Es la hora! <br />
Los presentes bajaron por la ancha escalera de mármol entre paredes de rosas que despedían un olor mareante y se acercaron al muro del jardín, a la puerta que daba a una gran plaza llana, al fondo de la cual se veían las columnas y estatuas del hipódromo. <br />
Al salir del jardín todo el grupo subió a un estrado de piedra que dominaba la plaza. Pilatos, mirando alrededor con los ojos entornados, se dio cuenta de la situación. <br />
El espacio que acababa de recorrer, es decir, desde el muro del palacio hasta el estrado, estaba vacío, pero delante Pilatos no podía ver la plaza: la multitud se la había tragado. Hubiera llenado todo el espacio vacío y el mismo estrado si no fuera por la triple fila de soldados de la Sebástica, que se encontraban a mano izquierda de Pilatos, y los soldados de la cohorte auxiliar Itúrea, que contenían a la muchedumbre por la derecha. <br />
Pilatos subió al estrado, apretando en la mano el broche innecesario y entornando los ojos. No lo hacía porque el sol le quemara, no. Sin saber por qué, no quería ver al grupo de condenados, que, como bien sabía, no tardarían en subir al estrado. <br />
En cuanto el manto blanco forrado de rojo sangre apareció en lo alto de la roca de piedra sobre el borde de aquel mar humano, el invidente Pilatos sintió una ola de ruido que le golpeó los oídos: «Ga-a-a». Nació a lo lejos, junto al hipódromo, primero en tono bajo, luego se hizo atronante y después de sostenerse varios instantes, empezó a descender. «Me han visto», pensó el procurador. La ola no se había apagado del todo cuando empezó a crecer otra vez, subió más que la primera y, como en las olas del mar surge la espuma, se levantó un silbido y unos aislados gemidos de mujer. «Es que les han echo subir al estrado — pensó Pilatos—; los gemidos provienen de varias mujeres que ha aplastado la multitud al echarse hacia adelante.» </p>
	<p>xxx</p>
	<p>Esperó un rato, sabiendo que no hay fuerza capaz de acallar una muchedumbre, que es necesario que exhale todo lo que tenga dentro y se calle por sí misma. Cuando llegó este momento, el procurador levantó su mano derecha y el último murmullo cesó. <br />
Entonces Pilatos aspiró todo el aire caliente que pudo, y gritó; su voz cortada voló por encima de miles de cabezas: <br />
—¡En nombre del César Emperador!… <br />
Varias veces le golpeó los oídos el grito agudo y repetido: en las cohortes, alzando las lanzas y los emblemas, gritaron los soldados con voces terribles: <br />
—¡¡Viva el César!! <br />
Pilatos levantó la cabeza hacia el sol. Bajo sus párpados se encendió un fuego verde que hizo arder su cerebro, y sobre la muchedumbre volaron las roncas palabras arameas: <br />
— Los cuatro malhechores, detenidos en Jershalaím por crímenes, instigación al levantamiento, injurias a las leyes y a la religión, han sido condenados a una ejecución vergonzosa: ¡a ser colgados en postes! Esta ejecución se va a efectuar ahora en el monte Calvario. Los nombres de los delincuentes son: Dismás, Gestás, Bar-Rabbán y Ga-Nozri. ¡Aquí están! <br />
Pilatos señaló con la mano, sin mirar a los delincuentes, pero sabiendo con certeza que estaban en su sitio. <br />
La multitud respondió con un largo murmullo que parecía de sorpresa o de alivio. Cuando se apagó el murmullo, Pilatos prosiguió: <br />
— Pero serán ejecutados nada más que tres, porque, según la ley y la costumbre, en honor ala Fiesta de Pascua, a uno de los condenados, elegido por el Pequeño Sanedrín y aprobado por el poder romano, ¡el magnánimo César Emperador le devuelve su despreciable vida! <br />
Pilatos gritaba y al mismo tiempo advertía cómo el murmullo se convertía en un gran silencio. <br />
Ni un suspiro, ni un ruido llegaba a sus oídos, y por un momento a Pilatos le pareció que todo lo que le rodeaba había desaparecido. La odiada ciudad había muerto, y él estaba solo, quemado por los rayos que caían de plano, con la cara levantada hacia el cielo. Pilatos mantuvo el silencio unos instantes y luego gritó: <br />
— El nombre del que ahora va a ser liberado es… Hizo otra pausa antes de pronunciar el nombre, recordando si había dicho todo lo que quería, porque sabía que la ciudad muerta iba a re sucitar al oír el nombre del afortunado y después no escucharía ni una palabra más. <br />
«¿Es todo? — se preguntó Pilatos—. Todo. El nombre.» <br />
Y haciendo rodar la «r» sobre la ciudad en silencio, gritó: <br />
—¡Bar-Rabbán! <br />
Le pareció que el sol había explotado con un estrépito y le había llenado los oídos de fuego. En este fuego se revolvían aullidos, gritos, gemidos, risas y silbidos. <br />
Pilatos se volvió hacia atrás y se dirigió hacia las escaleras, pasando por el estrado sin mirar a nadie, con la vista fija en los coloreados mosaicos que tenía bajo sus pies, para no tropezar. Sabía que a sus espaldas estaba cayendo sobre el estrado una lluvia de monedas de bronce y de dátiles y que entre la muchedumbre que aullaba, los hombres, aplastándose, se encaramaban unos sobre otros para ver con sus propios ojos el milagro: cómo un hombre que ya estaba en manos de la muerte se había liberado de ella; cómo le desataban, causándole un agudo dolor en las manos dislocadas durante los interrogatorios, y cómo él, haciendo muecas y gimiendo, esbozaba una sonrisa loca e inexpresiva. Sabía que al mismo tiempo la escolta conducía a los otros tres por las escaleras laterales, hacia el camino que llevaba al oeste, fuera de la ciudad, al monte Calvario. Sólo cuando estaba detrás del estrado, Pilatos abrió los ojos sabiendo que ya estaba fuera de peligro: ya no podía ver a los condenados. <br />
Al lamento de la multitud, que empezaba a calmarse se unían los gritos estridentes de los heraldos, que repetían, uno en griego y otro en arameo, lo que había dicho el procurador desde el estrado. A sus oídos llegó el redoble de las pisadas de los caballos que se aproximaban y el sonido de una trompeta que gritaba algo breve y alegre. Les respondió el silbido penetrante de los chiquillos que estaban sobre los tejados de las casas en la calle que conducía del mercado a la plaza del hipódromo, y un grito: «¡Cuidado!». <br />
Un soldado, solitario en el espacio liberado de la plaza, agitó asustado su emblema. El procurador, el legado de la legión, el secretario y la escolta se pararon. El ala de caballería, con el trote cada vez más suelto, irrumpía en la plaza para atravesarla evitando el gentío y seguir por la calleja junto a un muro de piedra cubierto de parra por el camino más corto hacia el monte Calvario. <br />
Un hombrecillo pequeño como un chico, moreno como un mulato, el comandante del ala siria, trotaba en su caballo, y al pasar junto a Pilatos gritó algo con voz aguda y desenvainó su espada. Su caballo, mojado, negro y feroz, viró hacia un lado y se encabritó. Guardando la espada, el comandante le pegó en el cuello con un látigo, lo enderezó y siguió su camino por la calleja, pasando al galope. Detrás de él, en filas de a tres, cabalgaban los jinetes envueltos en una nube de polvo. Saltaron las puntas de las ligeras lanzas de bambú. El procurador vio pasar junto a él los rostros que parecían todavía más morenos bajo los turbantes, con los dientes relucientes descubiertos en alegres sonrisas. <br />
Levantando el polvo hasta el cielo, el ala irrumpió en la calleja, y Pilatos vio pasar al último soldado con una trompeta ardiente a sus espaldas. <br />
Protegiéndose del polvo con la mano y con una mueca de disgusto, Pilatos siguió su camino hacia la puerta del jardín del palacio; le acompañaban el legado, el secretario y la escolta. <br />
Eran cerca de las diez de la mañana.</p>
	<p>
<div style="text-align: right"><b>Mijaíl A. Bulgákov</b></div>
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 <pubDate>Wed, 16 Jan 2013 15:20:00 -0600</pubDate>
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 <title>Coloquio</title>
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<description><![CDATA[	<p>Retozando mansos sobre  el ardiente pajonal, luego de rendirse plenos ante el canicular sol, irrumpieron en el silencio lleno de voces de la naturaleza las preguntas inquietantes que recibieron respuestas calcinantes:</p>
	<p>Epiceno 1.- Me miras y siento que deseas como todos poseer mi cuerpo, ¿verdad?</p>
	<p>Epiceno 2.- Así es, soy una criatura aún encarnada y vuestras voluptuosas formas despiertan lo que es natural.<br />
Epiceno 1.- ¿Y sobre mi pensamiento?</p>
	<p>Epiceno 2.- Por eso estás aquí. Pues la carne se encuentra por doquier, pero sensualidad y pensamiento es una combinación escasa, y hay que ayudar a su florecimiento en los agrestes campos,  sudando sobre  los prolegómenos de las montañas.</p>
	<p>Epiceno1: ¿Es peligroso?</p>
	<p>Epiceno2: Sí. Pues controlar a la bestia encarnada es tarea difícil que solo se logra haciendo trabajar a las neuronas (así al menos demoro el ansia de devorarte). También existe la alta  probabilidad de que te desbarranques un par de metros y con ello te tuerzas  la vida.</p>
	<p>Epiceno1: ¿Morderías mis carnes que ya fueron probadas? Parte de ellas.</p>
	<p>Epiceno2: ¿Te han dejado huellas imborrables? ¿Marcas espantosas en el cuerpo y también en la mente? Te crees una especie de comida a medio terminar.
</p>
	<p>Epiceno1: No se ven, no las del cuerpo... al menos yo no.  Las de la mente son los recuerdos. Supongo.</p>
	<p>Epiceno2: Se ve que no son buenos recuerdos. Cuanto devoraste y lo intentaron contigo, fue a medias o solo fue la encarnación de tu existencia más no tu verdadera existencia mental.  Como fuere no es asunto de preocuparse en algo habrás crecido y lo pasado es ya solo un recuerdo que no representa nada de tu presente.</p>
	<p>Epiceno1: Pero te das cuenta que no es una primera vez.</p>
	<p>Epiceno2: Eso importa nada.  Inclusive si así lo sientes y recuerdas. Lo único válido es el aquí y ahora.</p>
	<p>Epiceno1: ¿Y tus experiencias?</p>
	<p>Epiceno2: Si las tuve no las recuerdo. Sensaciones vividas y aprovechadas. Ahora sería como lo fue, como siempre ha sido y será: una exploración nueva.</p>
	<p>Epiceno1: Pero siempre estarán los recuerdos y las comparaciones.</p>
	<p>Epiceno2: Ese es tu problema, no el mío. Te reto a intentar una pequeña escalada, quizá en un paso complicado con el furor y placer de las endorfinas te ayude a entender que los placeres mentales  y físicos son instantáneos y no deben dejar huella (bueno no más allá de un hueso roto…  así de brutal nada de psicológico), que eres una criatura ideal encarnada;  tal vez muera de golpe tu cuerpo cayendo al vacío… te habrás liberado de una parte del complejo de existir encarnada. Hagámoslo o doy rienda suelta a los instintos primarios.</p>
	<p>Epiceno2: Te darás cuenta que hay experiencia.</p>
	<p>Epiceno1: En la naturaleza soy inconsciente a ello, pues eso no importa. Tu única alternativa es ponerte al límite para que liberes aquellos complejos.  He escalado una misma montaña por una misma ruta muchas veces, y siempre son nuevas para mí, y  las mismas sensaciones y generalmente nuevas también, al estar prendido de sus sensuales y turgentes formas; por aquella misma vertiente cientos o miles habrán escalado también, pero la montaña no es una cosa usada ni gastada, ese es un concepto miserable y mezquino del bípedo depredador encarnado.</p>
	<p>Finalmente no existes y yo tampoco. Solo las presas y predador, unas  cuando están sangrando  y otras degustando de sus carnes.</p>
	<p>Leonardo Vivar<br />
kantoborgy.com</p>
<br/><br/>tags: <a href="http://technorati.com/tag/coloquio" rel="tag">coloquio</a>, <a href="http://technorati.com/tag/antropófago" rel="tag">antropófago</a>]]></description>
 <category>Leonardo Vivar Ayora</category>
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 <pubDate>Sat, 5 Jan 2013 10:16:55 -0600</pubDate>
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