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<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/atom10full.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" gd:etag="W/&quot;CEAFQXs_fSp7ImA9WxJbEUk.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511</id><updated>2009-07-20T19:18:30.545-07:00</updated><title>El Espejo Gótico</title><subtitle type="html" /><link rel="http://schemas.google.com/g/2005#feed" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/posts/default" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/" /><link rel="next" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default?start-index=6&amp;max-results=5&amp;redirect=false&amp;v=2" /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email></author><generator version="7.00" uri="http://www.blogger.com">Blogger</generator><openSearch:totalResults>1282</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>5</openSearch:itemsPerPage><link rel="self" href="http://feeds.feedburner.com/elespejogotico" type="application/atom+xml" /><feedburner:emailServiceId xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0">elespejogotico</feedburner:emailServiceId><feedburner:feedburnerHostname xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0">http://feedburner.google.com</feedburner:feedburnerHostname><entry gd:etag="W/&quot;CUACR3g7cSp7ImA9WxJbEUw.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511.post-181353272896105767</id><published>2009-07-20T09:12:00.000-07:00</published><updated>2009-07-20T11:16:06.609-07:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-20T11:16:06.609-07:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos fantasticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos goticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos de hadas" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="arthur machen" /><title>El libro verde: Arthur Machen</title><content type="html">&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmSz5NzZbAI/AAAAAAAABpU/ViImt0PvCSE/s1600-h/el_libro_verde_arthur_machen.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 200px; height: 294px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmSz5NzZbAI/AAAAAAAABpU/ViImt0PvCSE/s320/el_libro_verde_arthur_machen.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5360607252016884738" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El Libro Verde&lt;/span&gt; (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Green Book&lt;/span&gt;) es un &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/cuentos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato fantástico&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; del escritor galés &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/05/arthur-machen-relatos-y-novelas.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Arthur Machen.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya hemos publicado la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;versión completa de esta historia&lt;/span&gt;, llamada &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-pueblo-blanco-arthur-machen.html"&gt;El Pueblo Blanco (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The White People&lt;/span&gt;)&lt;/a&gt;, pero como el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato&lt;/span&gt; consta de varias partes, nos parece oportuno dedicarle al &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;Libro Verde&lt;/span&gt; un lugar destacado dentro de la &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/01/biblioteca-gotica-cuentos-poemas.html"&gt;biblioteca&lt;/a&gt;. Aclaramos que por cuestiones de espacio, hemos dividido el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato&lt;/span&gt; en dos partes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El Libro Verde&lt;/span&gt; es una especie de diario redactado por una joven, que ha sido instruida en ciertas prácticas que repugnan a la razón, pero que excitan y estimulan todo lo fantástico que gravita sobre los sentidos. &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Arthur Machen&lt;/span&gt; conjura en sus páginas todo el maravilloso mundo de lo oculto, pero lejos de tornarlo en un &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;manual de ocultismo&lt;/span&gt;. Cada escena es vivida a través de los ojos de esta joven, cuya visión romántica es al mismo tiempo atravesada por la inocencia más absoluta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hombres de cera creados para el amor o el odio, el diálogo de las ninfas al posar los labios en el agua, hogueras, brujas abdicantes de amor que arden en las llamas de la incomprensión, viejas niñeras que poseen el saber arcaico de los bosques, aquelarres, danzas frenéticas en los claros de la espesura, extrañas y perdidas lenguas que convocan seres sin forma; todas estas cosas aparecen en las páginas erráticas y hermosas de &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El Libro Verde&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;El Libro Verde.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;The Green Book&lt;/span&gt;; Arthur Machen (1863-1947)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;La encuadernación estaba estropeada, descolorida. No tenía manchas ni señales de uso. El &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libro&lt;/span&gt; tenía el aspecto de haber sido comprado en una visita a Londres, hacía unos setenta u ochenta años y, por alguna razón, olvidado y obligado a permanecer fuera del alcance de la vista. De él emanaba un olor añejo, delicado, persistente, como el que a veces se apodera de los muebles antiguos. Las guardas, en el interior de la encuadernación, estaban adornadas con formas coloreadas y oro desteñido. Parecía insignificante, pero como el papel era muy fino, tenía muchas hojas, cubiertas de una escritura menuda, penosamente trazada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Encontré este &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libro&lt;/span&gt; -comenzaba el manuscrito- en un cajón. Era un día lluvioso y, como no podía salir, por la tarde tomé una vela y me puse a revolver en el escritorio. Casi todos los cajones estaban llenos de ropa antigua, pero uno de los pequeños parecía vacío y allí encontré este &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libro&lt;/span&gt;, &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;oculto&lt;/span&gt; en el fondo. Buscaba un &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libro&lt;/span&gt; como éste, de modo que me lo quedé para escribir en él. Está lleno de secretos. Tengo muchos otros &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libros de secretos&lt;/span&gt;, escritos por mí, ocultos, y en éste voy a escribir muchos de los antiguos secretos y algunos de los nuevos; solamente hay algunos que de ninguna manera pondré por escrito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo por qué anotar los verdaderos nombres de los días y los meses, que descubrí hace un año, ni tampoco cómo se hacen los tipos de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;letra Aklo&lt;/span&gt;, ni cuál es la lengua de Quíos, ni qué son los grandes y hermosos Círculos, o los Juegos Mao o los Cánticos principales. Es posible que escriba algo sobre todas estas cosas, pero no sobre la manera de hacerlas, por razones personales. Tampoco tengo por qué decir quiénes son las Ninfas, o los Däls, o Jeelo, o qué significa &lt;span style="font-style: italic;"&gt;voolas&lt;/span&gt;. Son los secretos más secretos, y me alegro al recordar su significado y la cantidad de maravillosas lenguas que conozco. Pero hay algo que yo llamo los &lt;span style="font-style: italic;"&gt;secretos de los secretos&lt;/span&gt;, en los que no me atrevo a pensar a menos que esté completamente sola, y entonces cierro los ojos, me los cubro con las manos, susurro la palabra y surge el &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Alala&lt;/span&gt;. Esto únicamente lo hago de noche, en mi habitación o en ciertos bosques que yo me sé, pero no debo describirlos porque son bosques secretos. Luego están las ceremonias, todas ellas muy importantes, aunque algunas son más deliciosas que otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son las &lt;span style="font-style: italic;"&gt;ceremonias blancas, las ceremonias verdes y las ceremonias escarlata&lt;/span&gt;. Estas últimas son las mejores, pero sólo pueden ser celebradas en un sitio concreto, aunque existe una imitación muy buena y que he llevado a cabo en otros lugares. Además, &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt; con las danzas y la comedia; a veces he representado la comedia cuando los demás me miraban, pero nadie entendía nada. Era todavía muy pequeña cuando supe por vez primera de estas cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando era muy chica y todavía vivía mamá, recuerdo que me acordaba de cosas todavía más antiguas, sólo que todo se me hace un lío. Pero recuerdo que cuando tenía cinco o seis años les oía hablar a mi alrededor, creyendo que no me daba cuenta. Hablaban de las extrañas cosas que habían ocurrido uno o dos años antes, y cómo la niñera había llamado a mi madre para que viniera y me oyera hablar sola, pronunciando palabras que nadie podía entender. Hablaba en la lengua Xu, pero sólo recuerdo muy pocas palabras, como me ocurre con las caras blancas que solían contemplarme cuando estaba echada en la cuna. Solían hablarme y así aprendí su lengua y hablé con ellos de cierto lugar blanco donde vivían, donde los árboles y la hierba eran completamente blancos, y había blancas colinas, tan altas como la luna, y un viento frío. He soñado a menudo con ese lugar, pero los rostros desaparecieron cuando era muy pequeña. Pero me sucedió una cosa maravillosa cuando tenía unos cinco años. Mi niñera me llevaba en brazos; atravesamos un campo de trigo amarillo; luego llegamos a un sendero que atravesaba el bosque, y un hombre alto vino en nuestra busca y nos acompañó a un lugar muy oscuro y sombrío donde había una profunda charca. La niñera me depositó sobre el blanco musgo, debajo de un árbol, y dijo: -Desde aquí no podrá llegar a la charca-. Así que me dejaron allí y me senté, inmóvil, y observé, y salieron del agua y del bosque dos maravillosas criaturas blancas, y empezaron a jugar, a bailar y a cantar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran de un blanco cremoso, como la vieja figura de marfil del salón; una era una hermosa dama de bellos ojos oscuros, rostro severo, y largos cabellos negros, que sonreía tristemente al otro, el cual se reía e iba hacia ella. Jugaron juntos, bailaron y cantaron una canción hasta que me dormí. La niñera me despertó al volver; se parecía un poco a la dama que había visto, así que se lo conté todo y le pregunté el porqué de ese parecido. Al principio lloró y luego pareció asustarse y palideció. Me depositó en la hierba, me miró fijamente, y pude ver que estaba temblando. Entonces me dijo que lo había soñado todo, pero yo sabía que no era cierto. Luego me hizo prometer no decir nada, pues, si lo hacía, sería arrojada al pozo negro. Yo no estaba en absoluto asustada, aunque la niñera sí, y nunca olvidé lo sucedido, porque cuando cerraba los ojos, a solas en medio del silencio, podía verlos de nuevo, muy tenues y lejanos, pero magníficamente; y me venían a la cabeza retazos de la canción que cantaban, aunque yo no era capaz de cantarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía trece años, casi catorce, cuando me sucedió una singular aventura, tan extraña que al día en que ocurrió se le llama siempre el Día Blanco. Mi madre había muerto hacía más de un año; por las mañanas recibía clases, pero por las tardes me dejaban salir a pasear. Aquella tarde fui por un camino distinto, y un pequeño arroyo me condujo hasta una nueva región, pero me desgarré el babero al atravesar unos matorrales y los arbustos espinosos de las colinas y los sombríos bosques llenos de plantas trepadoras. El camino era largo, muy largo. Parecía que no iba a terminar, y tuve que arrastrarme por una especie de túnel, por donde debió correr un arroyo, que ahora estaba completamente seco; el suelo era rocoso y los arbustos habían crecido por encima hasta juntarse, de manera que el lugar resultaba completamente oscuro. Continué avanzando por aquel sombrío paraje; el camino era largo, muy largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y llegué a una colina que jamás había visto. Al atravesar un tenebroso matorral, lleno de ramas negras y retorcidas, me desgarré la ropa y lloré, luego advertí que estaba ascendiendo, y continué subiendo y subiendo un largo trecho, hasta que, finalmente, desaparecieron los matorrales y llegué, sin dejar de llorar, a un lugar donde se abría una gran explanada, cubierta de feas piedras grises y con algunos árboles retorcidos, como si fueran serpientes. Seguí ascendiendo hasta alcanzar la cumbre. Jamás había visto unas piedras tan grandes y repulsivas; algunas salían de la tierra, otras parecían como si las hubiesen llevado rodando hasta allí, y se extendían a lo lejos hasta donde alcanzaba la vista. Desde ellas contemplé el paisaje, que era muy extraño. Era invierno, y las colinas circundantes estaban cubiertas de terribles bosques ennegrecidos; era como ver un enorme salón cubierto de negros cortinajes, y los árboles parecían completamente diferentes a los que había visto antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba asustada. Luego, más allá de los bosques, había otras colinas que me rodeaban como un gran anillo, pero que jamás había divisado; parecían negras y cada una tenía un &lt;span style="font-style: italic;"&gt;voor&lt;/span&gt; encima. Todo estaba tranquilo y silencioso, y el cielo cargado, gris y triste como las espantosas cúpulas voorianas del Abismo de Dendo. Continué avanzando por entre las horribles rocas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había centenares. Algunas parecían hombres haciendo muecas; pude ver sus rostros, dispuestos a salirse de la piedra y saltar sobre mí y arrastrarme con ellos a las rocas, de donde nunca podría salir. Otras eran como animales, reptantes y repugnantes animales que sacaban la lengua; otras eran como palabras que no puedo pronunciar; y, finalmente, otras parecían muertos tumbados sobre la hierba. Seguí mi camino, aunque me asustasen, y mi mente se llenó de abominables canciones que ellas le introducían; me dieron ganas de gesticular y retorcerme como ellas, pero seguí adelante hasta que, finalmente, me gustó su aspecto y dejaron de asustarme. Canté las canciones que podía recordar, canciones llenas de palabras que no deben ser pronunciadas ni escritas. Entonces hice muecas como los rostros de las rocas, me retorcí como ellas, me tumbé en la hierba imitando a las que parecían muertas, subí a una que estaba haciendo muecas y, pasando mis brazos en torno, la abracé. Luego seguí más y más hasta llegar a un montículo redondo en medio de ellas. Era más elevado de lo normal, casi tan alto como nuestra casa, y parecía una palangana puesta boca abajo, completamente lisa, redonda y verde, con una piedra clavada en la cima, como un poste. Ascendí por sus laderas, pero eran tan empinadas que tuve que detenerme o de lo contrario posiblemente habría rodado de nuevo hacia abajo a lo largo del camino, me habría golpeado contra las piedras del fondo y, tal vez, habría muerto. Pero yo quería subir hasta la cima, así que me tumbé con la cara contra el suelo, me agarré a la hierba con las manos y me incorporé poco a poco hasta llegar a lo alto. Entonces me senté en la piedra del centro y eché un vistazo a cuanto me rodeaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve la sensación de haber recorrido un camino muy largo, como si, de pronto, me encontrara a cien millas de casa, en otro país diferente, o en alguno de los extraños lugares citados en los Cuentos del Genio y en Las mil y una noches, o como si me hubiera alejado a través de los mares durante años y hubiera encontrado otro mundo, o como si hubiese surcado los cielos y hubiera caído en una de esas estrellas de las que hablan los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;libros&lt;/span&gt;, en las que todo está muerto, frío y gris, no existe el aire y el viento no sopla. Me senté en la piedra y miré hacia abajo en todas direcciones. Era como estar sentada en lo alto de una torre, en medio de una gran ciudad vacía, pues no podía ver en torno mío más que las rocas grises que cubrían todo el campo. Ya no podía distinguir sus formas, pero no dejaba de verlas a lo lejos, y al mirarlas me pareció que estaban dispuestas formando dibujos, formas y figuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que esto no era posible, pues había visto que muchas de ellas emergían de la tierra, de modo que las volví a mirar, pero no vi más que círculos, pequeños círculos dentro de otros mayores, y pirámides, y cúpulas, y espirales, que parecían rodear por todas partes el lugar donde yo estaba sentada; y, cuanto más las miraba, más veía esos grandes anillos de rocas haciéndose cada vez mayores; estuve tanto tiempo mirándolas que tuve la impresión de que se movían y daban vueltas, como una inmensa rueda, y que yo también daba vueltas en el centro. La cabeza me dio vueltas y me sentí aturdida, todo comenzó a tornarse nebuloso y confuso, vi pequeños destellos de luz azulada, y las piedras parecieron saltar, bailar y retorcerse mientras giraban sin cesar. Me asusté de nuevo y grité en voz alta; luego salté de la piedra donde estaba sentada, y caí al suelo. Cuando me levanté, estaba tan contenta de que parecieran haberse quedado inmóviles, que me senté en la cima del montículo, me deslizé hacia abajo, y de nuevo proseguí mi camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al andar bailaba de la misma forma especial en que lo hacían las rocas cuando me dio el vértigo, y me puse tan contenta de poder hacerlo tan bien que seguí bailando y bailando, y canté sorprendentes canciones que me venían a la cabeza. Finalmente llegué al borde de aquella enorme colina: allí no había rocas y el camino atravesaba de nuevo una hondonada cubierta de maleza. Estaba en tan mal estado como el que tuve que seguir al subir, pero no me importó, de lo contenta que estaba por haber visto aquellas singulares danzas, y además ser capaz de imitarlas. Continué bajando entre los arbustos, y una enorme ortiga me picó en la pierna, pero no me importó, y aunque sentí el escozor de las ramas y las espinas, únicamente reía y cantaba. Cuando abandoné la espesura llegué a un valle, un lugar secreto semejante a un sombrío pasadizo, de tan angosto y profundo que era y tan espesos los bosques que lo circundaban. Allí, sobre una escarpada ladera poblada de árboles, los helechos se conservan verdes todo el invierno, cuando los de la colina se mueren y amarillean, y despiden un olor dulce y fuerte parecido al que rezuma de los abetos. Un arroyo descendía por el valle, tan pequeño que pude cruzarlo fácilmente. Bebí agua en mi mano y la saboreé como si se tratara de un ilustre vino dorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Brillaba al correr sobre hermosas piedras rojas y amarillas, de manera que parecía viva y con todos los colores al mismo tiempo. Volví a beber más en mi mano, pero como no me bastaba, me tumbé en el suelo, agaché la cabeza y sorbí el agua con los labios. Las olas llegaban a mi boca y me besaban, y yo me reía y volvía a beber, imaginando que la que me besaba era una ninfa, como la del viejo cuadro de mi casa, que vivía en el agua. Así que me incliné otra vez hasta rozar suavemente el agua con los labios y le susurré a la ninfa que volvería. Estaba segura de que aquella agua no era normal, y cuando me levanté y proseguí mi marcha, bailé de nuevo y ascendí al valle, bajo la mirada de las lúgubres colinas. Al alcanzar la cumbre, el suelo se elevó delante de mí, alto y escarpado como un muro, y no se veía más que ese muro verde y el cielo. Pensé en aquello de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;por siempre jamás&lt;/span&gt;, pues realmente debía haber llegado al fin del mundo, ya que aquello parecía el final de todo, como si más allá no pudiera haber nada excepto el reino de Voor, donde va la luz cuando se apaga y corre el agua cuando el sol se la lleva. Empecé a pensar en el largo camino recorrido, en cómo había encontrado un arroyo y había seguido su curso a través de arbustos, matorrales espinosos y sombríos bosques cubiertos de espinos rastreros. Luego me había arrastrado por un túnel bajo los árboles, había trepado por entre los matorrales, había contemplado las rocas grises y me había sentado en medio de ellas cuando daban vueltas; después había seguido adelante por entre las rocas, había bajado la colina por entre matorrales urticantes y había escalado el sombrío valle por un sendero muy largo. Me preguntaba cómo regresaría a casa, si es que lograba encontrar el camino, y si es que seguía estando allí y no se había convertido, igual que todo lo demás, en rocas grises, como en Las mil y una noches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me senté en la hierba y pensé en lo que haría. Estaba cansada y los pies me dolían. Al mirar a mi alrededor descubrí un maravilloso pozo, justamente al pie del escarpado muro de hierba. A su alrededor todo el suelo estaba cubierto de musgo brillante, verde y chorreante; había todo tipo de musgos, unos que parecían hermosos helechos en miniatura, y otros que semejaban palmeras y abetos; todos ellos tan verdes como las esmeraldas y rezumando gotas de agua cual diamantes. En medio estaba el gran pozo, profundo, resplandeciente y hermoso, tan claro que daba la impresión de que se podía tocar la arena roja del fondo, aunque estaba muy hondo. Permanecí a su lado y me miré en él como en un espejo. En el fondo, los rojos granos de arena no dejaban de agitarse, y se veía burbujear el agua, pero su superficie estaba en calma y rebosaba. Era un pozo grande, como una bañera, rodeado de musgo verde, reluciente y brillante, que le daba la apariencia de una gran alhaja transparente rodeada de joyas verdes. Tenía los pies tan doloridos y cansados que me quité las botas y las medias, y los metí en el agua; cuando me levanté ya no estaba cansada y pensé que debía seguir adelante, alejándome cada vez más, hasta descubrir lo que había al otro lado del muro. Lo escalé muy despacio, siempre de lado, y cuando llegué arriba y miré por encima, me encontré con la más curiosa región que jamás viera, más extraña incluso que la colina de las rocas grises. Parecía como si allí hubiesen estado jugando con sus palas niños terrícolas, pues estaba todo lleno de colinas, hoyos y muros de tierra cubiertos de hierba. Había dos montículos, redondos, grandes y solemnes, como dos enormes colmenas, y también profundas depresiones, y un escarpado muro como los que había visto en cierta ocasión en la costa, con cañones y soldados encima. Casi me caí en una de las fosas, de tan repentinamente como surgió bajo mis pies, y bajé corriendo por una de sus pendientes, hasta el fondo, donde permanecí mirando hacia arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo era extraño y misterioso. No se veía más que el cielo gris, cargado, y las laderas de la hondonada; todo lo demás había desaparecido; pensé que de noche debía de llenarse de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;fantasmas&lt;/span&gt;, sombras movedizas y pálidas criaturas, cuando la luna brillara en su fondo en plena noche y el viento gimiera en las alturas. Era tan extraña, misteriosa y solitaria como un templo vacío dedicado a anticuados dioses paganos. Me recordó algo que la niñera me había contado cuando yo era muy pequeña; la misma niñera que me llevó al bosque donde vi a la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;hermosa gente blanca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;Recuerdo que la niñera me contó el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt; una noche invernal. Me contó que en alguna parte existía un pozo vacío, y que gozaba de tan mala reputación que todo el mundo tenía &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;miedo&lt;/span&gt; de acercarse. Pero hubo una pobre chica que dijo que bajaría al pozo; todos intentaron detenerla, pero ella fue allá. Y bajó al pozo y regresó riendo y diciendo que allí no había nada en absoluto, excepto hierba verde, piedras rojas y blancas, y flores amarillas. Poco después la gente vio que llevaba unos preciosos pendientes de esmeraldas y le preguntaron cómo los había conseguido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que sus pendientes no eran de esmeraldas ni nada parecido, sino que estaban hechos de hierba verde. Luego, cierto día, vieron que llevaba en el pecho el rubí más rojo que jamás se había visto por esos contornos, y que brillaba y centelleaba. Le preguntaron cómo lo había obtenido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que no era un rubí, sino solamente una piedra roja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por esos contornos, mucho más elegante que el más elegante de la reina, compuesto de relucientes diamantes, a centenares, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio. Así que le preguntaron cómo lo había conseguido. Pero ella se rió y dijo que no eran diamantes, sino únicamente piedras blancas. Y un día fue a la Corte llevando en la cabeza una corona de monedas de oro puro, eso dijo la niñera, que brillaba como el sol y era mucho más espléndida que la que llevaba el propio rey; además, llevaba esmeraldas en las orejas, un gran rubí le servía de broche, y un magnífico collar de diamantes centelleaba en su cuello. El rey y la reina pensaron que sería alguna eminente princesa de un país lejano y descendieron de sus tronos para salir a su encuentro; pero alguien les contó de quién se trataba en realidad y que era completamente pobre. Así que el rey le preguntó por qué llevaba una corona de oro y cómo la había conseguido. Y ella se rió y dijo que no era una corona de oro, sino solamente unas flores amarillas que se había puesto en el pelo. El rey pensó que aquello era muy extraño y le dijo que debería permanecer en la Corte y ya verían que pasaba después. La joven era tan encantadora que todos decían que sus ojos eran más verdes que las esmeraldas, sus labios más rojos que el rubí, su piel más blanca que los diamantes, y su pelo más resplandeciente que el oro. De forma que el hijo del rey dijo que quería casarse con ella, y el rey le respondió que podía hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El obispo los casó y hubo una gran cena; después, el hijo del rey fue a la alcoba de su esposa. Pero justo cuando iba a abrir la puerta, vio frente a ésta a un hombre alto, vestido de negro, con una cara espantosa, y una voz dijo: -No arriesgues tu vida , pues ésta es mi propia esposa-&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces el hijo del rey cayó al suelo fulminado. Acudió mucha gente que intentó entrar en la alcoba sin conseguirlo, y golpeó la puerta con hachas; pero la madera se había endurecido como el hierro y, finalmente, huyeron todos, tan asustados que estaban por los gritos, risas, chillidos y llantos que salían de la alcoba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente consiguieron entrar, descubriendo que no había en ella más que un espeso humo negro, ya que el hombre de negro se había llevado a la joven. Encontraron sobre la cama dos lazos de hierba marchita, una piedra roja, y algunas piedras blancas y flores amarillas ajadas. Me acordé de este &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt; de mi niñera mientras permanecí en el fondo del profundo hoyo; todo allí era tan extraño que sentí &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;miedo&lt;/span&gt;. No pude divisar ninguna de las piedras ni de las flores, pero temí llevármelas sin saberlo, y se me ocurrió hacer un &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;hechizo&lt;/span&gt; que me vino a la memoria para mantener alejado al hombre de negro. Así que permanecí de pie en el mismo centro de la hoya, me aseguré de que no llevaba encima ni piedras ni flores, y luego di varias vueltas al lugar, toqué mis ojos, mis labios y mi pelo de una manera especial, y susurré algunas extrañas palabras que me había enseñado la niñera para alejar a las cosas malignas. Entonces me sentí a salvo, salí trepando de la hoya y proseguí a través de todos aquellos montículos, depresiones y barreras, hasta llegar al final, que estaba más elevado que el resto, desde donde pude ver que las diferentes formas dibujadas sobre la tierra estaban dispuestas siguiendo una pauta, algo así como las rocas grises, sólo que con distinta pauta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezaba a oscurecer, pero desde donde yo me encontraba parecían dos enormes figuras humanas tumbadas en la hierba. Seguí adelante y, finalmente, encontré cierto bosque, demasiado secreto para describirlo, pues nadie sabe cómo atravesarlo, descubrimiento que yo hice de manera muy curiosa, viendo entrar a un animalito. De modo que seguí al animal por un sendero muy estrecho y oscuro, bajo espinos y arbustos, y ya casi había anochecido cuando llegué a una especie de claro en el centro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí vi la cosa más maravillosa que jamás había visto, aunque sólo un momento, pues huí inmediatamente, salí del bosque por el sendero por el que había venido, y corrí más deprisa que nunca, porque estaba asustada de tan maravilloso, extraño y hermoso que era lo que acababa de ver. Pero quería regresar a casa y pensar en ello, pues no sabía lo que podía sucederme si me quedaba en el bosque. Mientras corría por la espesura, ardía y temblaba, mi corazón latía aceleradamente, y no podía evitar el dejar escapar extraños gritos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me alegré de que una enorme luna blanca apareciese sobre una colina y me mostrara el camino, de modo que volví a pasar por los montículos y hoyas, descendí al angosto valle, ascendí a través de los matorrales al lugar de las rocas grises y, finalmente, llegué a casa. Mi padre estaba ocupado en su despacho y los criados no le habían contado que yo no había vuelto a casa, aunque estaban asustados, y se preguntaban qué debían hacer; de modo que les dije que me había perdido, pero no les dejé que descubrieran el verdadero camino que había seguido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me fui a la cama y permanecí despierta, pensando en lo que había visto. Cuando abandoné el estrecho sendero me pareció todo tan auténtico que durante el camino de vuelta a casa estuve segura de haberlo visto. Ahora deseaba quedarme a solas en mi habitación para alegrarme por cuanto había presenciado y, cerrando los ojos, fingir que me encontraba allí y que hacía todas las cosas que habría hecho de no haberme asustado tanto. Pero cuando cerré los ojos no me vino la visión, y comencé otra vez a pensar en mi aventura, y recordé lo oscura y misteriosa que resultó al final, y temí que todo fuera un engaño, pues parecía imposible que hubiera sucedido todo aquello. Parecía uno de los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos de la niñera&lt;/span&gt;, en los que realmente no creía, aunque en verdad me había asustado en el fondo de la hoya; las &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;historias&lt;/span&gt; que ella me contaba cuando yo era pequeña me volvieron a la mente, y me pregunté si sería cierto lo que creía haber visto, o si alguno de los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos&lt;/span&gt; habría sucedido hace mucho tiempo. Permanecí despierta. La casa estaba en silencio. Había oído a mi padre subir las escaleras, y poco después el reloj dio las doce y la casa se quedó silenciosa y vacía, como si nadie viviera en ella. Aunque todo estaba oscuro en mi habitación, un pálido resplandor brillaba a través de la blanca persiana, y en cuanto me levanté y miré hacia afuera, vi la gran sombra negra de la casa cubriendo el jardín, como si fuera una cárcel de condenados a muerte, y más allá todo estaba blanco, y el bosque resplandecía de blancura con negros abismos entre los árboles. Era una noche clara y tranquila, sin nubes en el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deseaba pensar en lo que había visto, pero no podía, y empecé a recordar todos los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos&lt;/span&gt; que la niñera me había contado hace mucho tiempo y creía haber olvidado. Los recordé todos y los mezclé con los matorrales y las rocas grises y las hoyas en la tierra y el bosque secreto, hasta que apenas supe lo que era verdad y lo que era &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt;, y pensé si todo no sería un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces me acordé de aquella calurosa tarde de verano, hace tanto tiempo, en que la niñera me dejó sola a la sombra y la &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;gente blanca&lt;/span&gt; salió del agua y del bosque, y jugó, bailó y cantó, y tuve la impresión de que la niñera me había contado algo parecido antes de que lo viera, sólo que no podía recordar exactamente de qué se trataba. Entonces me pregunté si no sería ella la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;dama blanca&lt;/span&gt;, pues recordé que era igual de blanca y de bella, y tenía idénticos ojos oscuros y pelo negro; y a veces, al contarme alguno de sus &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos&lt;/span&gt;, que empezaban por &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Érase una vez&lt;/span&gt;, o &lt;span style="font-style: italic;"&gt;En tiempo de las hadas&lt;/span&gt;..., sonreía y me miraba como solía hacerlo la dama. Pero pensé que no podía ser ella, pues parecía haber tomado un camino diferente en el bosque, y no creía que el hombre que vino siguiéndonos fuese el otro, porque entonces no podría haber visto aquel maravilloso secreto del bosque secreto. Pensé en la luna: pero no vi aparecer su enorme disco blanco por encima de una colina hasta después, cuando me encontraba en medio del territorio salvaje donde la tierra formaba grandes figuras y todo eran barreras, misteriosas hoyas y suaves montículos redondeados. Pensé en todas estas cosas hasta que, finalmente, me asusté, pues temía que me pasara algo, y recordé el cuento de la pobre chica que se metió en una hoya y al final el hombre negro se la llevó. Sabía que yo también había bajado al fondo de una hoya, quién sabe si a la misma, y había hecho algo espantoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que volví a hacer el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;hechizo&lt;/span&gt;, me toqué los ojos, los labios y los cabellos de una forma especial, y pronuncié las viejas palabras en el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;idioma de las hadas&lt;/span&gt;, para poder estar segura de que nadie me llevaría. Intenté ver de nuevo el bosque secreto, reptar por el pasadizo y ver lo que había visto la otra vez, pero, por alguna razón, no pude y seguí pensando en los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos&lt;/span&gt; de la niñera. Me acordé de uno acerca de un joven que fue una vez a cazar: él y sus perros estuvieron todo el día cazando pero no encontraron nada. El joven estaba irritado y ya iba a retornar cuando, en el preciso momento en que el sol incidía sobre la montaña, vio salir de la maleza frente a él a un magnífico venado blanco. Azuzó a sus perros, pero éstos empezaron a gimotear y no quisieron perseguirlo; azuzó a su caballo, pero éste se estremeció y permaneció inmóvil; el joven saltó del caballo, abandonó a los perros y comenzó a perseguir solo al venado blanco. Pronto se hizo de noche; el cielo estaba negro, sin que brillase en él ni una sola estrella, y el venado desapareció en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aunque el hombre llevaba consigo su escopeta, no disparó, pues quería capturarlo con vida. Pero jamás perdió su rastro, pese a lo negro que estaba el cielo y lo oscuro de la noche, y el venado siguió su camino hasta que el joven ya no supo dónde estaba. Atravesaron bosques inmensos donde el aire estaba repleto de susurros y un pálido y mortecino resplandor brotaba de los troncos podridos que yacían en el suelo, y justamente cuando el hombre creyó haber perdido al venado, lo vio frente a él todo blanco y resplandeciente; corrió velozmente tras él, pero el venado fue más rápido, de modo que no pudo atraparlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atravesaron bosques inmensos, cruzaron ríos a nado, vadearon negros pantanos en los que el suelo burbujeaba y el aire estaba lleno de fuegos fatuos; el venado, en su huida, bajó a angostos valles rocosos donde el aire olía a panteón, y el hombre siguió tras él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escalaron grandes montañas y el hombre escuchó al viento bajar del cielo, y el venado siguió huyendo y el hombre siguió tras él. Finalmente salió el sol y el joven descubrió que se encontraba en un país que jamás había visto antes; era un hermoso valle atravesado por una corriente transparente, con una gran colina redonda en el centro. El venado descendió al valle, en dirección a la colina, y parecía hallarse cansado, pues iba cada vez más despacio, y el hombre, aunque también estaba muy cansado, empezó a correr más deprisa, seguro de que, finalmente, capturaría al venado. Pero justamente al llegar al pie de la colina, cuando el hombre alargaba la mano para atrapar al venado, éste desapareció bajo tierra; y el hombre empezó a llorar porque sentía haberlo perdido después de una cacería tan larga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mientras lloraba descubrió una entrada en la colina, justo frente a él, la franqueó y se encontró completamente a oscuras, pero siguió adelante, pues pensaba dar con el venado blanco. De pronto se hizo la luz y pudo verse el cielo, el sol resplandeciente, pájaros cantando en los árboles y una hermosa fuente. Junto a ella estaba sentada una adorable dama, la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;reina de las hadas&lt;/span&gt;, que le dijo al hombre que se había transformado en venado para llevarle hasta allí, debido a lo mucho que le amaba. Luego sacó una gran copa de oro cubierta de joyas, procedente de su palacio mágico, y le ofreció en ella vino. Bebió él, y cuanto más bebía más ansias tenía de beber, pues el vino estaba encantado. De modo que besó a la dama y la hizo su esposa, y permaneció todo el día y toda la noche en la colina donde ella vivía. Cuando despertó se encontró tumbado en el suelo, cerca del lugar en donde había visto por vez primera al venado; allí estaba su caballo y sus perros, esperándole, y al levantar la vista vio que el sol estaba poniéndose detrás de la montaña. Regresó a su casa y vivió muchos años, pero jamás volvió a besar a ninguna otra dama porque había besado a la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;reina de las hadas&lt;/span&gt;, y nunca más volvió a beber vino corriente, ya que había probado el vino encantado. A veces la niñera me contaba &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos&lt;/span&gt; que había oído a su bisabuela, que era muy anciana y vivía sola en una casa de campo en la montaña; la mayoría de ellos trataban de una colina, donde, hace mucho tiempo, la gente solía reunirse de noche para jugar a toda clase de juegos y hacer cosas raras que la niñera me contó, pero que yo no pude entender. Según ella, ahora, a excepción de su bisabuela, todos habían olvidado aquello, y nadie sabía dónde estaba la colina, ni siquiera su bisabuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, me contó una &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;extraña historia&lt;/span&gt; relacionada con esa colina, y me estremecí al recordarla. Me dijo que la gente iba siempre allí en verano, cuando hacía mucho calor, y tenían que bailar mucho. Al principio todo estaba a oscuras y había allí árboles que ensombrecían mucho más el lugar; la gente venía, uno tras otro, de todas direcciones, por un sendero secreto; dos de ellos se quedaban a vigilar, y todos los que subían tenían que hacerles una señal muy extraña, que la niñera me enseñó lo mejor que pudo, aunque dijo que no podía enseñármela como es debido. Acudía toda clase de gente: personas bien nacidas y aldeanos, algunos ancianos, chicos y chicas, y bastantes niños pequeños, que se sentaban y observaban. Todo estaba a oscuras cuando llegaban, excepto un rincón donde alguien quemaba algo que olía fuerte y fragante y les hacía reír, mientras se veía el resplandor de los carbones y el humo rojo elevándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraban todos, y cuando lo había hecho el último la puerta desaparecía, de modo que nadie más podía entrar, aunque supiese que al otro lado había algo. En cierta ocasión, un caballero extranjero, que llevaba cabalgando un buen trecho, se extravió de noche y su caballo le condujo al mismo centro de esta región salvaje, por todas partes había espantosos pantanos y grandes piedras, agujeros en el suelo, y los árboles parecían horcas, pues tenían largos brazos negros que se extendían a través del camino. Este caballero estaba muy asustado y su caballo comenzó a temblar, hasta que, finalmente, se detuvo y no hubo forma de hacerle seguir, por lo que el caballero descabalgó e intentó llevarlo de las riendas, mas no consiguió moverlo, estando todo él cubierto de un sudor cadavérico. Así que el caballero continuó solo, internándose cada vez más en la región salvaje, hasta que al fin llegó a un lugar oscuro, donde oyó gritos, cánticos y llantos, como jamás había oído anteriormente. Todo sonaba muy cerca, pero no podía ver nada, así que se puso a dar voces y, mientras lo hacía, algo apareció a sus espaldas y, en un momento, quedó inmovilizado de pies, manos y boca y se desvaneció. Cuando volvió en sí estaba tumbado al borde del camino, exactamente donde se había perdido el caballo la primera vez, bajo un roble seco de tronco ennegrecido, y su montura estaba atada a su lado. De modo que cabalgó hasta la ciudad y allí contó a la gente lo que le había sucedido; algunos se asombraron, pero otros sabían de lo que se trataba. Una vez que todos habían entrado, la puerta desaparecía para que nadie más pudiera pasar por ella. Y cuando estaban todos dentro, reunidos en círculo, tocándose unos a otros, alguien comenzaba a cantar en la oscuridad, y otro hacía un ruido parecido al trueno con un objeto que tenían a propósito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las noches de calma, la gente oía aquel estruendoso ruido mucho más lejos de la región salvaje, y algunos, que creían saber lo que pasaba, solían hacerse una señal en el pecho cuando despertaban en sus lechos en plena noche y oían aquel terrible ruido grave, parecido al trueno en las montañas. El ruido y los cánticos continuaban, y la gente, agrupada en círculo, se balanceaba de un lado para otro; la canción estaba en una antigua lengua que nadie conoce ahora, y la tonada era extraña. La niñera decía que su bisabuela había conocido, siendo todavía muy niña, a un hombre que se acordaba un poco de la canción; luego trató de contarme algo de ella, y la tonada era tan rara que me quedé completamente helada y se me puso la carne de gallina, como si hubiese tocado algo muerto. Unas veces era un hombre quien la cantaba, y otras una mujer; y, de vez en cuando, el que la cantaba lo hacía tan bien que dos o tres personas allí presentes caían al suelo gritando. El cántico proseguía y la gente seguía balanceándose durante un buen rato, y, por fin, la luna se elevaba por encima de un lugar que llamaban &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tole Deol&lt;/span&gt;, ascendía y los iluminaba dando vueltas, rodeados de un espeso humo procedente de los carbones encendidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces cenaban. Un chico y una chica les servían la cena; el chico portaba una gran copa de vino, y la chica una barra de pan, e iban pasándose de uno a otro el pan y el vino, que sabían muy distintos del pan y el vino corrientes y transformaban a cuantos los probaban. Luego se levantaban todos y bailaban, y sacaban objetos secretos de sus escondites, y jugaban a juegos extraordinarios, y bailaban en círculo a la luz de la luna, y, a veces, había gente que desaparecía de repente y nunca más se tenían noticias de ellos ni nadie sabía lo que les había sucedido. Y bebían más de aquel curioso vino, y fabricaban imágenes y las adoraban; y un día que salimos a pasear, al pasar por un lugar donde había un montón de arcilla húmeda, me enseñó cómo se fabricaban estas imágenes. De modo que me preguntó si me gustaría saber qué eran aquellas cosas que hacían en la colina, y le dije que sí. Entonces me pidió que le prometiera no decir ni una sola palabra a ningún ser viviente, pues si lo hacía sería arrojada al pozo negro con los muertos. Le contesté que no se lo contaría a nadie, pero ella siguió diciéndome lo mismo una y otra vez, hasta que se lo prometí...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí leyendo la segunda parte de &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-libro-verde-segunda-parte.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;El Libro Verde, de Arthur Machen&lt;/span&gt;.&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/05/arthur-machen-relatos-y-novelas.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Más relatos de Arthur Machen.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/libros-esotericos-gratis.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Libros esotéricos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/relatos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos fantásticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos de terror.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/10/literatura-gotica-relatos-cuentos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos góticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2858903037590892511-181353272896105767?l=elespejogotico.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel="replies" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/181353272896105767/comments/default" title="Enviar comentarios" /><link rel="replies" type="text/html" href="https://www.blogger.com/comment.g?blogID=2858903037590892511&amp;postID=181353272896105767" title="0 comentarios" /><link rel="edit" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/181353272896105767?v=2" /><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/181353272896105767?v=2" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-libro-verde-arthur-machen.html" title="El libro verde: Arthur Machen" /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty name="OpenSocialUserId" value="15707149690853009581" /></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmSz5NzZbAI/AAAAAAAABpU/ViImt0PvCSE/s72-c/el_libro_verde_arthur_machen.jpg" height="72" width="72" /><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></entry><entry gd:etag="W/&quot;A0QBQn07fSp7ImA9WxJbEE8.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511.post-6053845728292395855</id><published>2009-07-19T11:08:00.000-07:00</published><updated>2009-07-19T11:49:13.305-07:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-19T11:49:13.305-07:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos goticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="edgar allan poe" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos goticos" /><title>La caida de la casa Usher: Edgar Allan Poe.</title><content type="html">&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmNqny7_hVI/AAAAAAAABpM/wcACWCOZA98/s1600-h/caida_casa_usher_edgar_allan_poe.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 200px; height: 284px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmNqny7_hVI/AAAAAAAABpM/wcACWCOZA98/s320/caida_casa_usher_edgar_allan_poe.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5360245213421864274" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;La caída de la casa Usher&lt;/span&gt; (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The fall of the house of Usher&lt;/span&gt;) es un &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de terror&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; del &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/relatos-norteamericanos.html"&gt;escritor norteamericano&lt;/a&gt; &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/01/edgar-allan-poe-relatos-y-poemas-gratis.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Edgar Allan Poe&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;. Fue publicado en 1839, aunque su versión definitiva apareció un año después, en la colección &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos de lo grotesco y lo arabesco&lt;/span&gt;. El &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato&lt;/span&gt; también contiene uno de los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;mejores poemas de Poe&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;The haunted palace&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hay que decir sobre este &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt; (que bien podría ser lo único, siendo lo demás irrelevante) es que en su estructura se condensa toda la visión de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Edgar Allan Poe&lt;/span&gt; sobre el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato corto&lt;/span&gt;. Todo, absolutamente cada elemento y palabra, son esenciales para la silueta final del &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato&lt;/span&gt;. Y esto hay que tenerlo en cuenta, ya que pocos autores fueron lo suficientemente sutiles como para sacrificar la tendencia barroca del período en busca de la economía y la eficacia narrativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entrar en la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;trama de &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;La caída de la casa Usher&lt;/span&gt; puede parecer simple, pero no lo es, ni siquiera remotamente. Baste decir que es un &lt;span style="font-style: italic;"&gt;relato total&lt;/span&gt;, es decir, un &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt; que contiene todo lo que &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Poe&lt;/span&gt; era capaz de dar, sin que ello nos deje algunos interrogantes válidos; como la cita errónea del &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;poema de De Béranger&lt;/span&gt; al comienzo; desliz que encierra otro misterio que no develaremos; pero que esperamos evacuar oportunamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de entrar en el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuento&lt;/span&gt;; les dejamos un interesante corto sobre &lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;La caída de la casa Usher&lt;/span&gt;, que quizás estimule a los indecisos a meterse de lleno en este extraordinario &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de Edgar Allan Poe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;object height="344" width="425"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/Gpj8ZT2RmBU&amp;amp;hl=es&amp;amp;fs=1&amp;amp;color1=0x402061&amp;amp;color2=0x9461ca"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/Gpj8ZT2RmBU&amp;amp;hl=es&amp;amp;fs=1&amp;amp;color1=0x402061&amp;amp;color2=0x9461ca" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="344" width="425"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;La Caída de la Casa Usher.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Fall of the House of Usher&lt;/span&gt;; Edgar Allan Poe (1809-1849)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Son coeur est un luth suspendu:&lt;br /&gt;Sitôt qu’on le touche il resonne.&lt;br /&gt;(Su corazón es un laúd suspendido,&lt;br /&gt;No bien lo tocan, resuena)&lt;br /&gt;Pierre Jean De Béranger.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían opresoras en los cielos, había cruzado solo, a caballo, a través de una extensión monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras de la noche se extendían, a la vista de la melancólica &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Casa de Usher&lt;/span&gt;. No sé cómo sucedió; pero, a la primera vista del edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la desolación o del &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;terror&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contemplaba yo la escena ante mí -la simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos- con una completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello -me detuve a pensar-, qué era aquello que me desalentaba así al contemplar la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Casa de Usher&lt;/span&gt;? Era un misterio del todo insoluble; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo —pero con un estremecimiento más aterrador aún que antes— las imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos de los lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, fue uno de mis joviales compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame llegado recientemente a una alejada parte de la comarca -una carta de él-, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia física aguda -de un trastorno mental que le oprimía- y de un ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su mal. Era la manera como decía todas estas cosas y muchas más, era la forma suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía vacilación y, por tanto, obedecí desde luego, lo que consideraba yo, pese a todo, como un requerimiento muy extraño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque de niños hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirado, sabía yo muy poco de mi amigo. Su reserva fue siempre excesiva y habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una familia muy antañona que se había distinguido desde tiempo inmemorial por una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de los siglos en muchas obras de un arte elevado, y que se manifestaba desde antiguo en actos repetidos de una generosa aunque recatada caridad, así como por una apasionada devoción a las dificultades, quizá más bien que a las bellezas ortodoxas y sin esfuerzo reconocibles de la ciencia musical. Tuve también noticia del hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher, por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en ninguna época, rama duradera; en otras palabras: que la familia entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo muy insignificantes y pasajeras excepciones. Semejante deficiencia, pensé -mientras revisaba en mi imaginación la perfecta concordancia de aquellas aserciones con el carácter proverbial de la raza, y mientras reflexionaba en la posible influencia que una de ellas podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la otra-, era acaso aquella ausencia de rama colateral y de consiguiente transmisión directa, de padre a hijo, del patrimonio del nombre, lo que había, a la larga, identificado tan bien a los dos, uniendo el título originario de la posesión a la arcaica y equívoca denominación de "Casa de Usher", denominación empleada por los lugareños, y que parecía juntar en su espíritu la familia y la casa solariega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto pueril -contemplar abajo el estanque- fue hacer más profunda aquella primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi acrecida superstición -¿por qué no definirla así?- sirvió para acelerar aquel crecimiento. Tal es, lo sabía desde larga fecha, la paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror. Y aquélla fue tal vez la única razón que hizo, cuando mis ojos desde la imagen del estanque se alzaron hacia la casa misma, que brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en verdad, que si hago mención de ella es para demostrar la viva fuerza de las sensaciones que me oprimían.&lt;br /&gt;Mi imaginación había trabajado tanto, que creía realmente que en torno a la casa y la posesión entera flotaba una atmósfera peculiar, así como en las cercanías más inmediatas; una atmósfera que no tenía afinidad con el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los muros grisáceos y del estanque silencioso; un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas discernible, de tono plomizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y examiné más minuciosamente el aspecto real del edificio. Su principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad. La decoloración ocasionada por los siglos era grande.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Menudos hongos se esparcían por toda la fachada, tapizándola con la fina trama de un tejido, desde los tejados. Por cierto que todo aquello no implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una violenta contradicción entre aquella todavía perfecta adaptación de las partes y el estado especial de las piedras desmenuzadas. Aquello me recordaba mucho la espaciosa integridad de esas viejas maderas labradas que han dejado pudrir durante largos años en alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina extensiva, el edificio no presentaba el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado de la fachada, se abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las tétricas aguas del estanque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Observando estas cosas, seguí a caballo un corto terraplén hacia la casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco gótico del vestíbulo. Un criado de furtivo andar me condujo desde allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e intrincados, hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas vagas sensaciones de que he hablado antes. Los objetos que me rodeaban -las molduras de los techos, los sombríos tapices de las paredes, la negrura de ébano de los pisos y los fantasmagóricos trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas- eran cosas muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde mi infancia, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como familiares, me sorprendió lo insólitas que eran las visiones que aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante, pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad. Me saludó con azaramiento, y pasó. El criado abrió entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta; las ventanas, largas, estrechas y ojivales, estaban a tanta distancia del negro piso de roble, que eran en absoluto inaccesibles desde dentro. Débiles rayos de una luz roja abríanse paso a través de los cristales enrejados, dejando lo bastante en claro los principales objetos de alrededor; la mirada, empero, luchaba en vano por alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del techo abovedado y con artesones. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y deslucido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Numerosos libros e instrumentos de música yacían esparcidos en torno, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la escena. Sentía yo que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de severa, profunda e irremisible melancolía se cernía y lo penetraba todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se asemejaba mucho, tal vez fue mi primer pensamiento, a una exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de mundo ennuyé40. Con todo, la ojeada que lancé sobre su cara me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad de piedad y mitad de pavor. ¡De seguro, jamás hombre alguno había cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick Usher! A duras penas podía yo mismo persuadirme a admitir la identidad del que estaba frente a mí con el compañero de mis primeros años. Aun así el carácter de su fisonomía había sido siempre notable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sobre toda comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de una curva incomparablemente bella; una nariz de un delicado tipo hebraico, pero de una anchura desacostumbrada en semejante forma; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía que no era fácil olvidar. Y al presente, en la simple exageración del carácter predominante de aquellas facciones, y en la expresión que mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba yo del hombre a quien hablaba. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora milagroso de los ojos me sobrecogían sobre toda ponderación, y hasta me aterraban. Además, había él dejado crecer su sedoso cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo, relacionar a aquella expresión arabesca con idea alguna de simple humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me chocó lo primero cierta incoherencia, una contradicción en las maneras de mi amigo, y pronto descubrí que aquello procedía de una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un azaramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba ya preparado para algo de ese género, no sólo por su carta, sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia, y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como indolentes. Su voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de concisión enérgica, a esa enunciación abrupta, pesada, lenta -una enunciación hueca-, a ese habla gutural, plúmbea, muy bien modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho perdido o en el incorregible comedor de opio, durante los períodos de su más intensa excitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era, dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba de encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió acto seguido, que, sin duda, desaparecía pronto. Se manifestaba en una multitud desensaciones extranaturales... Algunas, mientras me las detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos más insípidos; podía usar no más que prendas de cierto tejido; los aromas de todas las flores le sofocaban, una luz, incluso débil, atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos peculiares, los de los instrumentos de cuerda, no le inspiraban &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Moriré -dijo-, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros, no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al pensamiento de cualquier cosa, del más trivial incidente que pueden actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. Siento verdadera aversión al peligro, excepto en su efecto absoluto: el terror. En tal estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes o después llegará un momento en que han de abandonarme a la vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;fantasma&lt;/span&gt;, con el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;miedo&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supe también a intervalos, por insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él encadenado por ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir desde hacía muchos años, relativas a una influencia cuya supuesta fuerza expresaba en términos demasiado sombríos para ser repetidos aquí, una influencia que algunas particularidades en la simple forma y materia de su casa solariega habían, a costa de un largo sufrimiento, decía él, logrado sobre su espíritu un efecto que lo físico de los muros y de las torres grises, y del oscuro estanque en que todo se reflejaba, había al final creado sobre lo moral de su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la muerte —sin duda cercana— de una hermana tiernamente amada, su sola compañera durante largos años, su última y única parienta en la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Su fallecimiento -dijo él con una amargura que no podré nunca olvidar- me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el último de la antigua raza de los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Usher&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia, desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía conforme mis ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una puerta tras ella, mi mirada buscó instintivamente la cara de su hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban abundantes lágrimas apasionadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo la ciencias de sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enfermedad, sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe de la mirada que yo le había dirigido sería, probablemente, la última. Que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En varios días consecutivos no fue mencionado su nombre ni por Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardosos para aliviar la melancolía de mi amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pintamos y leímos juntos, o si no, escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones en su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me admitía con mayor franqueza en las reconditeces de su alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del universo moral u físico una irradiación incesante de tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que pasé solo con el dueño de la Casa de Usher. A pesar de todo, intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de las ocupaciones en que me complicaba o cuyo camino me mostraba. Una idealidad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su luz sulfúrea por doquiera. Sus largas improvisaciones fúnebres resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aria impetuosa del último vals de Weber. En cuanto a las pinturas que incubaba su laboriosa fantasía —que llegaba, trazo a trazo, a una vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues temblaba sin saber por qué—, en cuanto a aquellas pinturas (de imágenes tan vivas, que las tengo aún ante mí), en vano intentaría yo extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondríaco se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso, intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación de los sueños, sin duda, refulgentes, aunque demasiado concretos, de Fuseli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y rectagular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer comprender la idea de que aquella excavación estaba a una profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se veía ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada de rayos intensos rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un lívido e inadecuado esplendor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la guitarra los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico a sus interpretaciones. Pero en cuanto a la férvida facilidad de sus impromptus, no podía uno darse cuenta así. Tenían que ser, y lo eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa concentración mental a los que he aludido antes, y que se observan sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dio, porque bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su sublime razón se tambaleaba sobre su trono. Aquellos versos, titulados El palacio hechizado, eran, poco más o menos, si no al pie de la letra, los siguientes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I.&lt;br /&gt;En el más verde de nuestros valles,&lt;br /&gt;habitado por los ángeles buenos,&lt;br /&gt;antaño un bello y majestuoso palacio&lt;br /&gt;-un radiante palacio- alzaba su frente.&lt;br /&gt;En los dominios del rey Pensamiento,&lt;br /&gt;¡allí se elevaba!&lt;br /&gt;Jamás un serafín desplegó el ala&lt;br /&gt;sobre un edificio la mitad de bello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II.&lt;br /&gt;Banderas amarillas, gloriosas doradas&lt;br /&gt;sobre su remate flotaban y ondeaban&lt;br /&gt;(esto, todo esto, sucedía hace mucho,&lt;br /&gt;muchísimo tiempo);&lt;br /&gt;y a cada suave brisa que retozaba&lt;br /&gt;en aquellos gratos días,&lt;br /&gt;a lo largo de los muros pálidos y empenachados&lt;br /&gt;se elevaba un aroma alado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III.&lt;br /&gt;Los que vagaban por ese alegre valle,&lt;br /&gt;a través de dos ventanas iluminadas, veían&lt;br /&gt;espíritus moviéndose musicalmente&lt;br /&gt;a los sones de un laúd bien templado,&lt;br /&gt;en torno a un trono donde, sentado (¡porfirogénito!)&lt;br /&gt;con un fausto digno de su gloria,&lt;br /&gt;aparecía el señor del reino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV.&lt;br /&gt;Y refulgente de perlas y rubíes&lt;br /&gt;era la puerta del bello palacio&lt;br /&gt;por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas&lt;br /&gt;y centelleaba sin cesar,&lt;br /&gt;una turba de Ecos cuya grata misión&lt;br /&gt;era sólo cantar,&lt;br /&gt;con voces de magnífica belleza,&lt;br /&gt;el talento y el saber de su rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V.&lt;br /&gt;Pero seres malvados, con ropajes de luto,&lt;br /&gt;asaltaron la elevada posición del monarca;&lt;br /&gt;(¡ah, lloremos, pues nunca el alba&lt;br /&gt;despuntará sobre él, el desolado!)&lt;br /&gt;Y en torno a su mansión, la gloria&lt;br /&gt;que rojeaba y florecía&lt;br /&gt;es sólo una historia oscuramente recordada&lt;br /&gt;de las viejas edades sepultadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI.&lt;br /&gt;Y ahora los viajeros, en ese valle,&lt;br /&gt;a través de las ventanas rojizas, ven&lt;br /&gt;amplias formas moviéndose fantásticamente&lt;br /&gt;en una desacorde melodía;&lt;br /&gt;mientras, cual un rápido y horrible río,&lt;br /&gt;a través de la pálida puerta&lt;br /&gt;una horrenda turba se precipita eternamente,&lt;br /&gt;riendo, mas sin sonreír nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo muy bien que las sugestiones suscitadas por esta balada nos sumieron en una serie de pensamientos en la que se manifestó una opinión de Usher que menciono aquí, no tanto en razón de su novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo), sino a causa de la tenacidad con que él la mantuvo. Esta opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta creencia, empero, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con las piedras grises de la mansión de sus antepasados. Aquí las condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento en las quietas aguas del estanque. La prueba —la prueba de aquella sensibilidad— estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y alrededor de los muros, de una atmósfera que les era propia. El resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda, aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan comentarios, y no los haré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestros libros -los libros que desde hacía años formaban una parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo- estaban, como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Vertvert et Chartreuse, de Gresset; el Belphegor, de Maquiavelo; El cielo y el infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo, de Nicolás Klimm de Holberg; la Quiromancia, de Roberto Flaud, de Jean d'Indaginé y de De la Chambre; el Viaje por el espacio azul, de Tieck, y la Ciudad del Sol, de Campanella. Uno de sus volúmenes favoritos era una pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela, acerca de los antiguos sátiros africanos o egipanes, sobre los cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia, con todo, la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso libro gótico in-quarto —el manual de una iglesia olvidada—, las Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensaba a mi pesar en el extraño ritual de aquel libro, y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una noche, habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline ya no existía anunció su intención de conservar el cuerpo durante una quincena (antes de su enterramiento final) en una de las numerosas criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano, había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la alejada y expuesta situación del panteón familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confieso que, cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no sentí deseo de oponerme a lo que consideraba todo lo más como una precaución inocente, pero muy natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ruegos de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras antorchas, semiacabadas en aquella atmósfera sofocante, no nos permitían ninguna investigación) era pequeña, húmeda y no dejaba penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio. Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales, como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular, agudo y chirriante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Depositamos nuestro lúgubre fardo sobre unos soportes en aquella región de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt;, apartamos un poco la tapa del féretro, que no estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido chocante entre el hermano y la hermana atrajo en seguida mi atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos, y que habían existido siempre entre ellos unas simpatías de naturaleza casi inexplicables. Nuestras miradas, entre tanto, no permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado, como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca y morosa que es tan terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillamos la tapa, y después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores de la casa, que no eran menos tristes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena, tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vagaba de estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto. La palidez de su fisonomía había adquirido si es posible, un color más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en ocasiones, y un temblor que se hubiera dicho causado por un terror sumo, caracterizaba de ordinario su habla. Me ocurría a veces, en realidad, pensar que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada por algún secreto opresor, cuya divulgación no tenía el valor para efectuar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, en suma, que se trataba de rarezas inexplicables de la demencia, pues le veía mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar que su estado me aterrase, que incluso sufriese yo su contagio. Sentía deslizarse dentro de mí, en una gradación lenta, pero segura, la violenta influencia de sus fantásticas, aunque impresionantes supersticiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en especial una noche, la séptima o la octava desde que depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales sensaciones. El sueño no quería acercarse a mi lecho, mientras pasaban y pasaban las horas. Intenté buscar un motivo al nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia trastornadora del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los muros y crujían penosamente en torno a los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos fueron inútiles. Un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mi corazón. Respiré con violencia, hice un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las almohadas y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad de la habitación, presté oído —no sabría decir por que me impulsó una fuerza instintiva— a ciertos ruidos vagos, apagados e indefinidos que llegaban hasta mí a través de las pausas de la tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror, inexplicable e insufrible me vestí de prisa (pues sentía que no iba a serme posible dormir en toda la noche) y procuré, andando a grandes pasos por la habitación, salir del estado lamentable en que estaba sumido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas había dado así unas vueltas, cuando un paso ligero por una escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente en mi puerta y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que había yo soportado tanto tiempo, y acogí su presencia como un alivio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y usted no ha visto esto? -dijo él bruscamente, después de permanecer algunos momentos en silencio mirándome—. ¿No ha visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de una rareza singular en su terror y en su belleza. Un remolino había concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas, que pasaban sobre las tordillas de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo mismo que todos los objetos terrestres muy cerca alrededor nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja luminosa y bien visible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡No debe usted, no contemplará usted esto! —dije, temblando, a Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—. Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta terrible noche, juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad, poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía inmediatamente a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación que agitaba al hipocondríaco podría hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido congratularme del éxito de mi propósito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que Ethelredo, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar pacíficamente en la morada del ermitaño, se decide a entrar por la fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente la narración: "Y Ethelredo que era por naturaleza de valeroso corazón, y que ahora sentíase, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino que había bebido no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la malicia; pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos golpe abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a su mano enguantada de hierro; y entonces tirando con ella vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a hueco repercutió de una parte a otra de la selva."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final de esta frase me estremecí e hice un pausa, pues me había parecido (aunque pensé e seguida que mi excitada imaginación me engañaba) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba confuso a mis oídos un ruido que se hubiera dicho, a causa de su exacta semejanza de tono, el eco (pero sofocado y sordo, ciertamente de aquel ruido real de crujido y de arrancamiento descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era sin duda, la única coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro, nada que pudiera intrigarme o turbarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continué la narración:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el buen campeón Ethelredo, franqueando entonces la puerta, se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con esta leyenda encima:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que entre aquí, vencedor será;&lt;br /&gt;el que mate al dragón, el escudo ganará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ethelredo levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón, que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelredo tuvo que taparse los oídos con las manos para resistir aquel terrible estruendo como no lo había él oído nunca antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí hice de súbito una nueva pausa, y ahora con una sensación de violento asombro, pues no cabía duda de que había yo oído esta vez (érame imposible decir de qué dirección venía) un ruido débil y como lejano, pero áspero, prolongado, singularmente agudo y chirriante, la contrapartida exacta del rito sobrenatural del dragón descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había ya figurado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos, conservé, empero, la suficiente presencia de ánimo para tener cuidado de no excitar con una observación cualquiera la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro en absoluto de que él hubiera notado los ruidos en cuestión, siquiera, a no dudar, una extraña alteración habíase manifestado, desde hacía unos minutos, en su actitud. De su posición primera enfrente de mí había él hecho girar gradualmente su silla de modo a encontrarse sentado con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo podía yo ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible. Su cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero constante y uniforme oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual, en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro, profundo, metálico, resonante, si bien sordo en apariencia. Excitado a más no poder, salté sobre mis pies, en tanto que Usher no había interrumpido su balanceo acompasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus ojos estaban fijos ante sí, y toda su fisonomía, contraída por una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió toda su ser, una débil sonrisa tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo apagado, rápido y balbuciente, como si no se diera cuenta de mi presencia. Inclinándome sobre él, absorbí al fin el horrendo significado de sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy! ¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelredo, ¡ja, ja! ¡La puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato! —y en ese momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como si en aquel esfuerzo exhalase su alma—: Insensato. ¡Le digo a usted que ella está ahora detrás de la puerta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las señales evidentes de una enconada lucha. Durante un momento permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Huí de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando franqueé la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el camino y me volví para ver dónde podía brotar claridad tan singular, pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La irradiación provenía de la luna llena, que se ponía entre un rojo de sangre, y que ahora brillaba con viveza a través de aquella grieta antes apenas visible, y que, como ya he dicho al principio, se extendía, zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la examinaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez; hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero del satélite estalló de repente ante mi vista; mi cerebro se alteró cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y silenciosamente sobre los restos de la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Casa de Usher&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;Edgar Allan Poe&lt;/span&gt; (1809-1849)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/01/edgar-allan-poe-relatos-y-poemas-gratis.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Más relatos de Edgar Allan Poe.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/10/literatura-gotica-relatos-cuentos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos góticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos de terror.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/relatos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos fantásticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Más Literatura:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul style="font-weight: bold;"&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/novelas-de-terror.html"&gt;Novelas de terror.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/04/novelas-goticas.html"&gt;Novelas góticas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/11/relatoscuentos-y-poemas-sobre-vampiros.html"&gt;Relatos de vampiros.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/02/historias-de-fantasmas.html"&gt;Relatos de fantasmas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/12/relatos-de-hombres-lobo.html"&gt;Relatos de lobos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;La introducción al &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de Edgar Allan Poe&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;La caída de la casa Usher (The fall of the house of Usher)&lt;/span&gt; fue escrita por &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/"&gt;El Espejo Gótico.&lt;/a&gt; Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2858903037590892511-6053845728292395855?l=elespejogotico.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel="replies" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/6053845728292395855/comments/default" title="Enviar comentarios" /><link rel="replies" type="text/html" href="https://www.blogger.com/comment.g?blogID=2858903037590892511&amp;postID=6053845728292395855" title="1 comentarios" /><link rel="edit" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/6053845728292395855?v=2" /><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/6053845728292395855?v=2" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/la-caida-de-la-casa-usher-edgar-allan.html" title="La caida de la casa Usher: Edgar Allan Poe." /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty name="OpenSocialUserId" value="15707149690853009581" /></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmNqny7_hVI/AAAAAAAABpM/wcACWCOZA98/s72-c/caida_casa_usher_edgar_allan_poe.jpg" height="72" width="72" /><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">1</thr:total></entry><entry gd:etag="W/&quot;CU8NRHg5fip7ImA9WxJUGUk.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511.post-6279810973778955088</id><published>2009-07-18T11:34:00.001-07:00</published><updated>2009-07-18T12:04:55.626-07:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-18T12:04:55.626-07:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="novelas" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="theophile gautier" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="novelas de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="novelas goticas" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura gotica" /><title>El romance de la momia: Theophile Gautier</title><content type="html">&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmIcEYWk6EI/AAAAAAAABpE/IyUl5c-AAbo/s1600-h/la_momia_theophile_gautier.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; 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que durante una época en donde los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;rituales egipcios&lt;/span&gt; solían ser malentendidos, alcanzó una comprensión increíble de sus formas y símbolos. La mayoría de las versiones cinematográficas sobre &lt;span style="font-style: italic;"&gt;la momia&lt;/span&gt; encuentran su fuente en esta &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;novela de Theophile Gautier&lt;/span&gt;. Su trama es bastante conocida, de modo que sólo daremos un repaso muy superficial sobre ella:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca del río Nilo, en el ignoto valle de Biban el Molouk; un joven aristócrata inglés (Lord Evandale) y un sabio alemán (el doctor Rumphius) descubren una extraña tumba que jamás ha sido profanada. En la expedición son asistidos por otro personaje, un bizarro erudito en egiptología, el griego Argyropoulos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella tumba ha estado cerrada durante 3.500 años. Sus salones y laberintos permanecen intactos, ya que nadie se ha atrevido a violar sus secretos. Rápidamente, el grupo intuye que no se trata de una tumba normal, sino de un lecho real: la tumba de un faraón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de arduos trabajos, el equipo llega finalmente hasta el sarcófago, cubierto por una enorme losa de basalto negro. Al abrirla se encuentran ante una &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;momia&lt;/span&gt; perfectamente conservada: es una mujer de facciones hermosas y delicadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras el descubrimiento de la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;momia&lt;/span&gt;, &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Theophile Gautier&lt;/span&gt; nos trasporta al &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;antiguo Egipto&lt;/span&gt;, donde nos relata los avatares de esta mujer, y el extraño destino que pesa sobre su carne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Pueden &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;leer o descargar &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;El romance de la momia&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;, de Theophile Gautier&lt;/span&gt;, aquí:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.scribd.com/doc/17461433/Romance-de-La-Momia" target="_blank"&gt;http://www.scribd.com/doc/17461433/Romance-de-La-Momia&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/02/theophile-gautier-poemas-y-relatos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Más relatos de Theophile Gautier.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/novelas-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Novelas de terror.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/04/novelas-goticas.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Novelas góticas.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Si tienes problemas para &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;bajar la novela de la momia, de Theophile Gautier&lt;/span&gt;, deberías leer esto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Más Literatura:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul style="font-weight: bold;"&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/10/literatura-gotica-relatos-cuentos.html"&gt;Relatos góticos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/relatos-fantasticos.html"&gt;Relatos fantásticos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/11/relatoscuentos-y-poemas-sobre-vampiros.html"&gt;Relatos de vampiros.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/02/historias-de-fantasmas.html"&gt;Relatos de fantasmas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/09/relatos-del-romanticismo.html"&gt;Relatos del romanticismo.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;Relatos de terror.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;La introducción a la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;novela de Theophile Gautier&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;El romance de la momia (Le roman de la momie)&lt;/span&gt; fue escrito por &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/"&gt;El Espejo Gótico.&lt;/a&gt; Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2858903037590892511-6279810973778955088?l=elespejogotico.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel="replies" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/6279810973778955088/comments/default" title="Enviar comentarios" /><link rel="replies" type="text/html" href="https://www.blogger.com/comment.g?blogID=2858903037590892511&amp;postID=6279810973778955088" title="0 comentarios" /><link rel="edit" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/6279810973778955088?v=2" /><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/6279810973778955088?v=2" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-romance-de-la-momia-theophile.html" title="El romance de la momia: Theophile Gautier" /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty name="OpenSocialUserId" value="15707149690853009581" /></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="http://2.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmIcEYWk6EI/AAAAAAAABpE/IyUl5c-AAbo/s72-c/la_momia_theophile_gautier.gif" height="72" width="72" /><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></entry><entry gd:etag="W/&quot;CUYDQ3o8eip7ImA9WxJUGEg.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511.post-7603755230670651228</id><published>2009-07-17T10:03:00.000-07:00</published><updated>2009-07-17T10:52:52.472-07:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-17T10:52:52.472-07:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="algernon  blackwood" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos goticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos goticos" /><title>El hombre al que amaban los arboles: Algernon Blackwood</title><content type="html">&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmC59ugjbtI/AAAAAAAABo8/J-hvFPmfZ_Y/s1600-h/el_hombre_al_que_amaban_los_arboles_blackwood.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 180px; height: 278px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmC59ugjbtI/AAAAAAAABo8/J-hvFPmfZ_Y/s320/el_hombre_al_que_amaban_los_arboles_blackwood.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5359488026678619858" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El Hombre al que Amaban los Árboles&lt;/span&gt; (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Man Whom the Trees Loved&lt;/span&gt;) es un &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/cuentos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato fantástico&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; del &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/05/relatos-ingleses.html"&gt;escritor inglés&lt;/a&gt; &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/algernon-blackwood-relatos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Algernon Blackwood.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Indudablemente se trata de uno de los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;mejores cuentos de Algernon Blackwood&lt;/span&gt;; aunque su esencia arbórea también es evidente en su &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;mejor relato&lt;/span&gt;: &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/los-sauces-algernon-blackwood.html"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Willows (Los sauces).&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; En ambas narraciones, &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Blackwood&lt;/span&gt; explora un &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt; visceral, metafísico; lejano a los monstruos pegajosos que con tanta asiduidad asolan nuestra biblioteca. El &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;terror de Algernon Blackwood&lt;/span&gt; es mítico, arquetípico, medular; y reacciona ante los misterios de la naturaleza, ante los espasmos incognoscibles de la oscuridad que aún palpitan en el corazón del hombre moderno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Algernon Blackwood&lt;/span&gt; sacude de algún modo al lector, arrebatándolo de se escenario lógico, y llevándolo hacia regiones menos predecibles. Otros &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/01/biblioteca-gotica-cuentos-poemas.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;maestros de la literatura fantástica&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; eligen un camino inverso: bibliotecas sombrías, arcanos, mansiones y castillos malditos, experimentos demenciales, seres gelatinosos venidos de una realidad imposible. Con &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Blackwood&lt;/span&gt;, la cuestión transita en un plano diferente; ya que son las siluetas y objetos familiares quienes se transforman en el umbral del &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt;. En &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El hombre al que amaban los árboles&lt;/span&gt;, naturalmente, el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;terror&lt;/span&gt; surge de sus formas gríseas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;historias de bosques&lt;/span&gt; ásperos y oscuros, todas las fantasías de árboles hechos de hierro y sombra; encuentran su vértice narrativo en este maravilloso&lt;span style="font-weight: bold;"&gt; cuento&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El hombre al que amaban los árboles&lt;/span&gt; nos narra la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;historia&lt;/span&gt; de un hombre que alza sus oídos al viento, escucha los murmullos del bosque y la brisa silenciosa que sacude las ramas. Es un bosque denso, donde el aire es pesado y húmedo. La vida se arremolina en un lujurioso abrazo de raíces, de retorcidos verdes y grises. Hay una malicia en aquel bosque, algo que tantea el alma de los caminantes; algo que brota de la inmovilidad espantosa de los árboles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Describir o intentar reducir la trama de &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El hombre al que amaban los árboles&lt;/span&gt; es un ejercicio al que no cederemos. La &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;lectura de este cuento&lt;/span&gt; es una experiencia de los sentidos, la razón tiene poca cabida en su desarrollo, a pesar de ser la razón quien ordena los símbolos que finalmente desembocarán en la experiencia sensitiva. &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Algernon Blackwood&lt;/span&gt; señala un camino, un bello camino; transitable sólo para quienes no estén del todo adormecidos por la vida moderna. Los seres anestesiados por la tecnología necesitan otra clase de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt;. Para ellos basta un espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Pueden &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;leer o descargar &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;El hombre al que amaban los árboles&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;, de Algernon Blackwood&lt;/span&gt;; aqui:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.scribd.com/doc/17435861/El-hombre-al-que-amaban-los-arboles" target="_blank"&gt;http://www.scribd.com/doc/17435861/El-hombre-al-que-amaban-los-arboles&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/algernon-blackwood-relatos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Más relatos de Algernon Blackwood.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/novelas-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Novelas de terror.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/04/novelas-goticas.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Novelas góticas.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si  tienes problemas para &lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;bajar el cuento de Algernon Blackwood&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;El hombre al que amaban los árboles&lt;/span&gt;, &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/descarga-de-novelas-goticas.html"&gt;deberías leer esto.&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Más Literatura:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul style="font-weight: bold;"&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;Relatos de terror.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/10/literatura-gotica-relatos-cuentos.html"&gt;Relatos góticos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/relatos-fantasticos.html"&gt;Relatos fantásticos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/11/relatoscuentos-y-poemas-sobre-vampiros.html"&gt;Relatos de vampiros.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/02/historias-de-fantasmas.html"&gt;Relatos de fantasmas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;Este artículo sobre el &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de Algernon Blackwood&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;El hombre al que amaban los árboles (The Man Whom the Trees Loved)&lt;/span&gt; fue escrito por &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/"&gt;El Espejo Gótico.&lt;/a&gt; Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2858903037590892511-7603755230670651228?l=elespejogotico.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel="replies" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/7603755230670651228/comments/default" title="Enviar comentarios" /><link rel="replies" type="text/html" href="https://www.blogger.com/comment.g?blogID=2858903037590892511&amp;postID=7603755230670651228" title="1 comentarios" /><link rel="edit" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/7603755230670651228?v=2" /><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/7603755230670651228?v=2" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-hombre-al-que-amaban-los-arboles.html" title="El hombre al que amaban los arboles: Algernon Blackwood" /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty name="OpenSocialUserId" value="15707149690853009581" /></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmC59ugjbtI/AAAAAAAABo8/J-hvFPmfZ_Y/s72-c/el_hombre_al_que_amaban_los_arboles_blackwood.gif" height="72" width="72" /><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">1</thr:total></entry><entry gd:etag="W/&quot;A0UMRHo7fip7ImA9WxJUGEk.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-2858903037590892511.post-3766410981822809246</id><published>2009-07-17T09:01:00.000-07:00</published><updated>2009-07-17T09:48:05.406-07:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-17T09:48:05.406-07:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos franceses" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="cuentos goticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos de terror" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos goticos" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="relatos franceses" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="jean lorrain" /><title>Un crimen desconocido: Jean Lorrain</title><content type="html">&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmCrOh3jWjI/AAAAAAAABo0/tXHePDv0HHU/s1600-h/jean_lorrain_novelas_cuentos.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 165px; height: 272px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmCrOh3jWjI/AAAAAAAABo0/tXHePDv0HHU/s320/jean_lorrain_novelas_cuentos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5359471822668782130" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;Un Crimen Desconocido&lt;/span&gt; (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Un Crime Inconnu&lt;/span&gt;) es un &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de terror&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; del &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/relatos-franceses.html"&gt;escritor francés&lt;/a&gt; &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/05/jean-lorrain-relatos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Jean Lorrain.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá de su faceta como simbolista, los &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;cuentos de Jean Lorrain&lt;/span&gt; se adaptan muy bien a las necesidades estéticas de la &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/relatos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;literatura fantástica&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;. Sus escenarios son simples, brutalmente vulgares; y es en esta ubicación prosaica donde el maestro francés generalmente desarrolla su &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las pesadillas de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Jean Lorrain&lt;/span&gt; se debaten en dos o tres tópicos recurrentes en su &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;literatura&lt;/span&gt;: las drogas, las máscaras, el carnaval, la Francia lóbrega que pertenece sólo a su fauna nocturna. En &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/06/los-agujeros-de-la-mascara-jean-lorrain.html"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Los agujeros de la máscara&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, vimos como el espanto y la alucinación se conjugan durante una noche de carnaval; en &lt;span style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;Un crimen desconocido&lt;/span&gt;, lo horroroso y lo alucinatorio no se ciñen a ningún parámetro; simplemente surgen como el residuo natural de las noches efervescentes de nuestro querido poeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Un Crimen Desconocido.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;Un Crime Inconnu&lt;/span&gt;; Jean Lorrain (1855-1906) &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Cuídese, señor, con la cosa inmunda que se pasea de noche.&lt;br /&gt;Rey David.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;-Lo que puede suceder en un cuarto de hotel una noche de martes de carnaval, créanme, supera todo lo que la imaginación puede inventar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habiendo llenado su vaso, lo vaciaba de un trago y comenzaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Fue hace dos años, en pleno desequilibrio nervioso. Estaba curado de la eteromanía, pero no de los fenómenos mórbidos que engendra: problemas en el oído, en la vista, angustias nocturnas y pesadillas. El solfanol y el bromuro habían soliviantado los trastornos físicos, pero las angustias persistían. Persistían sobre todo en el departamento en el que había vivido con ella tanto tiempo, rue de SaintGuillaume, frente al río, y en el que su presencia parecía haber impregnado las paredes y las alfombras de no sé qué hechizo: en cualquier otra parte mi sueño era regular y mis noches calmas. En cambio, apenas atravesado el umbral de ese departamento, el turbio despecho de los antiguos días corrompía la atmósfera; terrores sin razón me helaban la sangre y me asfixiaban a cada paso. Sombras bizarras se amontonaban con hostilidad en los ángulos, pliegues equívocos se formaban en las cortinas repentinamente animadas de una vida espantosa y sin nombre. La noche era especialmente abominable. Un ente de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;horror y misterio&lt;/span&gt; vivía conmigo en ese departamento, un ente invisible, pero que yo intuía agazapado en la sombra, acechándome; una forma hostil de la que, por momentos, podía sentir el aliento sobre mi rostro, y casi a mi lado su innombrable roce. Les aseguro que era una sensación espeluznante, y si me fuera dado revivir esa pesadilla, creo que preferiría... pero sigamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así llegué a no poder dormir en mi departamento, incluso a no poder vivir en él. Decidí alojarme en un hotel. No pude permanecer en el mismo sitio; dejé el Continental por el Hotel del Louvre, y éste por otros aun más ínfimos, devorado por una inquietante manía de locomoción y de cambio. ¡Cómo, después de ocho días en el Terminus, en medio de todo el confort deseable, me induje a descender a ese mediocre hotel de la rue d'Amsterdam, Hotel de Normandía, de Brest o de Rouen, como se llaman todos en torno de la estación SaintLazare! ¿Era el movimiento incesante de las llegadas y partidas lo que me había seducido más que ninguna otra cosa? No sabría decirlo. Mi habitación, vasta e iluminada por dos ventanas y situada en el segundo piso, daba sobre el patio de llegada de la place du Havre. Estaba instalado desde hacía tres días, desde el sábado de carnaval, y me sentía muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era, repito, un hotel de tercera, pero de apariencia honesta, hotel de viajeros y de provincianos, menos desorientados en la vecindad de su estación que en el centro de la ciudad; un hotel burgués, vacío de un día para otro y sin embargo siempre completo. Me importaban poco los rostros que encontraba en la escalera y en los pasillos. Eran la menor de mis preocupaciones y, sin embargo, al entrar en la recepción ese día hacia las seis de la tarde, en busca de la llave (cenaba en el centro y volvía a cambiarme) no pude dejar de mirar curiosamente a dos viajeros que allí se encontraban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién llegaban. Una valija de viaje en cuero negro se encontraba a sus pies y, frente a la oficina del gerente, discutían el precio de las habitaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es por una noche -decía el mayor de ellos-, cualquier habitación que fuere estará bien.&lt;br /&gt;-¿De una cama o de dos? -preguntaba el gerente.&lt;br /&gt;-¡Ah, por lo que dormiremos! Apenas nos vamos a acostar. Venimos al baile de disfraces.&lt;br /&gt;-De dos camas -intervenía el más joven.&lt;br /&gt;-Bien, una habitación de dos camas. ¿Hay alguna disponible, Eugène? -y el gerente interpelaba a uno de los empleados que recién llegaba. Después de ponerse de acuerdo con él, continuó:&lt;br /&gt;-Lleva a los caballeros a la 13, en el segundo piso. Estarán muy bien allí, la habitación es grande. ¿Los señores suben? -y, tras un signo negativo de los viajeros- ¿Los señores comen? Tenemos cocina.&lt;br /&gt;-No, cenaremos afuera -respondió el más grande-. Volveremos hacia las once a vestirnos. Que suban la valija.&lt;br /&gt;-¿Fuego en la habitación? -preguntó el empleado.&lt;br /&gt;-Sí, fuego a las once.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me di cuenta de que había permanecido allí boquiabierto, con el candelero encendido en la mano, observándolos. Enrojecí como un niño sorprendido en falta y subí rápidamente a mi habitación; el empleado estaba haciendo las camas de la habitación contigua. Se había dado el 13 a los recién llegados y yo ocupaba el 12. Nuestras habitaciones estaban pegadas, y eso no dejaba de intrigarme. Volví a la oficina del gerente, y no pude dejar de preguntarle quiénes eran los vecinos que me había dado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Los dos hombres con la valija? -me respondió- Llenaron sus fichas, ¡vea! -y leí rápidamente, de un golpe de vista: Henri Desnoyels, treinta y dos años, y Edmond Chalegrin, veintiseis años, residencia Versalles, ambos carniceros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ser jóvenes carniceros, eran elegantes de aspecto y de vestimenta, a pesar de sus sombreros de hongo y sus gabanes de viaje; el mayor me había parecido cuidadosamente enguantado y con un aire especial de altura y aristocracia en toda su persona. Por otra parte, había cierto parecido entre ellos. Los mismos ojos azules, de un azul profundo casi negro, muy rasgados y de largas pestañas; los mismos largos bigotes rojizos subrayando el perfil contrariado; pero el de más edad, mucho más pálido que el otro, con algo muy vago de ahito y de aburrido. Al cabo de una hora dejé de pensar en ellos. Era martes de carnaval y las calles brillaban, llenas de máscaras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a medianoche. Subí a mi habitación. Ya a medias desvestido, iba a acostarme cuando oí una voz en la habitación contigua. Eran mis carniceros que volvían. ¿Por qué la curiosidad, que ya me había mordido en la oficina del gerente, volvía irrazonada, imperiosamente? Contra mi voluntad, no pude dejar de prestar atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces no quieres disfrazarte, no vienes al baile -sonaba la voz del mayor-. ¿Y para eso nos molestamos en viajar? ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? -y mientras el otro permanecía en silencio- ¿Estás ebrio?&lt;br /&gt;Entonces la voz del otro respondía, empastada y doliente:&lt;br /&gt;-Es tu culpa. ¿Por qué me has dejado beber? Siempre termino mal cuando bebo ese vino.&lt;br /&gt;-¡Bueno, ya está bien! Acuéstate -tronaba la voz estridente-. Ten tu pijama -escuché el ruido del cierre de la valija que se abría.&lt;br /&gt;-Y tú, ¿no vas al baile? -se arrastraba la voz del borracho.&lt;br /&gt;-¡Grato placer el de andar por la calle solo, disfrazado! Voy a acostarme yo también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo oí golpear rabiosamente su colchón y su almohada, luego oí cómo las ropas caían a través de la habitación; los hombres se desvestían. Yo escuchaba anhelante, descalzo, junto a la puerta de comunicación; la voz del más adulto cortaba nuevamente el silencio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué lástima, con tan bellos disfraces! -y se oía un roce de telas y satines. Acerqué el ojo a la cerradura, pero la vela encendida me impedía hacer oscuridad y distinguir nada en la pieza vecina. Al apagarla, pude ver la cama del más joven, ubicada frente a mi puerta. Él estaba junto a ella, echado en una silla, sin moverse, extraordinariamente pálido y con ojos extraviados, la cabeza deslizada del respaldo de la silla y colgando sobre la almohada. Su sombrero estaba en el suelo; el chaleco, desabotonado; su camisa, entreabierta, sin corbata; tenía la apariencia de quien sufre asfixia. El otro, a quien sólo percibí luego de un esfuerzo, daba vueltas en ropa interior alrededor de la mesa repleta de telas claras y satines bordados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mierda! Al menos, quiero probármelo -tronó sin preocuparse de su compañero y, parándose derecho frente al armario, esbelto, elegante y musculoso, se puso un largo dominó verde con muceta de terciopelo negro, cuyo efecto era a la vez tan horrible y tan bizarro que debí contener un grito, de tanto que me afectó. Ya no lo reconocí, agigantado como estaba con esa funda de seda verde que lo hacía todavía más flaco y el rostro oculto tras una máscara metálica bajo la capucha de terciopelo negro. Ya no era un ser humano quien estaba allí, sino la cosa inmunda y sin nombre, la cosa de espanto, cuya presencia invisible envenenaba mis noches en la rue Saint-Guillaume, que ahora había tomado contornos visibles y vivía en la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El borracho, desde la esquina de su cama, había seguido la metamorfosis con mirada extraviada; un temblor se había apoderado de él y, con las rodillas chocando de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;terror&lt;/span&gt; y los dientes apretados, había juntado las manos en un gesto de plegaria, estremeciéndose de pies a cabeza. La forma verde, espectral y lenta, giró en silencio hacia el centro de la habitación, a la luz de dos velas encendidas, y bajo su máscara sentí sus ojos terriblemente atentos. Acabó por ponerse justo frente al otro; con los brazos cruzados sobre el pecho, intercambió con él una inenarrable y cómplice mirada, bajo la máscara. Entonces el más joven, enloquecido, se derrumbó de su silla, se echó sobre el parquet y, buscando estrechar el disfraz entre sus brazos, hundió su cabeza entre los pliegues, balbuceando palabras ininteligibles, la espuma saliéndole de los labios, con los ojos revueltos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué misterio podía haber entre esos dos hombres, qué irreparable pasado habían evocado, a los ojos del loco, ese vestido de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;espectro&lt;/span&gt; y esa máscara helada? ¡Esa palidez y esas manos tendidas, como de torturado, tirando extáticas de los pliegues desenvueltos de un vestido de larva! ¡Escena de aquelarre en el ambiente trivial de una habitación amueblada! Y mientras el ebrio desfallecía, con la desesperación de un largo grito estrangulado en su boca abierta, la forma se alejaba dando un paso atrás, arrastrando en su movimiento la hipnosis del desgraciado tendido a sus pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuántas horas, cuántos minutos dura ya esta escena? El &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;vampiro&lt;/span&gt; se detiene. Apoya su mano sobre el corazón del hombre tendido a sus pies y luego, tomándolo entre brazos, lo sienta otra vez en la silla pegada a la cama. El hombre queda allí sin movimiento, la boca abierta, los ojos cerrados, la cabeza torcida; la forma verde entonces vuelve sobre la valija. ¿Qué busca allí, con ardor febril, a la luz de uno de los candeleros de la chimenea? Encuentra algo; aunque ya no la veo, la escucho mover frascos, y un olor conocido, un olor que me sube al cerebro y me embriaga y me enerva, se expande en la habitación: olor a éter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La forma verde reaparece. Se dirige a pasos lentos, siempre silenciosa, hacia el hombre desmayado. ¿Qué lleva con tanto cuidado entre sus manos? ¡&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Horror&lt;/span&gt;, es una máscara de vidrio, una máscara hermética sin ojos y sin boca, llena hasta los bordes de éter, de veneno líquido! Entonces vuelve sobre el otro sin defensa, allí ofrecido, inanimado, le aplica la máscara sobre el rostro, la asegura firmemente con un pañuelo rojo, y una risa parece sacudirle las espaldas bajo su capucha de terciopelo negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tú sí que no hablarás más -creí escucharle murmurar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El carnicero entonces se quita el disfraz. Da vueltas en ropa interior. Vuelve a su atuendo de ciudad, se pone su gabán, sus guantes de piel de de clubman y, con el sombrero puesto, ordena cosas en silencio, quizás un poco afiebradamente. Con los dos disfraces de mascarada y sus frascos ya en la valija de empuñadura niquelada, prende un habano, toma la valija, el paraguas, abre la puerta y sale.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no he gritado, no he hecho sonar la campanilla, no he llamado al timbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Has soñado, como siempre -dijo Jacquels a de Romer.&lt;br /&gt;-Sí, soñé tan bien que hay todavía hoy en Villejuif, en el asilo psiquiátrico, un eterómano incurable, del que nunca se supo la identidad. Consulta si quieres el registro del hospital: encontrado el 10 de marzo, en el hotel de... rue d'Amsterdam, nacionalidad francesa, edad presunta veintiséis años, nombre, Edmond Chalegrin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 102, 0);"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;"&gt;Jean Lorrain&lt;/span&gt; (1855-1906)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/05/jean-lorrain-relatos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Más relatos de Jean Lorrain.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/11/relatos-de-terror.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos de terror.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/10/literatura-gotica-relatos-cuentos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos góticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; I &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/cuentos-fantasticos.html"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relatos fantásticos.&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Más Literatura:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul style="font-weight: bold;"&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/04/novelas-goticas.html"&gt;Novelas góticas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/novelas-de-terror.html"&gt;Novelas de terror.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2007/11/relatoscuentos-y-poemas-sobre-vampiros.html"&gt;Relatos de vampiros.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/02/historias-de-fantasmas.html"&gt;Relatos de fantasmas.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/09/relatos-del-romanticismo.html"&gt;Relatos del romanticismo.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/2008/07/literatura-victoriana.html"&gt;Relatos victorianos.&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;La introducción al &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;relato de Jean Lorrain&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(204, 102, 0);"&gt;Un crimen desconocido (Un Crime Inconnu)&lt;/span&gt; fue escrito por &lt;a href="http://elespejogotico.blogspot.com/"&gt;El Espejo Gótico.&lt;/a&gt; Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2858903037590892511-3766410981822809246?l=elespejogotico.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel="replies" type="application/atom+xml" href="http://elespejogotico.blogspot.com/feeds/3766410981822809246/comments/default" title="Enviar comentarios" /><link rel="replies" type="text/html" href="https://www.blogger.com/comment.g?blogID=2858903037590892511&amp;postID=3766410981822809246" title="0 comentarios" /><link rel="edit" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/3766410981822809246?v=2" /><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/2858903037590892511/posts/default/3766410981822809246?v=2" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/un-crimen-desconocido-jean-lorrain.html" title="Un crimen desconocido: Jean Lorrain" /><author><name>Aelfwine</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17981876209459536381</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty name="OpenSocialUserId" value="15707149690853009581" /></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="http://4.bp.blogspot.com/_NLRAZCDECLA/SmCrOh3jWjI/AAAAAAAABo0/tXHePDv0HHU/s72-c/jean_lorrain_novelas_cuentos.jpg" height="72" width="72" /><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></entry></feed>
