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	<title>Las Minas del Rey Salomón</title>
	
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	<description>Los escritos de Allan Quatermain</description>
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		<title>Recuerda que eres sólo un bloguero</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Nov 2008 18:28:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[bitacoras]]></category>
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		<description><![CDATA[
Dicho sea en el sentido más peyorativo que utilizó el gran Casciari: &#8220;bloguero, que sos un bloguero&#8230;&#8221; Cuando alguien pasa por una experiencia como la de este fin de semana, hay que saber agarrarse bien a algo fijo y seguro para que el vendaval, torrente (siempre temporal y efímero) no te arrastre hasta hacerte desaparecer. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img src="http://salomon.pitodoble.com/wp-content/uploads/2008/11/quater.jpg" alt="quater.jpg" /></p>
<p>Dicho sea en el sentido más peyorativo que utilizó <a href="http://orsai.es/2008/11/una_charla_sobre_la_muerte_de_los_blogs.php" target="_blank">el gran Casciari</a>: &#8220;bloguero, que sos un bloguero&#8230;&#8221; Cuando alguien pasa por una experiencia como la de este fin de semana, hay que saber agarrarse bien a algo fijo y seguro para que el vendaval, torrente (siempre temporal y efímero) no te arrastre hasta hacerte desaparecer. Desde el comienzo de los premios Bitácoras decidí tomármelo todo con mucha calma, sin grandes ilusiones y, por tanto, sin grandes aspavientos. Estoy (&#8220;estaba&#8221; quizás debería decir ya) acostumbrado a no ganar nada, en ningún concurso, torneo o sorteo; a, en todo caso, ser segundo quedándome perennemente a las puertas con palmaditas en la espalda de &#8220;tenías que haber ganado tú&#8221;.</p>
<p>Solo hablé de los premios al principio, con motivo de que nos habían escuchado a la hora de reclamar que existiera una categoría de humor (era una reivindicación del papel del humor que iba más allá de los premios) y no volví a hablar del tema hasta ya cerradas las votaciones, para divertirme con Flapa como creo que en ninguna otra categoría han hecho. Eso me sirvió, además, para asegurarme un buen rato en los premios, pues si ganaba Flapa, la amistad ya conseguida con ellos haría que disfrutara también mucho de ello.</p>
<p>Pero ya en el EBE era imposible no empezar a sentirse nervioso. La gente te para, te desea suerte, te ofrece todo su cariño y, con todo ello y sin quererlo, también su presión. Sin duda es más fácil perder en algo cuando la gente no espera tanto que ganes. El sábado por la tarde intenté echar una minisiesta reparadora en el hall del hotel pero no hacía mas que retorcerme en el sofá. Y cuando comenzaron los premios, al lado de mi hermana y rodeado, por detrás y por delante del resto del equipo del Pito Doble, sí, claro que estaba nervioso (de ese momento es la foto de <a href="http://flickr.com/photos/araque/3039210844/" target="_blank">Belagua</a> que ilustra este post).</p>
<p>Llegó el  momento en que Arturo Paniagua anunció el premio al mejor blog de humor y en ese momento el tiempo se detuvo. Todo permanece ya en mi memoria como un sueño a cámara lenta: los logos y nombres de los tres nominados en la gran pantalla, los calurosos aplausos de toda la sala al decir nuestro nombre (en verdad fue de los más aplaudidos de la tarde), nuestro aplauso al oir el de flapa, en contraste con su propio y divertido auto-abucheo, y el momento en que Raúl Ordóñez dice: &#8220;El Pito Doble&#8221;.</p>
<p><span id="more-33"></span></p>
<p>Me levanté como un resorte. Como hicimos todos. Con los dos brazos hacia arriba y exclamando un simple &#8220;¡Sí!&#8221; Y salí corriendo para, lo primero, fundirme en un abrazo con Flapa en la persona de Caracolo. El mismo abrazo que él me habría dado a mí si hubiera sido al revés. Y entonces sí. Volví con mis compañeros y corrí hacia el escenario, con nuestra mascota en alto sintiendo cómo me seguían los demás. De la emoción pasé de largo de la bella azafata sin darle un beso siquiera (qué lamentable e imperdonable error) ni recoger el premio, dirigiéndome directamente hacia Raúl. Mi hermana me lo dio y entonces hubo que dirigir unas palabras a casi mil personas, la mayoría de las cuales habían vibrado con nosotros.</p>
<p>El discurso lo había dicho en mi cabeza varias veces durante los días anteriores. A veces con algunos cambios, pero lo importante que quería decir es lo que dije. Mi mayor miedo era que se me olvidara el nombre de alguno de mis compañeros a la hora de recitarlos, quería que estuvieran todos de forma bien clara.</p>
<p>No fue un momento perfecto.  No es que ningún pensamiento me empañara el instante, lo disfruté como es de rigor. Pero allí mismo, mientras hablaba, era consciente de que me faltaba algo. De que alguien, a pesar de estar presente en la sala, estaba ya en realidad a años luz. No podía evitar pensar (allí arriba, oculto bajo aquel manto de euforia y alegría) cómo habría sido aquello solo un año antes, con una mano apretando fuertemente la mía y mis labios los suyos. Tuve que recurrir a una idealizada e  irreal Elsa Pataky, para hacer la broma, por supuesto, y para enmascarar la dedicatoria que ya no podía y habría deseado en mis mejores sueños hacer.</p>
<p>Al bajar de allí lo hice aún en ese sueño en que me había embutido. Hay que vivirlo para entenderlo. Sorteé las felicitaciones de amigos y desconocidos y busqué el abrazo que había echado en falta. Pero no fue lo mismo. Volvimos a casa y nos cambiamos para la fiesta; de camino a ella, mientras iba en el coche sentí cómo esa sensación de ser un  sueño comenzaba a desvanecerse con gran rapidez y recordé la historia de los emperadores romanos que cuando volvían de una gran victoria y desfilaban ante los vítores del pueblo de Roma, se hacían acompañar por un esclavo que al tiempo que le sujetaba la corona de laurel sobre la cabeza le iba susurrando a la oreja &#8220;recuerda que eres sólo un hombre&#8221; para evitar que se creyeran un Dios. Me imaginaba entonces a mi sobrina, que iba detrás en el coche susurrándome &#8220;recuerda que eres sólo un bloguero&#8221;.</p>
<p>Sí, un bloguero, volviendo a lo que decía Hernán Casciari, ni siquiera un escritor, un periodista, o un artista.. un bloguero con todo lo que de vacío, insignificante e irreal tiene el término. Estoy de acuerdo con lo que dijo de que bloguero debe designar únicamente que utilizas una herramienta, pero que lo que eres es otra cosa, en función de lo que creas con dicha herramienta. El problema es que ni yo mismo lo sé, pues creo que soy aprendiz de muchas cosas sin ser de verdad maestro de ninguna: soy un <a href="http://salomon.pitodoble.com/">aprendiz de escritor</a>, <a href="http://julian.roas.org/webame" target="_blank">aprendiz de poeta</a>, <a href="http://www.picapollaychocholoco.com/" target="_blank">aprendiz de humorista gráfico</a>, <a href="http://www.flickr.com/quatermain_pitodoble" target="_blank">aprendiz de fotógrafo</a>&#8230; siempre un aprendiz.  (ya decía Chaplin que todos somos unos aficionados, la vida es tan corta que no da para más). Tal vez un <a href="http://www.pitodoble.com" target="_blank">aprendiz de cómico o de payaso</a>, con esa carga, a veces peyorativa, pero siempre romántica del término. Podría ser tantas cosas que quizás por eso me tengo que quedar con ese término de &#8220;bloguero&#8221;que en realidad no dice nada.</p>
<p>Ganar un premio y que te feliciten no sirve para hacerte más grande o así te sientas (bueno, sí momentáneamente, pero es muy pasajero) . Sirve sobre todo para darte cuenta, pasada la cumbre del momento y el descenso a la normalidad, de cuán pequeño eres y de que tu vida sigue siendo la misma. Con tus mismos amigos, que te querían igual ya antes y que te siguen queriendo, recordándote si es preciso: <em>&#8220;recuerda que eres sólo&#8230;&#8221;</em></p>
<p>Y eso sí que es un premio.</p>
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		<title>Nueva vida</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Nov 2008 17:07:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[Sensaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Como sabéis los que me conocéis personalmente, e intuís los que habeís leído los últimos textos de este blog, en los últimos meses no he estado lo que se dice muy alegre. Llevo meses intentando salir de esta espiral que solo gira hacia abajo y espero que por fin haya llegado el momento de alzar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como sabéis los que me conocéis personalmente, e intuís los que habeís leído los últimos textos de este blog, en los últimos meses no he estado lo que se dice <em>muy alegre</em>. Llevo meses intentando salir de esta espiral que solo gira hacia abajo y espero que por fin haya llegado el momento de alzar el vuelo y salir de estas arenas movedizas que te hunden cuanto más te mueves para intentar salir de ellas.</p>
<p>Quiero que hoy/mañana sea el día elegido para dar un golpe en la mesa donde se tambaleen y caigan de ella los derrotismos, las ataduras, los bloqueos y el pesimismo. Hoy culminaré el rito que cierta persona a la que acudí en busca de ayuda me sugirió que debía realizar. Mañana me encontraré de nuevo después de muchos meses con unos ojos que lo fueron todo para mí. Y no quiero que sea causa de dolor. Quiero que sea el comienzo de una Nueva Vida.</p>
<p>Hoy hago mía esta canción de Sergio Dalma, la escucho e intento convertirla en mi tantra, hasta que su sentido cale hondo y me la crea de veras. Empieza mi nueva vida.</p>
<p><a href="http://salomon.pitodoble.com/wp-content/uploads/2008/11/04-nueva-vida.mp3" title="04-nueva-vida.mp3">04-nueva-vida.mp3</a></p>
<blockquote><p>No busco un culpable<br />
De lo que pasó,<br />
Aposté mi alma<br />
Y perdí en el amor.<br />
Me quité el anillo<br />
Que ayer nos unió,<br />
Y un puñal helado<br />
Me cruzó el corazón.<br />
Pero la esperanza<br />
Me arrancó tu dolor.<br />
Hoy siento la libertad,<br />
Puedo de nuevo volar,<br />
Empieza mi nueva vida<br />
Hoy puedo andar sobre el mar,<br />
Me siento resucitar,<br />
Empieza mi nueva vida.<br />
Y te digo adiós.<br />
Pobre mariposa<br />
Vas de flor en flor,<br />
Eres como cera<br />
Que se funde ante el sol.<br />
Te deseo suerte,<br />
La que no tuve yo.<br />
Hoy miro el amanecer,<br />
Vuelvo a sentirme con fe,<br />
Empieza mi nueva vida.<br />
Puedo ponerme de pie,<br />
Atrás se queda mi ayer,<br />
Empieza mi nueva vida.<br />
Digo adiós a mi ayer. Hoy te digo adiós.<br />
Digo adiós, vuelvo a ser. Hoy te digo adiós.<br />
La vida me llama y la quiero vivir.<br />
Adiós, adiós, ayer.<br />
Hoy te digo adiós.<br />
Ahora puedo crecer y vivir sin ti.<br />
Ahora puedo volar sin atarme a ti.<br />
Ahora puedo existir y seguir sin ti.<br />
Adiós, adiós, adiós, ayer.</p></blockquote>
<p>Y gracias a Diego (al que no tengo el gusto de conocer) por <a href="http://salomon.pitodoble.com/2008/10/10/%C2%BFelogio-de-la-mediocridad/#comment-2">su magnífico comentario</a>. Sin duda unos de los más simples, pero a su vez demoledores, efectivos y útiles comentarios.</p>
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		<title>¿Elogio? de la mediocridad</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Oct 2008 08:43:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[Sensaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[“La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) Escritor británico.

Cuando era bastante más joven el principal miedo que tenía era llegar a ser un mediocre. Era un estudiante ejemplar, de los empollones, y además (me decían) mostraba atisbos de talento y creatividad: “escribes muy bien”, “qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right"><em>“La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”<br />
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) Escritor británico.<br />
</em></p>
<p>Cuando era bastante más joven el principal miedo que tenía era llegar a ser un mediocre. Era un estudiante ejemplar, de los empollones, y además (me decían) mostraba atisbos de talento y creatividad: “escribes muy bien”, “qué bien dibujas”&#8230; Todo el mundo me auguraba un gran futuro en  lo que fuera por lo que me decidiera hacer en la vida. Pero yo siempre tenía el miedo de, a pesar de todo, convertirme en un mediocre. No en un fracasado, a mí lo que me aterraba era ese vasto término medio que es la mediocridad.</p>
<p>Han pasado muchos años y <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">soy </span><b> </b>el <br><b></b>mediocre <br><b>que </b>no <br><b></b>quise<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> ser</span></span>soy el mediocre que no quise ser. Mis amigos sé que dirán que no es así,  pero están contaminados por el amor que me tienen y me ven de otra manera. Me dicen “eres intelegiente, eres divertido, eres creativo e inquieto&#8230;” pero sólo ven en mí esos sempiternos atisbos de llegar a ser algo que nunca llego a culminar. “Tienes un blog de éxito, eres conocido&#8230;” No nos engañemos. No soy una persona exitosa, soy un superviviente pero nada más. No soy un fracasado, lo sé. Pero tampoco soy un triunfador.</p>
<p>Que no se me entienda mal. El miedo a la mediocridad no es un afán de ser famoso, o popular. Es el anhelo de hacer algo grande, de dejar una huella indeleble. No se trata de ser famoso sino de decir he hecho la película que quería hacer, o he escrito el libro que quería escribir o dirijo la pequeña empresa que quería tener, soy un buen profesional en mi trabajo y tengo una carrera profesional estimulante y soy un hombre que aporta a esta sociedad algo más que sueños y deseos: hechos y realidades. Doy un sentido a mi vida, en definitiva.</p>
<p>En mi madurez el miedo a la mediocridad ha dejado de ser un miedo para ser una mera resignación y aceptación de la realidad, de algo, no que puede ocurrir, sino que ha ocurrido ya. Entonces otros miedos saltan a la palestra, y pasa a liderarlos como mi principal miedo el de quedarme solo.</p>
<p>El temor de terminar mis días solo, sin hijos y sin nadie a mi lado envejeciendo conmigo, siendo visitado únicamente por sobrinos espejo de la familia que nunca tuve es el mal sueño recurrente que sustituye al de la mediocridad. O tal vez todo sea lo mismo, y ese miedo a la soledad no sea más que en realidad el miedo a ser un mediocre también en mi propia vida personal, sentimental y familiar sin nada importante que legar.</p>
<p>Todo son fantasmas que desde la adolescencia  se van forjando y a veces se ponen de acuerdo para acudir todos juntos a por ti. Y tú corres buscando una pastilla amarilla que los vuelva azules y cambie las tornas para perseguirlos tú, pero no la encuentras.</p>
<p>Me lo ha dicho tanta gente que debe ser verdad que Dios me dio talento cuando nací. Pero no me dio un manual de cómo usarlo y por eso no consigo evitar ser lo que siempre temí: el eterno aprendiz de todo y maestro de nada, el que tiene un fuego creativo en su interior que no es capaz de canalizar correctamente dejando que abrase sin embargo todas mis expectativas.</p>
<p>Perdonad a los que habéis llegado aquí por soltar toda esta perorata. Pero ser mediocre y (supuestamente) con talento es lo que tiene: que lo hace estallar en  forma de toda esta mierda.</p>
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		<title>Mi(s) tío(s)</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jun 2008 11:38:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
Hoy he recibido una triste noticia. Me ha llamado mi madre para decirme que mi tío Pepe (su hermano) había fallecido. Ayer ya me avisó con otra llamada: &#8220;el tito se está muriendo&#8221; y entonces supe que mi tío no volvería a mirarme con sus enormes ojos claros nunca más, como hizo por última vez [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> <img src="http://salomon.pitodoble.com/wp-content/uploads/2008/06/sombrero.jpg" alt="sombrero.jpg" /></p>
<p>Hoy he recibido una triste noticia. Me ha llamado mi madre para decirme que mi tío Pepe (su hermano) había fallecido. Ayer ya me avisó con otra llamada: &#8220;el tito se está muriendo&#8221; y entonces supe que mi tío no volvería a mirarme con sus enormes ojos claros nunca más, como hizo por última vez hace 7 meses en la boda de su nieta.</p>
<p>Tíos y tías (contando a los consortes) he tenido 12. De los cuales aún viven ya solo 4. Pero en mi fuero interno yo siempre he sentido que tenía 2 tíos: mi tío Peté y mi tío Pepe. Si oía de boca de mis padres o mis hermanos la palabra &#8220;tito&#8221; pensaba en uno de ellos dos, quizás los más cercanos a mí, los que, por circunstancias, he visto con más frecuencia y he tratado más y, por tanto, a los que más cariño he tenido. De igual manera que, si oía o pensaba en la palabra &#8220;primos&#8221; los que primero me venían a la cabeza eran los hijos de uno y de otro, y el resto de primos me parecían más &#8220;desconocidos&#8221; o lejanos.</p>
<p><span id="more-28"></span></p>
<p>El primero de esos 2 tíos era mi tío Peté. Casado con la hermana de mi padre y padrino mío, siempre lo quise como a un segundo padre. Con él éramos casi vecinos cuando vivíamos en Córdoba, pasábamos las navidades aún cuando vivíamos ya en ciudades distintas y también veraneábamos algún año cuando yo era pequeño.</p>
<p>Mi tío Peté murió cuando yo estaba en el bachillerato, y fue la primera vez que experimenté el dolor de la pérdida de un familiar en mi vida. Una pérdida muy dolorosa. Camino de Córdoba, para asistir a su entierro, recuerdo que algo me carcomía: no había llorado. Desde que supe la noticia no había derramado ninguna lágrima por él y eso era algo por lo que me odiaba a mí mismo ¿cómo era posible?</p>
<p>Supongo que en el fondo no podía o quería creerlo o aceptarlo. Fue en la iglesia, cuando vi a mis primos y mi tía, sin él a su lado, frente a un ataúd de madera que no me decía nada, cuando rompí a llorar, y mi alma se sintió por fin reconfortada. <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">No </span><b> </b>era <br><b></b>la <br><b>visión </b>de <br><b>aquel ataúd </b>lo <br><b>que </b>me <br><b>emocionó. Fue </b>su<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> ausencia.</span></span>No era la visión de aquel ataúd lo que me emocionó. Fue su ausencia. El no verlo allí con su familia.</p>
<p>Poco a poco, como ese cuentagotas que es la visita de la Parca, fueron falleciendo algunos tíos y tías más, con los que tenía más o menos relación, hasta hoy, que mi &#8220;segundo&#8221; tito, a sus 83 años, se ha marchado también tras una larga enfermedad.</p>
<p>De todos los recuerdos que tengo de él, de mi tío Pepe, hay uno que se me ha quedado especialmente grabado. Cuando yo era un mozalbete, un verano, mi tío Pepe estuvo invitado en nuestro piso de la playa unos días y tenía la sana costumbre de levantarse muy temprano para salir &#8220;a andar&#8221;. Yo le dije que me vendría muy bien andar también y hacer ejercicio, pero que por pereza no lo hacía. Durante los días que mi tío estuvo allí, me levantaba  ¡a las 7 de la mañana! para que fuera a andar con él. Cada mañana maldecía para mis adentros haberle dicho nada, me parecía inhumano levantarme en vacaciones a esa hora, pero un rato después me alegraba un montón de ello.</p>
<p>La imagen de mi tío Pepe, caminando por delante mía con su sombrero de paja y sus ojos de color del mar y subiendo la impresionante cuesta de detrás del Majuelo mientras me regañaba por tener él, a pesar de ser &#8220;un viejo&#8221;, más brío y energías que yo, un chaval, es una imagen entrañable que me acompañará ya siempre. Mucho aprendí de aquellas caminatas, de su constancia, de su superación, de no dejarme en la cama por más que se lo pidiera cada mañana, de arrastrarme con él a conocer una visión hasta entonces desconocida del pueblo, con la quietud y el frescor de la brisa de la primera hora de la mañana.</p>
<p>Este verano, cuando esté allí, volveré a salir un día a recorrer aquella cuesta para encontrarme de nuevo con él, subiéndola delante mía, aunque cuando yo llegue arriba, al castillo de San Miguel, vea que él sigue subiendo hacia más arriba, donde se reunirá con algunos de mis otros tíos y tías y, algún día, con todos nosotros.</p>
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		<title>El hombre que no sabía twittear</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jun 2008 14:41:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sensaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[
 	
Estaba solo. Más solo que la una. Tenía muchos amigos (virtuales y reales) y estaba solo. En la pantalla de su ordenador varias ventanas con distintas redes sociales: Twiiter, Plurk, el chat, los blogs&#8230;
Escribía posts en su blog y amigos y desconocidos le dejaban comentarios. Leía una cantidad ingente de posts de otros blogs [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><meta http-equiv="CONTENT-TYPE" content="text/html; charset=utf-8" /><title></title><meta name="GENERATOR" content="OpenOffice.org 2.2  (Win32)" /><meta name="AUTHOR" content="Julián Roas Fernández" /><meta name="CREATED" content="20080612;16113059" /><meta name="CHANGED" content="16010101;0" /></p>
<style type="text/css"> 	<!-- 		@page { size: 21cm 29.7cm; margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } 	--></style>
<p>Estaba solo. Más solo que la una. Tenía muchos amigos (virtuales y reales) y estaba solo. En la pantalla de su ordenador varias ventanas con distintas redes sociales: Twiiter, Plurk, el chat, los blogs&#8230;</p>
<p style="margin-bottom: 0cm">Escribía posts en su blog y amigos y desconocidos le dejaban comentarios. Leía una cantidad ingente de posts de otros blogs  y también, a veces,  él dejaba algún comentario en ellos. Y se seguía sintiendo solo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm">Recibía correos electrónicos, los contestaba, participaba en hilos y discusiones y se sentía solo. Entonces abría el chat, siempre había un par de amigos con los que charlaba, les contaba cómo estaba, bromeaba y reía. Y seguía sintiéndose solo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm">Tenía cuenta en Facebook, en Plurk, en Twitter y se leía las (a menudo) estupideces y vanalidades de gente a la que ni conocía ni le importaba para no sentirse solo, les hablaba con alguna twitada, algunos le contestaban, otros no. &#8220;Twitter es genial para relacionarse y hasta para conocer gente&#8221;, decían. Quedaba con gente, iba a reuniones o quedadas y se lo pasaba francamente bien. Pero luego, se sentía solo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm">Algo debía estar haciendo mal. Con lo corto que se supone que es decir “me siento solo” y sin embargo 140 caracteres no le parecían suficientes para ello.</p>
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		<title>Córdoba en el cielo</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Feb 2008 12:37:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 8º. Mi agradecimiento a Mina, Dorian, Chiqui, Rufo y Lluvia que me ayudaron con sus sugerencias a pulirlo.
Nota: todos los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 8º. Mi agradecimiento a Mina, Dorian, Chiqui, Rufo y Lluvia que me ayudaron con sus sugerencias a pulirlo.</p></blockquote>
<blockquote><p><strong>Nota</strong>: todos los relatos debían comenzar por la frase &#8220;Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días&#8221;</p></blockquote>
<blockquote></blockquote>
<p><font color="#ff0000"><strong>Córdoba en el cielo</strong></font></p>
<p><em>Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días. </em></p>
<p><em>Me quedé como hipnotizado, mirando la pantalla del televisor sin desviar los ojos de su mirada que, a pesar de estar dirigida a algo tan impersonal como el objetivo de una cámara, parecía que estaba dirigida expresamente a mí, como si ella me estuviera mirando fijamente mientras daba la noticia con el micrófono en la mano.</em></p>
<p><em>Su mirada, cálida y transparente, y sus ojos color avellana me catapultaron a una década atrás, cuando la conocí, y vi esa misma mirada suya dando una noticia, pero en aquella ocasión en directo, a sólo dos metros  de mí.</em></p>
<p><em>Desvié entonces la vista del televisor, pero ella seguía grabada en mi retina, y comencé a recordar aquella mañana de hace diez años en que ocurrió algo maravilloso y que asombró al mundo.</em></p>
<p><span id="more-26"></span><br />
Aquél lejano día, nuestro protagonista se levantó tarde, sobre las nueve o las diez, y notó que en la radio los habituales contertulios hablaban muy excitados, aunque al no prestarles atención no llegaba a saber sobre qué. Tras ducharse y afeitarse oyó cómo sonaba el teléfono. Lo descolgó y escuchó la voz de su madre, muy emocionada, que le decía:</p>
<p>- Dios mío, hijo ¿qué está pasando?</p>
<p>- ¿A qué te refieres, mamá?</p>
<p>- ¡Al cielo, claro! ¿No has visto el cielo?</p>
<p>Mientras escuchaba esas palabras, abrió las cortinas de su dormitorio y entonces lo vio, bajando el auricular del teléfono mientras su madre seguía hablándole sin que él pudiera oírle ya.</p>
<p>El espectáculo que tenía ante sus ojos era impresionante: <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">Córdoba, </span><b> </b>la <br><b></b>ciudad <br><b>en </b>la <br><b>que vivía, </b>la <br><b>ciudad </b>entera, <br><b>se veía </b>reflejada <br><b>en </b>el<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> cielo.</span></span>Córdoba, la ciudad en la que vivía, la ciudad entera, se veía reflejada en el cielo.</p>
<p>Más que un reflejo, parecía una fotografía gigantesca, semitransparente, en la que podía reconocer perfectamente la ciudad: la Mezquita, el Puente Romano, el río, la judería… Era como una inmensa y majestuosa postal suspendida allá arriba.<br />
Recordó que tenía a su madre al teléfono y volvió a acercarse el auricular para hablar con ella.</p>
<p>- Mamá… es impresionante… acabo de verlo…</p>
<p>- Es maravilloso, hijo, nunca había visto nada igual</p>
<p>- ¿Tú también lo ves? ¿En Granada?</p>
<p>- ¡Claro, hijo! La ciudad se ve preciosa ahí arriba.</p>
<p>- Pues… no sé… quizás se trate de un fenómeno meteorológico de la atmósfera que haga que la tierra se refleje  y por eso ves Granada en el cielo…</p>
<p>- ¿Granada? No, hijo… ¡Yo estoy viendo Córdoba, como tú! ¡Todo el mundo está viendo Córdoba en el cielo!</p>
<p>Cuando salió a la calle comprobó que estaba llena de gente, todos mirando al cielo y señalando con el dedo, hablando en corrillos, unos exaltados y contentos, otros, los más, asustados.</p>
<p>Mientras caminaba hacia el centro iba escuchando la radio con unos auriculares, todas las emisoras hablaban de lo mismo: desde esa mañana la ciudad se veía sobre sus cabezas, y era algo visible desde una gran parte del mundo.</p>
<p>Con los primeros rayos de sol, y a pesar de no haber casi ninguna nube, el azul del cielo parecía tener una especia de manchas o líneas borrosas que conforme fueron avanzando las horas fueron mostrando que se trataba de una imagen cada vez más nítida de la ciudad, aunque sin llegar a perder esa especie de semitransparencia que hacía que siguiera viéndose azul.</p>
<p>Comenzaron a sucederse las llamadas a la radio, las televisiones, las autoridades, etc. Internet bullía de actividad. Los internautas cordobeses colgaban en sus páginas y en sus blogs o bitácoras personales fotografías del fenómeno y relatos de su asombro. Pero a las pocas horas un internauta de Sevilla puso una foto de Córdoba en el cielo tomada desde su propia casa en Triana. Luego fueron saliendo fotografías en páginas web de Almería, de Valencia, de Madrid, de Barcelona, de La Coruña, de Lyon, de Viena, de Tánger, de Atenas…</p>
<p>Córdoba se veía en el cielo de toda Europa y media África.</p>
<p>Por la tarde, el Presidente del Gobierno en persona ofreció una rueda de prensa para, primero, tranquilizar a los ciudadanos y, segundo, dar algunos datos del acontecimiento.</p>
<p>Dijo que, si bien se desconocía la naturaleza del fenómeno, era evidente que no representaba peligro alguno y que un numeroso grupo de científicos se había desplazado hasta la famosa ciudad  para estudiarlo todo e intentar encontrar alguna respuesta.</p>
<p>Informó de que la otrora capital del Califato era visible en un radio de aproximadamente 3.000 Km., lo que la hacía visible desde Las Azores hasta Rumanía y desde Dinamarca hasta Nigeria.</p>
<p>Periodistas de medio mundo habían tomado sus calles. Los había en cada esquina, preguntando a la gente, informando para sus emisoras de radio o televisión… Nuestro joven amigo llegó hasta la plaza de la Corredera y se encontró con una unidad móvil de una cadena de televisión. Y ahí la vio a ella por primera vez. Y a sus ojos.</p>
<p>El brillo que había en sus ojos mientras relataba la noticia a la cámara refulgía con tanta belleza como la imagen de la ciudad sobre sus cabezas. Cuando pasó por detrás de la cámara y se detuvo a contemplarla, le pareció sentir como si ella le mirara fijamente en lugar de al objetivo mientras terminaba su crónica con un “…sin lugar a dudas, hoy, aquí, acaba de ocurrir algo maravilloso”.</p>
<p>Los periodistas terminaron su trabajo, recogieron sus cosas y desaparecieron calle arriba mientras él reanudaba su camino en dirección contraria.</p>
<p>El día fue pasando y con él la sucesión de teorías  en los medios de comunicación y en las conversaciones de los bares y patios de vecinos. Reputados científicos hablaban de reflexión y refracción de la luz sin que la gente les mostrara mucha atención. Videntes y futurólogos hablaban de señal divina de que el fin del mundo estaba cerca. Políticos locales declamaban sobre las excelencias de su ciudad y calculaban los ingresos millonarios que la ciudad recibiría fruto de la mejor e inesperada campaña turística que jamás podían haber soñado. Dirigentes fanáticos de países árabes sostenían que era una señal mandada por Alá  del renacimiento de Al-Andalus. Todos tenían su teoría…</p>
<p>A la hora de comer pasó cerca de una terraza de un bar y volvió a encontrarse con ella, sentada en una mesa, tomando una cerveza y una tapa y con un libro entre las manos: “La balsa de piedra”, de José Saramago.</p>
<p>Guiado por un impulso irrefrenable se acercó a ella y le dirigió unas palabras. Obtuvo una sonrisa por respuesta y una invitación a sentarse. El resto de horas del día fluyeron ya como en un sueño. A la cálida impresión de su mirada sumó ahora la de su voz, sus gestos y su risa. Se ofreció a hacer de cicerone para ella y recorrieron juntos toda la ciudad mientras ella recababa datos para su reportaje. Cenaron juntos y cuando la noche cayó sobre ellos, el murmullo de asombro se elevó con mayor intensidad en buena parte del mundo: Córdoba seguía viéndose en el cielo de noche, ahora iluminada, como una postal nocturna. Pero ahí seguía.</p>
<p>Pasaron cuatro días juntos sin separarse un instante. Cuatro días con Córdoba en el cielo de medio mundo. Cuatro días de locura personal y colectiva. La cuarta noche él le dijo a ella:</p>
<p>- Todo es más maravilloso desde que tú existes</p>
<p>- Yo no existo – le dijo ella amorosamente</p>
<p>- Claro que existes, estas aquí ¿no? ¿O es que eres un fruto de mi imaginación?</p>
<p>- No. Pero a lo mejor solo soy un fenómeno anómalo, como la ciudad en el cielo…</p>
<p>Y un largo beso puso fin a la conversación.</p>
<p>Pero el quinto día el cielo amaneció totalmente limpio. Sin rastro de nubes. Ni de la imagen de Córdoba. Y en el otro lado de la cama tampoco había rastro de ella. Fueron pasando las horas y mientras todo el mundo se preguntaba por qué había desaparecido el fenómeno de repente, sin haberse llegado a encontrar ninguna respuesta, él se preguntaba también por qué ella se había marchado antes de haber llegado a pedirle un teléfono o una dirección donde buscarla.</p>
<p>Pasaron los días y luego los meses. Nunca volvió a repetirse el fenómeno de ver la ciudad reflejada en el cielo ni a encontrarme con ella. Ni siquiera a través del televisor, donde se sentaba a devorar todos los boletines de noticias por si acaso aparecía ella dando una noticia.</p>
<p>Durante un tiempo intentó seguir alguna pista que le llevara hasta ella, pero la pista  siempre se desvanecía. Poco a poco su mirada, su voz y su risa fueron quedando en su memoria como un frágil recuerdo, igual que la visión de una ciudad monumental en el cielo pasó a ser sólo un recuerdo para todo el mundo.</p>
<p><em>Diez años. No podía creer que había vuelto a verla, pero era cierto, hacía sólo unos instantes que la había visto en la televisión, informando desde el Vaticano con la Basílica de San Pedro al fondo. Con el mismo brillo en su mirada que hace diez años. Apoyé las manos en el marco de la ventana y seguí mirando a través de ella por encima de las casas de Córdoba: toda Roma se veía en el cielo.<br />
</em></p>
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		<title>La mirada de la luna</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Feb 2008 12:20:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 2º.
Nota: todos los relatos debían comenzar por la frase &#8220;Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 2º.</p></blockquote>
<blockquote><p><strong>Nota</strong>: todos los relatos debían comenzar por la frase &#8220;Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días&#8221;</p></blockquote>
<blockquote></blockquote>
<p><font color="#ff0000"><strong>La mirada de la luna </strong></font></p>
<p>Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días. Sostenía aquel libro sobre el cine de Méliès en mis manos, abierto por aquella página con una gran fotografía de su película “Viaje a la luna” donde se veía una luna con rostro y unos ojos que miraban fijamente. Una mirada que me traspasaba.</p>
<p>Los recuerdos empezaron entonces a bullir en mi cabeza y mis días de infancia me envolvieron mientras seguía de pie en el pasillo de aquella librería. Cuando yo era pequeña tenía un cuento donde aparecía una gran luna en la mayoría de sus páginas. Un cuento que, sin que nadie lo supiera, había pintarrajeado con rotulador tachando todas las veces que aparecía la luna. Yo tenía 6 años. Y un pequeño secreto.</p>
<p><span id="more-25"></span>Una escena habitual era la que se daba algunos días por la noche. Yo estaba en el sofá, junto a mi padre, viendo la televisión y al ver que era tarde mi padre me mandaba cariñosamente a la cama. De nada servía que me quedara acurrucada junto a él, al final tenía que levantarme e irme para mi cuarto para que no se enfadara. Una vez, en lugar de ir a mi dormitorio fui al de mis padres y me eché en su cama, hasta que un rato después entró mi madre y dulcemente me recordó que ya era un poco mayor para dormir ahí. Aquella noche por supuesto que la pasé en mi habitación, pero <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">lo </span><b> </b>que <br><b></b>no <br><b>supo </b>nadie <br><b>es que </b>lo <br><b>hice </b>sentada <br><b>en el </b>suelo <br><b>y apoyada en </b>la <br><b>pared, temblando </b>de<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> miedo</span></span>lo que no supo nadie es que lo hice sentada en el suelo y apoyada en la pared, temblando de miedo y sin quitarle ojo al resplandor blanquecino que desprendía una espléndida luna llena y que entraba por mi balcón.</p>
<p>También recuerdo las tardes después del colegio. Me sentaba en la mesa del salón a hacer los deberes y enseguida me quedaba dormida. El sueño que no había disfrutado durante la noche me envolvía entonces dejando algo preocupada a mi madre que pensaba que dormía más de la cuenta.</p>
<p>Una tarde me despertó el ruido de la puerta. Escuché voces y reconocí la de mi tía Laura, hermana de mi madre. De pequeña siempre sentí una predilección especial por mi tía Laura. Era más joven que mi madre, estaba casada pero no tenía hijos y era como la hermana mayor que nunca tuve. Mi amiga, mi confidente. Me encantaba estar con tía Laura. Al reconocer su voz pegué un brinco y salí corriendo para el recibidor.</p>
<p>- ¡Tía Laura! – exclamé mientras me abrazaba a ella</p>
<p>- ¡Eh, guapísima! – dijo mientras me besaba- ¿Cómo está mi sobrina favorita?</p>
<p>- ¡Como que no tienes otra! – le espetó divertida mi madre&#8230;</p>
<p>- Es igual, aunque tuviera mil sobrinos, ésta sería mi favorita.</p>
<p>La arrastré de la mano hacia mi cuarto para enseñarle los últimos dibujos que había hecho en el colegio. Mi tía Laura siempre me animaba a que dibujara y a que diera rienda suelta a mi imaginación.</p>
<p>- Éste me encanta. Es un oso ¿verdad? Y éste&#8230; Es precioso. Una casa en el campo&#8230; los árboles&#8230; el sol tan amarillo&#8230; cada vez lo haces mejor, Marta. Cuando yo tenía tu edad no pintaba ni la mitad de bien que tú.</p>
<p>Seguimos pasando dibujos hasta llegar a uno en el que dijo:</p>
<p>- Y este es el mismo que el otro pero por la noche ¿verdad?. La misma casa, los árboles, el coche&#8230; Y las estrellas. Pero, Marta, se te ha olvidado pintar la luna. ¿No has pintado la luna?</p>
<p>Negué con la cabeza y desvié incomoda la mirada.</p>
<p>- No importa. ¿Sabes?, de todas formas es un dibujo muy bonito. ¿Me lo puedo quedar?</p>
<p>No quise contarle a mi tía lo que me pasaba, que las noches sin luna dormía plácidamente pero cuando había luna llena volvía a no pegar ojo. Una noche decidí cerrar mi balcón y echar la persiana, pero al rato entró mi madre, quien encendió la luz de mi habitación y me regañó por tenerlo cerrado alegando que hacía mucho calor, y lo abrió de par en par dejando a la vista una grandiosa y luminosa luna redonda que inundaba de luz media habitación mientras, en la otra media, entre penumbras, yo rompía a llorar asustada bajo las sábanas.</p>
<p>En otra ocasión que vino mi tía Laura a casa, me trajo un regalo: un cuento que había comprado para mí en una librería. Un rato después estábamos las dos recostadas en mi cama, mi tía leyéndolo en voz alta y yo escuchándola y siguiendo las ilustraciones:</p>
<p>- &#8230; y entonces Pedrito dijo que no iría porque tenía miedo. &#8220;¿Miedo de qué?&#8221; gritó el Mago Cararrana. &#8220;Del bosque&#8221;, dijo Pedrito, &#8220;está oscuro y puede haber lobos con unos dientes enormes&#8221;. &#8220;¿Y de eso tienes miedo?&#8221;, preguntó el mago &#8220;Yo nunca tengo miedo ¿y sabes por qué? Porque en mi corazón no hay sitio para él. Simplemente, tengo tanta maldad en él que no cabe ya nada más&#8221;&#8230;</p>
<p>En ese momento interrumpí su lectura y le pregunté:</p>
<p>- ¿Tú tienes miedo, tía Laura?</p>
<p>Mi tía dejó de leer y alzó la vista hacia mi ojos marrones rabiosos de curiosidad.</p>
<p>- Claro que sí, cariño. De muchas cosas. Es muy normal tener miedo.</p>
<p>- Pero, ¿de qué tienes miedo?</p>
<p>- Ya te he dicho que de muchas cosas. De que me hagan daño, de no hacerlo bien en mi trabajo, de que no me comprendan, de sentirme sola&#8230; ¿De qué tienes miedo tú?</p>
<p>Al principio guardé silencio, me daba vergüenza contarle mi secreto a mi tía Pero al final le dije con un hilo de voz:</p>
<p>- De la luna.</p>
<p>- ¿De la luna? – me dijo acariciándome los cabellos con dulzura- Pero, ¿por qué, corazón?</p>
<p>- No sé. Me da miedo.</p>
<p>- ¿Y todas las noches le tienes miedo?</p>
<p>- No. Sólo cuando es muy grande y da mucha luz. Cuando es así &#8211; y dibujé en el aire con el dedo &#8211; como un trozo de melón, no, porque es pequeña.</p>
<p>Mi tía dejó el cuento y me abrazó con gran ternura besándome en la frente.</p>
<p>- ¡Ay, ven aquí! ¿Sabes?, ninguno de nosotros tenemos el corazón tan pequeño como el mago del cuento. En un corazón grande siempre caben cosas nuevas: cariño, amor y también miedos. Pero muchos de esos miedos dejan de serlo cuando les hacemos frente. Yo conozco una fórmula mágica para dejar de tener miedo a la luna, pero no sé si debería contártela. Es un secreto&#8230;</p>
<p>- ¡Por favor, cuéntamelo! Prometo guardar el secreto.</p>
<p>- Mmm, no sé, no sé&#8230;</p>
<p>- ¡Lo prometo, lo prometo!</p>
<p>- Está bien, lo haré. Hay que esperar a un día que haya luna llena. Cuando eso ocurra, deberás cerrar los ojos y acercarte al balcón. Y en ese momento has de abrir mucho los ojos y mirarla fijamente. Sin pestañear. Intentando reconocer cada una de las manchas grises que tiene en su superficie. Y sentirás cómo un sentimiento de belleza y luz entra en tu interior. Entonces extiende los brazos, echa la cabeza hacia atrás, deja que la blanca luz de la luna te bañe y grita &#8220;¡luna, luna, luna!&#8221;. Y el miedo se irá definitivamente de tu corazón.</p>
<p>Aquello no me pareció muy buena idea y recuerdo que no dije nada, tan sólo le devolví a mi tía la mirada. Una mirada triste.<br />
Un par de noches después había luna llena y mi balcón estaba abierto. Yo temblaba de miedo, como de costumbre en mi cama, pero me acordé de lo que me dijo tía Laura y decidí intentarlo. Me levanté de la cama y comencé a acercarme al balcón con los ojos cerrados. Estaba muy asustada. Intenté abrir los ojos pero no pude. En su lugar cerré rápidamente las hojas del balcón y me senté en el suelo, en el rincón más oscuro de la habitación, a llorar amargamente.</p>
<p>Pasaron unas semanas y mi tía Laura no había vuelto a aparecer por casa, lo cual era extraño. Una tarde escuché desde el pasillo cómo mi madre hablaba en el salón por teléfono con ella. Me dirigí al dormitorio de mis padres y descolgué con cuidado el otro teléfono para así oír parte de su conversación:</p>
<p>- ¡Laura! ¿Dónde estás? Hay mucho ruido&#8230;</p>
<p>- Estoy en el aeropuerto. Mi vuelo sale dentro de 20 minutos. Me voy una semana a Barcelona con una amiga mía.</p>
<p>- ¿A Barcelona? Pero&#8230; ¿No va Joaquín contigo?</p>
<p>- Ana, nos hemos separado. Quiero pasar unos días lejos de aquí.</p>
<p>- ¡Laura!</p>
<p>- Perdona que no te haya dicho nada. Te contaré cuando vuelva ¿vale? Por favor, si te llama no le digas dónde estoy.</p>
<p>- Laura, sabes que puedes contar conmigo pero creo que estás huyendo. ¿No crees que hay que hacer frente a los problemas, cara a cara?</p>
<p>- Pero&#8230; Ana&#8230; Tengo que dejarte. Dale un beso muy fuerte a Marta de mi parte ¿vale? Dile que le traeré algo de Barcelona. Te llamaré en un par de días.</p>
<p>- ¡Laura, Laura!</p>
<p>Y mi tía colgó</p>
<p>La siguiente vez que hubo luna llena decidí volver a intentarlo. Me incorporé de la cama, cerré los ojos y me situé frente al balcón. Me arrepentí y volví a esconderme bajo las sábanas. Me incorporé de nuevo. Cerré los ojos. Me acerqué al balcón y… abrí los ojos.</p>
<p>Me quedé inmóvil mirando una hermosa luna llena sin pestañear. Comencé a sonreír, sin perder de vista la luna. Mi respiración era cada vez más rápida y mi sonrisa más amplia. Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y extendí los brazos en cruz, exclamando:</p>
<p>- ¡Luna, luna, luna!</p>
<p>La luna me bañaba totalmente. Estaba rebosante de alegría. De pronto se encendió la luz del cuarto. Mis padres estaban en la puerta en pijama, alarmados por los gritos que había dado</p>
<p>- ¿Qué ocurre, Marta?</p>
<p>Me limité a señalar con el dedo la luna llena mostrando una sonrisa de felicidad. Mis padres se acercaron al balcón, junto a mí, y mi padre susurró mientras apagaba luz y se abraza a mi madre y ésta a mí:</p>
<p>- Verdaderamente, esta noche hay una luna preciosa</p>
<p>Los tres permanecimos juntos, bajo el marco del balcón y contemplando maravillados la luna llena más hermosa y grande que habíamos visto nunca, cuando escuché a mi madre decirle a mi padre:</p>
<p>- Que espectáculo más bonito. ¿Sabes? No entiendo cómo mi hermana Laura podía tenerle miedo a la luna cuando era pequeña&#8230;</p>
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		<title>El Sexto Sentido</title>
		<link>http://salomon.pitodoble.com/2007/09/14/el-sexto-sentido/</link>
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		<pubDate>Fri, 14 Sep 2007 11:41:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>

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		<description><![CDATA[Sé que cerré este blog, pero lo reabro momentáneamente para dejar aquí este texto que escribí para el blog de mi buen amigo Chiqui el pasado 1 de agosto:
El Sexto Sentido
Tranquilos, no voy a hablar ni destripar nada de la película de Bruce Willis del mismo título, los que aún no la hayáis visto (si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sé que cerré este blog, pero lo reabro momentáneamente para dejar aquí este texto que escribí para el <a href="http://bitacora.chiquiworld.com/2007/08/01/cafe-con-julian-quatermain-roas/">blog de mi buen amigo Chiqui</a> el pasado 1 de agosto:</p>
<blockquote><p><strong>El Sexto Sentido</strong><br />
Tranquilos, no voy a hablar ni destripar nada de la película de Bruce Willis del mismo título, los que aún no la hayáis visto (si es que queda alguno) no tenéis de qué preocuparos que no os voy a desvelar nada de ella. De lo que vengo a hablaros es de los sentidos.</p>
<p>Todos sabemos que los sentidos son cinco: vista, oído, gusto, tacto y olfato. Un día decidieron ampliar la lista de sentidos, igual que los alcaldes deciden subirse el sueldo tras cada elección, parece que cinco no eran suficientes, así que convocaron un casting al más puro estilo Operación Triunfo o Factor X para encontrar el que sería el &#8220;sexto sentido&#8221;.</p>
<p><span id="more-24"></span></p>
<p>El sentido de la orientación no salió elegido porque se perdió y no supo llegar al lugar del casting. El sentido del ridículo pasó tanta vergüenza que no pudo ni hacer la prueba. El sentido de la responsabilidad dijo que él era muy serio como para presentarse a castings frívolos de telebasura.</p>
<p>Al final pasaron tres candidatos a la fase final, y la gente con sus SMS (Send Money, Silly) elegirían al afortunado.</p>
<p>El primero de ellos era el favorito de mucha gente, y he decir que yo mismo no hubiera visto nada mal que ganara: era el Sentido Común. La gente argumentaba que era un sentido importantísimo, tanto o más que los 5 originales y que incluso estaba llamado a gobernarlos a todos pues tal era su misión. Pero alguien dijo que el sentido común era &#8220;el menos común&#8221; de los sentidos y fue rechazado precisamente por eso, por lo poco que se manifiesta en muchas personas.</p>
<p>Entonces apareció el segundo candidato. Mi candidato, es decir, mi favorito: el Sentido del Humor. Para mí el sentido estrella (con permiso del defenestrado sentido común) y por el que envié cientos de SMS para que saliera. Me parece importantísimo tener sentido del humor. En todos los ámbitos de la vida. En todo momento. <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">El </span><b> </b>sentido <br><b></b>del <br><b>humor </b>nos <br><b>hace mejor </b>persona, <br><b>estimula </b>el <br><b>riego cerebral, </b>la <br><b>circulación sanguínea, reduce </b>el <br><b>colesterol y prolonga </b>la<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> erección</span></span>El sentido del humor nos hace mejor persona, estimula el riego cerebral, la circulación sanguínea, reduce el colesterol y prolonga la erección. Bueno&#8230; yo que sé, todo lo bueno que se puedan imaginar.</p>
<p>En la blogosfera, este medio natural en que nos movemos los bloggers, falta aún mucho más sentido del humor. Hay blogs divertidos, sí, pero normalmente son catalogados como &#8220;blogs de humor&#8221; o &#8220;de tonterías&#8221; como si fueran de segunda clase. Echen un vistazo a los &#8220;gurús&#8221; de la blogocosa: profesores pedantes, economistas adictos al trabajo, geeks mesiánicos, periodistas rebuscados&#8230; ¿No hay ningún PAYASO entre ellos? Pues yo reivindico que lo haya. Cuando Fernando Fernán Gómez ingresó en la Real Academia de la Lengua dijo en su discurso que lo que más le gustaba era que la Academia hubiera admitido en ella a &#8220;un cómico&#8221; que es lo que él era al fin y al cabo, por su origen del mundo del espectáculo y la farándula.</p>
<p>Del sentido del humor (o del humor, a secas) también se ha hablado mucho con profundas taxonomías: que si hay humor negro, humor blanco, humor zafio y grosero&#8230; y ese término tan recurrente como insustancial e indefinido: &#8220;humor inteligente&#8221;. ¿Qué es el humor inteligente? ¿el humor que requiere pensar para entenderlo por parte del público? ¿o el que requiere pensar para fabricarlo, por parte del humorista? No me gustan las etiquetas en el humor. La línea a menudo es muy delgada. Cuando Groucho Marx le contestó (costándole la clausura de su programa radiofónico) a una oyente que tenía 20 hijos porque &#8220;quería mucho su marido&#8221; la frase: &#8220;Señora, yo también quiero mucho a mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca&#8221;. ¿Eso fue humor soez y zafio o humor inteligente?</p>
<p>Pero el sentido del humor no salió elegido. El sentido del humor suele ir parejo casi siempre con el sentido de la autocrítica. Y a menudo la ausencia del segundo termina implicando la ausencia del primero. Mientras no aprendamos a reírnos de nosotros mismos, no podremos decir que tenemos sentido del humor. Y esa ausencia tan generalizada en nuestra sociedad hizo que no saliera elegido.</p>
<p>Así que salió elegido el tercer candidato: el sentido de poder sentir o intuir lo que va a pasar, de tener premoniciones. Qué gilipollez. A eso es a lo que se le llama desde entonces tener un sexto sentido. Con lo mucho más necesarios que nos son cualquiera de los otros dos finalistas&#8230;</p>
<p>Por cierto, en la película Bruce Willis está todo el tiempo muerto. Seré cabrón&#8230;</p></blockquote>
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		<title>Poemas para una despedida</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Mar 2007 12:14:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sensaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[No creo que este blog vea más entradas. Nunca ha tenido muchos lectores, pero a los pocos que sí que lo leéis no puedo engañaros con la falsa esperanza de que algún día al abrir vuestro lector de feeds os vayáis a encontrar un nuevo texto aquí.
Tampoco pensé en ningún momento publicar en este blog [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No creo que este blog vea más entradas. Nunca ha tenido muchos lectores, pero a los pocos que sí que lo leéis no puedo engañaros con la falsa esperanza de que algún día al abrir vuestro lector de feeds os vayáis a encontrar un nuevo texto aquí.</p>
<p>Tampoco pensé en ningún momento publicar en este blog poemas que he escrito (no obstante están todos en internet, en otra página y firmados con mi nombre real) pero <span class="noimp" style="position:relative;color:#5b3e00;width:150px;background:white;filter:alpha(opacity=25);-moz-opacity:.25;opacity:.25;float:right;width:150px;margin-top:10px;margin-bottom:10px;margin-left:10px;padding-bottom:10px;font-family:Verdana,Arial, Helvetica,Georgia;font-size: 24px;line-height:26px; text-align: right;"><span style="filter:alpha(opacity=75);-moz-opacity:.75;opacity:.75;">hoy </span><b> </b>quiero <br><b></b>despedir <br><b></b>este<span style="filter:alpha(opacity=90);-moz-opacity:.90;opacity:.90;"> blog</span></span>hoy quiero despedir este blog con tres poemas, escritos en distintas épocas pero que bien podían haberse escrito en este instante.</p>
<p>Hoy me he encontrado con que de nuevo ha llegado la <em>primavera </em>al calendario, aunque no a mi vida, aún inmersa en un gélido invierno. Y he pensado en el primero de los poemas. Curiosamente se titula &#8220;San Nicolás&#8221; (fue escrito en el mirador albayzinero de dicho nombre) y mirando hoy mi calendario de mesa me encuentro con que es precisamente San Nicolás. Qué cachondo el destino con sus dementes coincidencias&#8230;</p>
<p>La no-primavera se traduce en una <em>alegría perdida</em>, por lo que he rescatado también ese poema tan antiguo, pero tan actual, llamado precisamente así. Y todo ello no ha hecho sino traerme a la memoria la <em>exactitud profética</em> de lo que ya escribiera hace unos años en dos poemas, de lo que habría que ocurrir y así ha sido.</p>
<p>Tapamos los textos de este blog con una sábana para que no cojan polvo. Cerramos el gas. Apagamos la luz. Y echamos la llave&#8230;</p>
<p><span id="more-23"></span></p>
<blockquote><p><strong>SAN NICOLÁS</strong></p>
<p>Hoy no estoy bien contigo<br />
porque me ciega el sol<br />
y no respiro el perfume<br />
nazarí de estos bosques.</p>
<p>Porque me molesta<br />
el repiqueteo de las castañuelas<br />
y el devenir de los recuerdos.</p>
<p>Hoy no estoy feliz contigo<br />
porque me falta una negra melena<br />
o unos ojos marrones,<br />
o una caricia en el pelo<br />
o un beso en la sombra.</p>
<p>Hoy es de nuevo primavera<br />
y quisiera cantar<br />
que la primavera es gris<br />
y pálida y solitaria.</p>
<p>Pero no puedo.</p>
<p>Mal que me pese,<br />
la primavera es tan luminosa<br />
y colorida como siempre,<br />
tan hermosa, cálida<br />
y rojiza como cada año.</p>
<p>Soy yo, el que ha cambiado,<br />
pero la primavera de mi alrededor<br />
sigue siendo tan sugerente<br />
y maravillosa como antaño.</p>
<p>Por eso hoy no estoy bien contigo.</p>
<p>Maldita primavera.</p>
<p>Maldita y hermosa primavera.</p></blockquote>
<p align="right">Del libro <em>&#8220;Con el Recuerdo a Cuestas&#8221;</em></p>
<blockquote><p><strong>LA ALEGRÍA PERDIDA</strong></p>
<p><em>¡Cómo te quiero,<br />
que yo te quiero,<br />
que no debería<br />
quererte ya!</em></p>
<p>Canté al viento<br />
y bailé al sol<br />
una dulce sonrisa<br />
de miel y agua.<br />
Mis ojos brillaban,<br />
mi alma saltaba<br />
y tú gozabas<br />
de mi primavera.<br />
Hay alegrías<br />
¡ay! ¡hay alegrías!<br />
que cuestan oro<br />
y paños de Flandes.<br />
Y hay puñales<br />
¡ay! ¡hay puñales!<br />
que duelen más<br />
que mi propia sangre.</p>
<p><em>¡Cómo te quiero,<br />
que yo te quiero,<br />
que no debería<br />
quererte ya!</em></p>
<p>Me haces daño,<br />
me haces sufrir,<br />
vivo en el engaño<br />
de morir por ti.<br />
Sesgas mi alma<br />
creas mis lágrimas.<br />
¿Eso es quererme?<br />
Sí, dirás que sí.</p>
<p><em>¡Cómo te quiero,<br />
que yo te quiero,<br />
que no debería<br />
quererte ya!</em></p>
<p>No me llames,<br />
no me escribas,<br />
no me veas,<br />
no me ames.<br />
¿Para qué? ¡Oh sí!<br />
¡Eres la mañana!<br />
y yo un imbécil<br />
que por amor<br />
se agota.<br />
Cantan los pájaros<br />
y brilla el sol,<br />
la suave brisa<br />
vuelve de nuevo.<br />
¿Te diré, mi amor,<br />
que nada en el mundo<br />
me hace más daño que tú?</p>
<p><em>¡Cómo te quiero,<br />
que yo te quiero,<br />
que no debería<br />
quererte ya!</em></p></blockquote>
<p align="right">Del libro <em>&#8220;Vendrán Nuestros Besos&#8221;</em></p>
<blockquote><p><strong>ME IRÉ</strong></p>
<p>Sabes que un día me iré<br />
y no volveré<br />
a besar tu cuello y tus labios<br />
a acariciar tus pechos y cintura<br />
a amarte como esta noche.</p>
<p>Algún día no existiré<br />
mas que como una sombra<br />
un vago recuerdo<br />
y te preguntarás si fui real<br />
como yo me pregunto ahora<br />
si lo es nuestro amor.</p>
<p>Me iré sin despedirme<br />
cuando tú me abandones<br />
y todo este amor me lo llevaré conmigo.<br />
Sabes que no te quedará nada<br />
los recuerdos me pertenecen.</p>
<p>Pero hoy te tapas los oídos<br />
y te niegas a escucharme:<br />
Sabes que un día me iré</p>
<p>y no volveré.</p></blockquote>
<p align="right">Del libro <em>&#8220;Los Pretendientes de Penélope&#8221;</em></p>
<blockquote><p><strong>SE ACABÓ</strong></p>
<p>Se acabó todo, mi amor,<br />
como se acaba el agua en la sequía<br />
se acabaron las caricias<br />
los abrazos bajo las sábanas<br />
los encuentros a hurtadillas<br />
los engaños, las mentiras.<br />
Se acabó todo, mi amor,<br />
se acabó el llorar cada semana<br />
el sentirse abandonado<br />
el sentirse querido y amado<br />
se acabaron las miradas,<br />
los silencios, las sonrisas.<br />
Se acabó este libro, estas líneas<br />
hacer el amor en las escaleras<br />
en los chats, en las bañeras<br />
se acabó saborear tu cuerpo<br />
beber tu sed, exprimir tu alma<br />
y sentir nunca más tus besos.<br />
Te lo digo hoy, mi amor,<br />
eres un poema de veinte versos.</p></blockquote>
<p align="right">Del libro <em>&#8220;Los Pretendientes de Penélope&#8221;</em></p>
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		<title>La contracción anal (o “Esto le puede pasar a cualquiera”)</title>
		<link>http://salomon.pitodoble.com/2007/02/28/la-contraccion-anal/</link>
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		<pubDate>Wed, 28 Feb 2007 08:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quatermain</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Relato erótico-terrorífico de andar por casa
ERA VIERNES. La cinta de Kiko Veneno había llegado a su fin en el destartalado radiocassette de la repisa del cuarto de baño cuando Arturo terminó de ponerse siete cuadraditos de papel higiénico sobre sus mejillas para intentar paliar el efecto devastador de la Gillette Contour-Plus en su undécimo uso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Relato erótico-terrorífico de andar por casa</strong></p>
<p>ERA VIERNES. La cinta de Kiko Veneno había llegado a su fin en el destartalado radiocassette de la repisa del cuarto de baño cuando Arturo terminó de ponerse siete cuadraditos de papel higiénico sobre sus mejillas para intentar paliar el efecto devastador de la Gillette Contour-Plus en su undécimo uso sin recambiar sus cuchillas.</p>
<p>Sus ojos verdes buscaron el frasco de colonia que le regaló su madre (la misma con la que su última novia le había dicho que olía a borracho) y empapó con ella su pelo negro y brillante, cortado muy corto por atrás y con simpáticos ricitos sobre la frente. Humedeció dos dedos con la colonia y se acarició con ellos sus largas patillas rectas y negras, no pudiendo evitar que una gota de colonia resbalara hasta el más cercano de los cuadraditos de papel, produciéndole un escozor demencial.</p>
<p><span id="more-15"></span>Dio la vuelta a la cinta en el radiocassette (en la otra cara sonaba ahora el más antiguo de los Sabina con su &#8220;Princesa&#8221;) y entró en su cuarto para terminar de vestirse. Desechó tres camisas antes de decidirse por la camisa blanca que tanto le había gustado a Conchi antes de que se largara aquella lejana tarde con todas sus cosas en una bolsa de deporte y toda su rabia y su mala leche en sus grandes ojos color de caramelo. Se metió en los Levi&#8217;s negros que le hacían tener que meter un poco la barriga para abrocharlos, y tras calzarse unos zapatos negros que ya habían perdido el brillo, agarró su chaqueta de cuero estilo Ramoncín que había comprado en el rastro.</p>
<p>Después de desprenderse de los trocitos de papel higiénico que aún poblaban su rostro, se dio un generoso visto bueno ante el espejo y ensayó orgulloso su fantástico y vertiginoso movimiento de lengua con tintes lascivos, quizás como preludio de la que esperaba fuera una buena noche. &#8220;Hoy tiene que caer alguna. Fijo&#8221;, pensó mientras ensayaba poses ante el espejo.</p>
<p>Arturo andaba por la calle aquella noche con los pulgares en los bolsillos y moviendo suavemente las caderas arriba y abajo en cada paso, tal y como le había enseñado un amigo suyo rocker. Entró en el Sur y se tomó dos &#8220;besos negros&#8221; lamiendo con descarada lascivia el chocolate de los vasos con el propósito de excitar a dos extranjeras que le miraban divertidas, siendo en realidad el excitado el camarero, quien a través de sus gafas oscuras, no quitaba ojo al mentón de Arturo y las siete pequeñas cicatrices que poblaban sus mejillas.</p>
<p>Después de intentar (sin éxito) algún tipo de acercamiento con, al menos, otras tres chicas del bar, Arturo pagó su tercer &#8220;destornillador&#8221; de Smirnoff y salió a la calle en busca de nuevos &#8220;objetivos&#8221;. Se dirigió al Varadero y allí decidió cambiar el vodka por el DYC con Coca-Cola y al acercarse a la barra fue cuando la vio a ella.</p>
<p>Era morena, de pelo muy corto, a lo chico. Era alta y muy delgada, pero sin llegar a parecer anoréxica. Los ojos eran del mismo color verde manzana que los suyos, entrecerrados de forma sugerente, sin duda debido a una miopía galopante y una coquetería que le había impedido ponerse las gafas esa noche. Sus labios eran finos y circundaban una boca pequeña pero que seguro podía engrandecerse más. Sus tetitas eran pequeñas pero muy redonditas, las caderas anchas pero sin exagerar y su ombligo, al descubierto por encima de los pantalones de cuero, llevaba un &#8220;piercing&#8221; tal y como él había visto llevarlo a Silke en una película. Las marcas de los granos inundaban sus mejillas al tiempo que el vello de sus brazos le daba un aire como más animal y sensual.</p>
<p>Arturo se desabrochó un botón de la camisa y pasó su lengua disimuladamente por su labio superior mientras subía las cejas en un gesto de satisfacción. Era lo que estaba buscando. Era guapa, simpática y viciosilla. Era su amiga Trini. La única con la que había conseguido acostarse un par de veces en los últimos seis meses, eso sí, cuando la noche le había demostrado que no tenía otra opción si no quería dormir solo.</p>
<p>Ella se alegró mucho cuando lo vio acercarse y levantó los brazos alborozada derramando la mitad de su cubata sobre un cuarentón de traje de Armani y peinado de cepillo que estaba detrás suya achuchando a su secretaria.</p>
<p>Tomaron un par de copas, se contaron varios chistes verdes que Trini rió a grandes carcajadas a pesar de no haber sido capaz de entender ninguno de ellos y bailaron al son de Ricky Martin y Ketama. Cuando Arturo le tocó el culo a la Trini por tercera vez, ésta le propuso sin más preámbulos ir al piso de él y terminar allí la noche.</p>
<p>Salieron los dos del Varadero y se dirigieron hacia el piso de Arturo, que estaba bastante lejos, cerca de la Macarena; y en el trayecto éste le tocó el culo a ella ocho veces más, se enrollaron otras tantas y pararon a comer unas hamburguesas, con eructo de Trini incluido tras comerse la suya en tres bocados. En la Alameda, Arturo orinó en un árbol mientras Trini le gastaba una broma a un taxista haciéndose pasar por una lumi. Continuaron andando, agarrados por la cintura, y después de una fugaz, pero gratificante, experiencia de sexo oral detrás de un contenedor, por fin llegaron al piso de Arturo.</p>
<p>Nada más subir, ella entró en el cuarto de baño a orinar percatándose de que el radiocassette de la repisa había sido dejado encendido y emitía una especie de zumbido al haberse acabado la cinta. Arturo se quitó la chaqueta y la camisa, buscó los condones en la nevera y comprobó la fecha de caducidad, lanzando un suspiro de alivio. Sacó cuatro de la caja y dejó los otros dos de nuevo en la nevera.</p>
<p>Entró en el dormitorio y encendió el flexo que había sobre la mesita de noche. Se quitó los zapatos y se desabrochó el botón de los tejanos. Después de meditarlo un momento, dejó sobre la mesita solo tres de los condones y volvió a meter el otro en la nevera. Aprovechó la visita a la cocina para beber un trago de zumo de naranja directamente del cartón y en ese momento sintió la mano de Trini deslizarse por encima de su ombligo, pasar por debajo del elástico de sus calzoncillos y agarrar su miembro viril. Ella estaba tras él y besaba su cuello conforme apretaba su cuerpo al suyo pudiendo él sentir la presión esférica de sus tetitas sobre su espalda. Ella ya había sacado su miembro y lo agitaba con frunción mientras él giraba la cabeza buscando con su boca la suya.</p>
<p>Arturo se volvió completamente, observando que ella estaba desnuda a excepción de las braguitas, que aún llevaba puestas. Trini se dispuso a arrodillarse delante de él pero Arturo la detuvo y, besándola ardorosamente, la fue empujando fuera de la cocina hasta el dormitorio.</p>
<p>Trini estaba ya tumbada en la cama, totalmente desnuda, boca arriba y con las piernas abiertas. Sus manos acariciaban su propio sexo mientras se mordía tímidamente el labio inferior de la boca mientras Arturo estaba de rodillas, entre sus piernas, también desnudo y colocándose el condón con inusitada torpeza. Él hubiera querido algo más de juego erótico, como por ejemplo usar la celeridad de su lengua para poner los flujos vaginales a punto de nieve, pero ella le había suplicado que se la metiera cuanto antes una vez que cruzaron el umbral del dormitorio. Arturo comenzó a descender y acoplarse lentamente a ella. Trini alzó un poco sus caderas y finalmente le ayudó agarrando su miembro con las manos para introducírselo dentro de sí.</p>
<p>Los dos se movían a distinto ritmo. Lo habían hecho otras veces, pero hacía mucho tiempo de la última vez y les costaba coger el compás. Trini se movía mucho más rápido que él y sus jadeos eran cada vez mayores. Arturo intentaba coger el ritmo de ella, pero a menudo fallaba y sacaba su miembro del todo siendo rápidamente de nuevo introducido por la hábil mano de Trini. Por fin pareció coger el ritmo. Él apoyaba sus manos sobre el colchón mientras ella se aferraba con las suyas a la cabecera de la cama. El movimiento era cada vez más rápido. Trini comenzó a decir las primeras obscenidades y Arturo sentía como si toda su energía estuviera a punto de irse por un desagüe, como el agua estancada al desatascar una cañería. Sabía que estaba cerca del orgasmo y que entonces todo acabaría y habría que comenzar de nuevo.</p>
<p>Entonces lo recordó. En ese instante. Recordó haber oido a una sexóloga en un programa de televisión dando un truco para retener la eyaculación y alargar así el acto sexual. &#8220;¿Qué era lo que había que hacer?&#8221;, intentaba recordar. Sus pensamientos hicieron que, inconscientemente, disminuyera la velocidad y perdiera de nuevo el ritmo con Trini. Ella, sin embargo, movía sus caderas cada vez más deprisa aferrándose ahora a la espalda de él. &#8220;¡Más rápido, más rápido!&#8221;, le pedía. Arturo intentaba recuperar el ritmo al mismo tiempo que seguía intentando recordar lo que la doctora había dicho en la televisión. &#8220;¡Contraer el ano! ¡Eso era! Se trataba de contraer el ano&#8230; Pero, ¿cómo se hace eso?&#8221;</p>
<p>En ese momento ella decidió cambiar de postura. Se incorporó y obligó a Arturo a ponerse él acostado boca arriba mientras ella se sentaba sobre sus rodillas. Él agradeció este pequeño paréntesis que implicaba el cambio de posición ya que de otra manera habría llegado al orgasmo sin haber podido intentar el truco de la contracción anal. Trini se humedeció los dedos de su mano derecha con saliva y rodeó con ellos de nuevo el miembro de Arturo masturbándolo primero muy despacio y luego cada vez más deprisa.</p>
<p>Arturo comenzó entonces a intentar contraer el ano. No sabía exactamente qué es lo que tenía que hacer, así que intentó hacer las mismas fuerzas que cuando estaba estreñido pero a la inversa, aunque con la misma potencia. Trini parecía estar fuera de sí con su juguete y Arturo comenzaba a ponerse cada vez más colorado al tiempo que aguantaba la respiración para hacer así más fuerzas. El placer causado por la Trini era cada vez mayor (su miembro estaba ahora dentro de su boca) y él apretaba más y más su ano en su afán de retardar el orgasmo. Ella se cansó de jugar con su piruleta y avanzando sobre sus rodillas se acopló a Arturo introduciendo su miembro en su sexo para comenzar una cabalgada vertiginosa de placer y desenfreno.</p>
<p>Trini ahora parecía poseída, las obscenidades que gritaba eran continuas, su cuerpo se movía de arriba abajo violentamente y Arturo, sintiendo cada vez más cerca el clímax, parecía a punto de estallar por las terribles fuerzas que hacía para conseguir (o al menos él así lo pensaba) contraer el ano. Trini vio que Arturo tenía los labios apretados, la piel colorada y los ojos idos y muy fijos, pero pensó que era porque estaba sintiendo un placer extremo y que sin duda ese polvo estaba resultando espectacular. Al apoyar ella con fuerza las manos sobre el pecho de él, mientras sus caderas seguían en un descontrolado sube y baja, pudo percibir lo acelerado del corazón de Arturo, lo cual la excitó más aún pensando que era el placer y no las fuerzas sobrehumanas que estaba haciendo, similares a las de un superestreñido, lo que causaba tal bombeo sanguíneo. Todo Arturo estaba ya tremendamente rígido (no solo su sexo), las venas de su cuello se hincharon escandalosamente, lo ojos parecieron salirse de sus órbitas y el color de su piel se volvió de un tono amoratado mientras sus apretados labios dejaban escapar un tenue &#8220;mmmm&#8221;.</p>
<p>Trini llegó al más grande de los orgasmos. Al más fantástico que había tenido nunca. Extenuada se recostó al lado de Arturo. Había sido formidable. Cerró los ojos y luego volvió a abrirlos mirando satisfecha el techo. Se volvió hacia Arturo para darle las gracias pero se detuvo petrificada antes de decir palabra alguna. Arturo se había quedado exactamente igual que como ella recordaba haberlo visto en el instante de máximo placer. Como si hubieran congelado esa imagen. Estaba inmóvil y totalmente rígido. Tenía los ojos muy abiertos y fijos, los labios tremendamente apretados, las venas de la cara y el cuello tremendamente marcadas. La piel amoratada, los puños cerrados, todos los músculos de su cuerpo tensos y su miembro tan rígido como el resto de sus extremidades. Trini lo llamó un par de veces por su nombre y comenzó a asustarse. Le dio un golpecito en un hombro y se balnceó ligeramente como si fuera una estatua de madera tumbada en la cama. Trini observó que no respiraba, puso su oído sobre el pecho de Arturo y comprobó que no oía nada. &#8220;Dios mío, está muerto&#8221;. Y salió corriendo del dormitorio, desnuda y presa de un ataque de histeria.</p>
<p>Pero Arturo no estaba muerto. Había escuchado cómo Trini le hablaba pero no podía contestarle. Había visto cómo ella le miraba interrogante, pero no podía seguirla con la mirada cuando ella salía de su campo visual. No podía mover ni un dedo, ni doblar una pierna, ni girar sus pupilas. No podía despegar los labios, ni chasquear la lengua, ni bajar su sexo. Estaba en una especie de estado catatónico, algo así como un coma, al que había llegado, sin duda, debido al enorme esfuerzo realizado mientras intentaba contraer el ano.</p>
<p>Arturo oyó que por fin entraba alguien de nuevo en la habitación. Distinguió la voz de un hombre mayor y también, en sollozos, la de Trini. No podía ver nada, salvo la horrible lámpara de su dormitorio, que pendía del techo. Como no podía girar la cabeza ni mover ninguna parte de su cuerpo, hubo de esperar a que el hombre situara su cabeza encima de la de él para verle. Era un médico. No cabía duda. Le estaba reconociendo con esa especie de tubo que se ponían los médicos en las orejas. &#8220;No tiene pulso, su corazón se ha parado&#8221;, oyó decir al doctor. &#8220;Pero, ¿qué dice usted, hombre? Claro que está latiendo, ¡arregle su maldito aparato!&#8221;. Arturo intentó decir estas palabras pero ningún músculo de su cuerpo obedeció a sus órdenes así que esa frase sólo pudo oírla él en su pensamiento. Sus músculos habían quedado tan endurecidos y agarrotados, que impedían la percepción de unos tenues latidos y una aún más casi imperceptible respiración. &#8220;Este hombre está muerto&#8221;, profirió lacónico el doctor. &#8220;¿¡Quééé!? ¿Muerto yo? ¡Estoy vivo maldito matasanos! ¿Dónde te han dado el título, veterinario asqueroso?&#8221;. Arturo lo gritó con todas sus fuerzas pero ni sus labios se movieron un ápice, ni absolutamente ninguna de las células de su rostro se alteró lo más mínimo. El doctor lo giró poniéndolo de costado mientras seguía con su reconocimiento y entonces Arturo pudo ver a Trini sentada en el sillón del dormitorio, totalmente destrozada y llorando a lágrima viva.</p>
<p>Hubiera querido decirle algo, algunas palabras de aliento, algo del tipo &#8220;¡Eh, estoy bien! No te preocupes por mí. Este botarate se dará cuenta enseguida de que estoy vivo&#8221;. Pero sabía que ella le seguía viendo con los ojos inmóviles y ese rictus de tremendo esfuerzo intestinal en su cara. Trini se levantó y salió sollozando de la habitación. Arturo fue devuelto a su posición inicial y pudo ver cómo el médico hablaba por teléfono ya que se encontraba de pie justo al lado de la cama. Estaba pidiendo a alguien que vinieran a por él.</p>
<p>Entonces Arturo fue consciente de lo que le esperaba: lo amortajarían, le harían un bonito funeral y, finalmente, lo enterrarían vivo. Vivo y con su miembro en una permanente erección. El truco de contraer el ano le había servido para retener la eyaculación, pero no había podido imaginar hasta qué punto iba a hacerlo: para toda la eternidad. Comenzó a gritar que no quería que le enterraran vivo, pero sus gritos nunca llegaron a materializarse ni a salir de su cerebro. Era como haberse convertido en una maldita estatua.</p>
<p>De pronto un recuerdo cruzó su mente como una estrella fugaz en una noche clara. Recordó haber visto un episodio en una serie de televisión de Alfred Hitchcock en el que a un hombre le ocurría lo mismo que a él. Bueno, no a causa de una contracción anal, pero sí de un accidente de tráfico. Los médicos le daban por muerto pero estaba vivo y consciente sólo que, como él, no podía demostrarlo. Una lágrima de desesperación le salvó la vida. Alguien vio que el hombre lloraba y se dio cuenta de que vivía. &#8220;¡Puedo hacer lo mismo! Tengo que llorar&#8221;, se dijo Arturo. &#8220;Tengo que dejar escapar una lágrima como sea&#8221;. Intentó dar la orden a sus ojos pero éstos, al igual que el resto de su cuerpo, no respondieron. Entonces decidió pensar en aquellas películas que le habían hecho llorar a moco tendido: &#8220;Campeón&#8221;, &#8220;Sonrisas y lágrimas&#8221;, &#8220;Bambi&#8221;, &#8220;Rocco Sifredi vuelve&#8221;&#8230; Era inútil. Decidió hacer fuerzas a pesar de que era obvio que Arturo no podía dominarlas, tal y como demostraba su actual estado, y por fin&#8230; consiguió dejar escapar una.</p>
<p>Dejó escapar una ventosidad tan sonora como nunca había soltado. Al principio quedó un poco desconcertado al ver que su esfuerzo no había producido exactamente lo deseado. Pero luego comprendió que esa ventosidad también podía salvarle. Había sido un pedo de campeonato. El doctor tenía que haberlo oído.</p>
<p>El médico volvió la cabeza, y Arturo habría palidecido si no fuera porque ni su piel ni su cuerpo le respondían, cuando vio en la oreja del médico un enorme sonotone al que, a juzgar por los golpecitos que éste le daba, no le debían de andar muy bien las pilas.</p>
<p>&#8220;Ya está todo perdido&#8221;, se dijo a sí mismo, cuando de repente comenzó a vislumbrar una esperanza: el médico había comenzado a olfatear molesto haciendo grandes movimientos con su nariz. &#8220;¡Sí, señor! El pedo ha sido de campeonato y el olor no lo es menos. ¡Estoy salvado!&#8221;. El médico acercó su nariz a Arturo con una expresión de profundo desagrado. &#8220;¡Agg, Dios mío! ¡Vaya si está muerto, está empezando a descomponerse!&#8221;. Y Arturo supo que había perdido toda esperanza.</p>
<p>A través del pequeño recuadro de cristal del ataúd, Arturo podía contemplar la pequeña cúpula del crucero de una iglesia que reconoció como la de su barrio natal, San Gonzalo. Llevaba muchas horas así y ya casi había empezado a aceptar su destino, limitándose a sonreír y saludar a los parientes y amigos que desfilaban a través de su pequeña ventana de cristal, aunque éstos no percibieran ni un movimiento de sus labios ni un sonido de su boca, sino la permanente imagen de estreñido perpetuo que a Arturo se le había quedado.</p>
<p>&#8220;Hola, Papá. Hola Mamá&#8230; ¡Mamá, no llores tanto, que se te va a correr el rimel!&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Hombre, Antonio ¿qué pasa, colega? Bueno, no me mires así ¿has visto la cara que traes tú?&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Tita Mari! Pero si te has puesto silicona en los labios&#8230; Te debe de haber costado un pastón&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Joder, Vicente, cabrón, que me debes dos mil duros&#8230; ¡Eh, vuelve!, ¡no te vayas!&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Susi! ¡Uau, qué escote! Acércate más al cristal&#8230; pero no llores mujer&#8230; Nunca quisiste que te echara un polvo ¿y ahora me lloras?&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Fernando, macho! Te veo destrozado ¿eh? Oye, dile a Vicente que vuelva, que me debe dinero el muy cabrito&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Conchi! ¿Serás zorra? ¿Qué, te divierte ver mi entierro? Ah, pero ¿estás llorando? Pues cuando te largaste aquella tarde no llorabas, cabrona&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Tío Joaquín, mecachis la mar, pero hombre&#8230; no hace falta que subas al primo para que me vea, que solo tiene diez años y ver un muerto puede ser un trauma para él&#8230; ¡Hijo de puta! ¿pues no se está riendo el mocoso?&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Abuela, pero por Dios, ¿qué hace usted aquí?, váyase a casa, mujer, que me parte el alma verla llorar así. Tío Joaquín, llévatela, no debiste haberla traído&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Hombre, Vicente! Has vuelto&#8230; ¿Y mis dos mil duros? ¿Qué? ¿Qué le estás diciendo a Fernando? ¿Que mira como tengo los ojos de desorbitados? ¿¡Tú te has visto los tuyos, tontolculo!? Que los tienes más saltones que un camaleón bizco&#8230; ¡Oye!, ¡¡¡¡oyeee!!!!&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Trini! Vaya&#8230; Me alegro de verte, Trini. Estás muy guapa. ¡Si te has puesto las gafas! No llores, chati&#8230; Verás, quería decirte que&#8230; Bueno, la otra noche fue fantástica. Quiero que sepas que lo ocurrido no fue culpa tuya. Yo&#8230; yo lo hice por ti, ¿sabes?, quería que gozaras más y&#8230; Te echo mucho de menos, Trini. Y, ¿sabes?, me acuerdo constantemente de ti, me han tenido que hacer un ataúd más alto, porque el normal no podían cerrarlo. Trini, yo&#8230; ojalá hubiera podido decirte que&#8230; hey, ¿estás sonriendo? ¡Sí, estás sonriendo! ¿es que acaso puedes entenderme? ¿Eh? Ah, no&#8230; sonríes a alguien que está aquí detrás mía, ¿quién es? Ah, aquí llega&#8230; Pero&#8230; pero&#8230; ¡Vicente, cabrón! ¡Serás&#8230;! ¡No, no la abraces! ¡Ella no necesita tu consuelo&#8230;! ¡Vicente! ¡¡Vicenteee!!&#8221;</p>
<p>&#8220;La leche&#8230; no, si es que&#8230;¿Y éste quién es? ¡Coño, el cura! ¿Qué tiene en la mano, un sonajero? Ah, que es para echarme agua. Bueno, parece que por fin esto se acaba&#8230;&#8221;</p>
<p>&#8220;Ahora me quitan la tapa&#8230; ¿Se habrán dado cuenta de que estoy vivo y van a sacarme?&#8230; ¡Qué va! Aquí traen otra tapa pero sin cristal a la altura de la cara&#8230; La están poniendo encima mía&#8230; ¡Ay, que me tapan la luz! Pero&#8230; Eh&#8230; Ahora no veo nada. Está todo oscuro. Vaya&#8230; Bueno&#8230; ¿Cómo será mi agonía? ¿Sufriré? La verdad es que ya estoy más o menos acostumbrado a estar así&#8230; Pero no estoy acostumbrado a esta oscuridad&#8230; Está muy oscuro&#8230; Muy oscuro&#8230; Joder&#8230; La madre que parió a la doctora Vijande&#8230;&#8221;</p>
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