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    <title>Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</title>
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    <description>Escribo para comprender</description>
    <lastBuildDate>Sun, 07 Jun 2026 11:44:59 +0000</lastBuildDate>
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      <title>Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</title>
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      <title>DÉJAME PENSARLO en Substack</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Sat, 06 Jun 2026 12:30:44 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Blogging]]></category>
      <category><![CDATA[Lecturas]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>Un espacio para abrir melones sin prisa en un mundo adicto a los atajos</p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/06/06/dejame-pensarlo-en-substack/">DÉJAME PENSARLO en Substack</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 749</strong></p>



<p>Me he abierto un Substack. Se llama DÉJAME PENSARLO, un título que ya da algunas pistas de lo que va: abrir melones sin prisa en un mundo adicto a los atajos.</p>



<p>Por si no lo conoces, Substack es una plataforma de boletines: te suscribes a una publicación y recibes sus textos en el correo, aunque también puedes leerlos desde la web o desde su aplicación. Llevo un tiempo suscrito a varios boletines y me tiene enganchado esto de ser <em>Substackero</em>. Tiene algo menos ansioso que las redes sociales. Uno recibe un texto, lo abre cuando puede, lo lee con algo más de atención y, si quiere, responde. Hay menos griterío, menos algoritmo empujando el siguiente estímulo, menos sensación de estar pasando por encima de todo sin detenerse en nada. Además, y esto lo aprecio especialmente, las personas que se suscriben a Substack les gusta leer, buscan el formato lectura, que es en el que más cómodo me siento yo. &nbsp;</p>



<p>DÉJAME PENSARLO quiero que sea un espacio para hacerse buenas preguntas y compartir textos sobre metacognición, estadística, humanidades, pensamiento crítico y cómo cultivar el criterio propio en medio de tanto ruido. Nada pretencioso ni académico; más bien un lugar para experimentar con estilos de escritura más desenfadados, que es un camino que llevo transitando desde hace tiempo.</p>



<p>Voy a probarlo. Solo seguiré si me lo paso bien publicando allí. El comienzo ha sido divertido —mejor de lo que esperaba—, y las posibilidades que ofrece para conversar con otros autores y llegar a audiencias que todavía no me conocen también me atraen bastante.</p>



<p>Mi Substack va a complementar a este blog, que sigue vivo y coleando<strong>. </strong>Este continuará siendo mi campamento base. Quiero mantener mi propio espacio y no depender de los cambios de humor de ninguna plataforma. Los contenidos son míos, y buena parte de lo que produzca se quedará aquí.</p>



<p>DÉJAME PENSARLO será, por tanto, una puerta más de entrada. Publicaré allí, en diferido, algunos textos de este blog para quienes prefieran recibirlos por correo o leerlos en ese formato, que es bastante agradable. Y escribiré también piezas pensadas específicamente para el boletín: textos más breves, notas, preguntas abiertas, enlaces comentados o ideas todavía en proceso. Afirmo, además, que mi suscripción será siempre gratuita, no habrá nunca muro de pago.</p>



<p>Me haría mucha ilusión que me acompañes, desde el principio, en esta aventura. Visita mi nuevo substack en este enlace, y suscríbete si te gusta:</p>




<p><iframe style="border: 1px solid #EEE; background: white;" src="https://amaliorey.substack.com/embed" width="480" height="320" frameborder="0" scrolling="no"></iframe></p>


<p></p>



<p></p>
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      <title>Parkinson y Hofstadter</title>
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      <comments>https://www.amaliorey.com/2026/06/04/parkinson-y-hofstadter/#respond</comments>
      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Thu, 04 Jun 2026 18:53:51 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Consultoría]]></category>
      <category><![CDATA[Management]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>La tensión entre ambas leyes es clara: Parkinson nos empuja a comprimir, Hofstadter a expandir. Parkinson sugiere acortar los plazos para evitar dilaciones, mientras Hofstadter recomienda añadir un margen adicional, por si acaso. </p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/06/04/parkinson-y-hofstadter/">Parkinson y Hofstadter</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 748</strong></p>



<p>Existen dos leyes que describen cómo gestionamos el tiempo al realizar tareas o proyectos. Parecen opuestas —y lo son—, pero juntas ofrecen un enfoque honesto y equilibrado.</p>



<p>La <strong>Ley de Parkinson</strong> sostiene que «un trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para completarlo». En la práctica, esto significa que si damos demasiado tiempo para una tarea, lo utilizaremos aunque no haga falta. Un informe que podría escribirse en cuatro jornadas se estira, como un chicle, a ocho si ese es el tiempo planificado. El riesgo es evidente: los plazos amplios fomentan la dilación.</p>



<p>Luego está la <strong>Ley de Hofstadter</strong>: «Siempre se tarda más —en un proyecto o tarea— de lo que uno espera». Advierte sobre nuestra tendencia a subestimar el tiempo real necesario para completar un proyecto. Calculamos cuatro días, y de repente son seis, con interrupciones e imprevistos, que nadie advirtió. En otras palabras, solemos pensar que una tarea llevará menos tiempo del que realmente requiere.</p>



<p>La tensión entre ambas leyes es clara: <strong>Parkinson nos empuja a comprimir, Hofstadter a expandir</strong>. Parkinson sugiere acortar los plazos para evitar dilaciones, mientras Hofstadter recomienda añadir un margen adicional, por si acaso. Por eso, <strong>sin una gestión cuidadosa, la Ley de Hofstadter puede transformarse en un Parkinson encubierto</strong>: los plazos se alargan en exceso, no como precaución sino para acomodar la dejadez.</p>



<p>La buena noticia es que es posible combinar ambas leyes para gestionar plazos efectivos. Primero, según Hofstadter, hacemos un cálculo conservador: estimamos lo que creemos que tomará un proyecto, y le añadimos un colchón para lo inesperado. Después, dentro de ese rango, Parkinson recomienda establecer hitos parciales. Por ejemplo, si se tienen ocho días para entregar un informe, se definen tres bloques de dos días, cada uno con metas intermedias que permitan supervisar el avance. Así se mantiene la atención y se evita dejar todo para el final.</p>



<p>Al finalizar cada bloque, se revisa el progreso y se ajusta el tiempo restante según cómo avanza el proyecto. El margen de seguridad, ese respiro que nos da Hofstadter, no es para vagar. Es solo para contingencias, imprevistos y accidentes del camino. Usarlo como excusa para distraerse sin justificación es traicionarlo.</p>



<p>Este enfoque combinado aporta equilibro a la gestión del tiempo: <strong>el margen extra protege del estrés y de la presión de los plazos precipitados, mientras que los hitos intermedios evitan la dilación</strong>. De este modo, se consigue eficacia sin sacrificar flexibilidad, combinando la previsión de Hofstadter con la disciplina de Parkinson.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <a href="https://pixabay.com/es/photos/sombrilla-verano-colores-primavera-2921160/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong>jlsggdl </strong></a>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en mi <strong><a href="https://amaliorey.substack.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">boletín de Substack</a></strong>, la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>
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      <title>También se aprende mucho en una buena conferencia</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Mon, 01 Jun 2026 17:18:19 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Educación]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>Vivimos en un momento en el que resulta habitual despreciar el formato de charla o conferencia. Parece que escuchar con atención tiene poco valor, y eso nos ha llevado al extremo contrario: el del «tallerismo» sin ton ni son.</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 747</strong></p>



<p>Hoy leí un artículo con este titular: «Una conferencia no es una actividad para aprender». No citaré al autor, muy competente en su campo, para no personalizar el debate; pero discrepo de esa afirmación.</p>



<p>Me puse a repasar las últimas conferencias a las que asistí. No los cafés de los descansos ni las conversaciones de pasillo, que casi siempre merecen la pena, sino lo que ocurrió mientras escuchaba a los ponentes: ¿hubo alguna idea que no conocía? ¿entendí mejor algo que ya sabía? ¿cambió mi opinión sobre algún tema? La respuesta es sí. Entonces aprendí.</p>



<p>Aprender es cambiar lo que sabes, entiendes o haces gracias a la práctica, el estudio o la reflexión. Una persona aprende cuando entra en contacto con una información o experiencia nueva que modifica algo en su mente o en su conducta.</p>



<p>Estoy de acuerdo en que, siempre que sea posible, los formatos de aprendizaje deberían implicar al aprendiz en actividades dinámicas e interactivas. Sin embargo, afirmar que «solo se aprende practicando» es incorrecto. Reducir el aprendizaje a la práctica deja fuera muchas cosas que también forman parte de él.</p>



<p>Escuchar y leer son actividades incorrectamente etiquetadas como pasivas. Todo depende de cómo se aborden y de la actitud del aprendiz. Una buena conferencia no tiene por qué limitarse a la simple «distribución de información». También puede abrir puertas al descubrimiento, iluminar zonas ciegas, proporcionar marcos útiles para interpretar la realidad o provocar esas intuiciones que reordenan de golpe lo que uno creía saber. Y si eso no es aprendizaje, apaga y vámonos.</p>



<p>Lo tengo claro: hay personas brillantes —y sabias— que, en una lección magistral bien hilvanada, son capaces de transmitir más aprendizajes esenciales que decenas de talleres donde se practican habilidades operativas y secundarias.</p>



<p>Y creo que mi resistencia al titular del artículo viene de que no distingue entre dos tipos de aprendizaje; una confusión que, por cierto, es casi un signo de la época. Hay un aprendizaje operativo, que exige práctica: tocar el piano, programar, negociar, escribir mejor, hablar un idioma o resolver problemas matemáticos. Ahí escuchar y leer no bastan, porque la competencia depende de ejecutar, corregir, ajustar y automatizar. Pero hay otro, el conceptual o interpretativo, donde una idea puede producir una transformación inmediata: una distinción nueva, un modelo mental o una categoría que antes se desconocía. En ese caso, escuchar o leer no son solo una preparación para aprender; son ya el medio mismo del aprendizaje.</p>



<p>Es verdad que incluso en ese aprendizaje más troncal hay grados. Una idea puede entrar de golpe, pero luego necesita vida, contraste y experiencia para volverse más profunda. Primero la entiendes, después la reconoces en situaciones reales y luego la usas para pensar o actuar. Esto impulsa el círculo virtuoso, pero no significa que lo anterior no haya sido aprendizaje, ni que sea menos valioso.</p>



<p>Vivimos en un momento en el que resulta habitual despreciar el formato de charla o conferencia. Parece que escuchar con atención tiene poco valor, y eso nos ha llevado al extremo contrario: el del «tallerismo» sin ton ni son. A estar continuamente haciendo cosas, aunque falte un marco conceptual que les dé sentido. Y no pasa nada por escuchar primero, dedicar tiempo a pensar y dejar la práctica para después.</p>



<p>Por cierto, esas conferencias no tienen que ser presenciales. Pueden ser un vídeo o cualquiera de las charlas que se publican en Internet. He aprendido más en algunas de ellas que en muchos talleres supuestamente diseñados para maximizar el aprendizaje. Porque no todo lo relevante consiste en aprender a hacer. También aprendemos a ver, a interpretar, a nombrar y a comprender. Y para eso, a veces, basta con escuchar atentamente a alguien que tiene algo importante que decirnos.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/illustrations/altavoz-persona-audiencia-multitud-9391455/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Geralt </a></strong>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar&nbsp;mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>
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      <title>La suerte no tiene prisa</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Mon, 25 May 2026 15:45:31 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Lecturas]]></category>
      <category><![CDATA[Mi libro]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>¿Y si la suerte no fuera un instante, sino un hilo que se despliega a lo largo del tiempo? ¿Y si no supiéramos hasta mucho después si un hecho fue bueno o malo, cuando la historia completa tome forma?</p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/05/25/la-suerte-no-tiene-prisa/">La suerte no tiene prisa</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 746</strong></p>



<p style="font-size:16px">Este es un extracto del libro <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong><em>VIDAS QUE IMPORTAN:</em> <em>Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</em></strong></a> (Almuzara, 2026)</p>



<p>Nos gusta pensar en la suerte como una chispa repentina: ganar la lotería, escapar por segundos de un accidente, conseguir un buen trabajo por casualidad. Pero esa mirada es estrecha.</p>



<p>¿Y si la suerte no fuera un instante, sino un hilo que se despliega a lo largo del tiempo? ¿Y si no supiéramos hasta mucho después si un hecho fue bueno o malo, cuando la historia completa tome forma?</p>



<p>Un cuento taoísta ilustra esto con precisión. Un campesino pierde su caballo y los vecinos exclaman: «¡Qué mala suerte!». Él responde: «Quizás». Días después, el caballo regresa acompañado de otros caballos salvajes. «¡Qué buena suerte!», celebran. «Quizás», contesta. Su hijo, al intentar montar uno de los animales, se rompe la pierna. «¡Qué desgracia!». «Quizás». Poco después, el ejército recluta jóvenes, pero no se lleva a su hijo por estar herido.</p>



<p>El mensaje es claro: la suerte no se mide en el instante, sino en retrospectiva. Lo que hoy parece desastre puede ser la grieta por donde se filtra algo valioso. Lo que celebramos como fortuna puede transformarse en carga. Una ruptura, una enfermedad, un despido… pueden ser resquicios por los que entre la luz.</p>



<p>Aceptar que la suerte se revela con el tiempo nos libera de la urgencia de etiquetar todo como «bueno» o «malo». Nos da margen para esperar y observar qué lugar ocupa cada hecho en nuestra historia.</p>



<p>A mi amiga Susana la despidieron y sintió pánico: deudas, miedo, vacío. Empezó a escribir, primero por necesidad, luego por pasión. Hoy vive de eso. Recuerda aquel trabajo y comprende que, en realidad, la estaba consumiendo.</p>



<p>Algo parecido le ocurrió a Nicolás. Tras una ruptura, creía haber perdido a la mujer de su vida. Dos años después conoció a alguien con quien descubrió una forma de amar más libre y serena. Lo que parecía un final fue, en realidad, un comienzo de algo mejor.</p>



<p>Pero la suerte puede jugar en sentido inverso. María Luisa consiguió un puesto soñado en Estados Unidos gracias a un encuentro casual en un congreso. «¡Qué suerte!», pensó ella y su familia. El primer año fue espléndido, hasta que un accidente truncó su vida en esa ciudad. Lo que parecía fortuna fue un desvío hacia un final trágico.</p>



<p>Y a veces la paradoja se esconde en lo cotidiano. Imagina que un atasco en Madrid te hace perder el tren para ir a una reunión decisiva. Maldices tu mala suerte. Esa misma tarde, casi por inercia, entras a una librería para matar el tiempo. Allí te reencuentras con un exvecino que te recomienda para otro trabajo, que termina siendo por fin tu lugar en el mundo. Ese tren perdido era, en realidad, el que no debías tomar.</p>



<p>Por eso, suelo decirles a mis amigos que el único momento en que se puede juzgar con certeza si algo fue suerte o no, es en el lecho de muerte, cuando toda la red de causas y efectos queda al descubierto. Si la vida es un relato, el final es el que da sentido a los capítulos anteriores.</p>



<p>Repensar la suerte no altera lo sucedido, pero sí transforma nuestra relación con ello, permitiéndonos relativizar y respirar con más espacio. Etiquetar de inmediato equivale a quedarse con un solo fotograma de la película. Dar tiempo a que los eventos encuentren su lugar nos abre a la historia completa. Una decepción puede ser una redención encubierta. Algo que nos duele puede empujarnos hacia algo mejor. La suerte no tiene prisa en dar su veredicto, porque nada sucede de manera aislada.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/photos/mar-agua-pies-sandalias-chancletas-2312623/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Broesis </a></strong>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>



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      <title>El síndrome del derecho</title>
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      <comments>https://www.amaliorey.com/2026/05/19/el-sindrome-del-derecho/#respond</comments>
      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Tue, 19 May 2026 21:23:19 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Educación]]></category>
      <category><![CDATA[Mi libro]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>Confundimos el anhelo de justicia con la fantasía de un mundo perfecto. Mientras tanto, la realidad nos recuerda que el amor puede llegar tarde, que el esfuerzo no siempre se reconoce y que la impunidad circula con una soltura irritante.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/05/19/el-sindrome-del-derecho/">El síndrome del derecho</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 745</strong></p>



<p style="font-size:16px">Este es un extracto del libro <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong><em>VIDAS QUE IMPORTAN:</em> <em>Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</em></strong></a> (Almuzara, 2026)</p>



<p>Hay una aspiración que casi nadie cuestiona: «la vida debe ser justa». Pero una cosa es desear justicia y otra muy distinta convertir ese ideal en una exigencia, como si el mundo estuviera obligado a comportarse según nuestras expectativas morales.</p>



<p>Pensamos entonces como si existiera un pacto implícito: hacer lo correcto siempre trae recompensa, la generosidad es correspondida y el esfuerzo conduce inevitablemente al éxito. «Si somos buenas personas, todo nos irá bien», dice el mantra.</p>



<p>Pero… ¿de dónde salió esa promesa? ¿Quién firmó semejante acuerdo?</p>



<p>Confundimos el anhelo de justicia con la fantasía de un mundo perfecto. Mientras tanto, la realidad nos recuerda que el amor puede llegar tarde, que el esfuerzo no siempre se reconoce y que la impunidad circula con una soltura irritante.</p>



<p>El deseo de previsibilidad nos empuja a creer en un karma automático: que quien juega limpio triunfa y quien manipula cae. Pero basta mirar alrededor para ver que no siempre ocurre. La justicia no opera como máquina expendedora. A veces, sencillamente, no opera.</p>



<p>Nada garantiza que lo que creemos merecer suceda. Y aun así, tendríamos que seguir haciendo lo correcto, sin esperar aplausos ni recompensas.</p>



<p>En una sociedad obsesionada con la gratificación instantánea, esa actitud es casi contracultural: sostener el esfuerzo sin certeza de resultado, perder sin perderse, apostar al largo plazo y aceptar la ambigüedad de ciertos hechos.</p>



<p>La dificultad para asumir la frustración está ligada al llamado «síndrome del derecho»: la idea de que tenemos derecho automático a la plenitud. Amor por existir. Éxito por intentarlo. Salud por cuidarnos. Y cuando la vida no sigue el guion, estalla la indignación. Sufrimos doblemente: por lo que no conseguimos y por la injusticia percibida.</p>



<p>Me encanta la lucidez con que explica esto la escritora <strong><a href="https://www.acantilado.es/catalogo/las-pequenas-virtudes/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Natalia Ginzburg</a></strong>: «Es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo. Y, aun así, es preciso amar el bien y odiar el mal».</p>



<p>Tiene razón. No firmamos nada al nacer. No hay cláusulas que garanticen que si hacemos A y B llegará C. Lo único que tenemos es nuestra capacidad de actuar con integridad, aunque el entorno sea adverso.</p>



<p>La realidad es ambigua, imperfecta, desigual. La madurez emocional consiste en dejar de pelear contra ese dato. Nadie nos debe felicidad, salud ni reconocimiento. Dejemos de tratarnos como víctimas si el mundo gira en otra dirección.</p>



<p>¿Quién dijo que la vida es justa? Nadie. Pero podemos serlo nosotros: con lo que hacemos, con cómo influimos, con la manera en que reducimos o amplificamos el daño.</p>



<p>Y eso es lo único que importa.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/photos/gente-hombre-chico-frustraci%c3%b3n-2568886/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">StockSnap </a></strong>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar&nbsp;mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>
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      <title>Decisiones precargadas</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Thu, 14 May 2026 07:11:10 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Consultoría]]></category>
      <category><![CDATA[Estrategia]]></category>
      <category><![CDATA[Lecturas]]></category>
      <category><![CDATA[Mi libro]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>La «fatiga por decisión» no se combate con más fuerza de voluntad, sino «precargando» elecciones, lo que permite pensar una vez para ejecutar muchas.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/05/14/decisiones-precargadas/">Decisiones precargadas</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 744</strong></p>



<p style="font-size:16px">Este es un extracto del libro <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong><em>VIDAS QUE IMPORTAN:</em> <em>Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</em></strong></a> (Almuzara, 2026)</p>



<p>En los talleres, la improvisación es parte del encanto del oficio. Ese margen de libertad permite disfrutar el proceso y lo separa de la rigidez milimétrica de la industria.</p>



<p>Sin embargo, buena parte del trabajo artesano está guiada por reglas claras y decisiones tomadas previamente. Seguir un plan aporta orden y estructura, y permite moverse con rapidez en las tareas de la profesión que más se benefician de flujos ágiles.</p>



<p>Cada decisión, por mínima que parezca, consume un fragmento de nuestra limitada energía mental. Elegir qué ropa ponernos, qué comer, cuándo ejercitarnos o qué tarea abordar en el trabajo se convierte en pequeñas fricciones que se acumulan y desgastan.</p>



<p>A esto se le llama «fatiga por decisión». Y no se combate con más fuerza de voluntad, sino con estrategia. Establecer criterios claros para «precargar» elecciones permite pensar una vez para ejecutar muchas. Y separar ambos momentos es clave, porque requieren habilidades y recursos distintos.</p>



<p>Imagina tu estantería saturada de libros. Cada vez que terminas uno, te abruma elegir el siguiente: ¿cuál leo ahora? Probablemente lo decidas al azar o por impulso. Pero si dedicas un momento tranquilo a organizar un orden de lectura, basado en una lógica consistente, luego solo tendrás que tomar el siguiente de la cola. Cada elección futura se vuelve automática. Esto es «precargar” decisiones.</p>



<p>Otra herramienta poderosa es definir reglas claras para decisiones repetitivas. Protegen de la ambigüedad y de la debilidad que aparece cuando estamos cansados o distraídos. Por ejemplo: «en las tres primeras horas del día no reviso redes sociales» o «salgo a correr todos los días después del trabajo». Sin reglas, los hábitos se posponen y las excusas se multiplican. Al convertir lo que quieres hacer en tu opción predeterminada, ahorras mucha energía mental.</p>



<p>Esto aplica a todo. Planear el menú semanal el domingo evita elecciones impulsivas durante los siguientes días. Repetir combinaciones de ropa o reglas simples para vestirse elimina dudas innecesarias frente al armario. En el trabajo, organizar bloques por prioridad o tipo de tarea evita la fatiga de decidir constantemente. Si el gimnasio está fijado para martes y jueves a las 19:00, la elección deja de ser un peso diario. Y la claridad mental que se gana es increíble.</p>



<p>Lo mismo ocurre con las finanzas: un presupuesto pensado con la cabeza fría evita las tentaciones; cada compra deja de depender del ánimo del momento. Y en el tiempo libre, fijar días concretos para cafés o cenas con amigos transforma encuentros de azar en compromisos que fortalecen relaciones.</p>



<p>Tener un plan no implica rigidez, sino libertad. Permite alinear las acciones con los objetivos. Aporta fluidez: ya no hace falta decidir en cada instante, porque ya se ha elegido con claridad de antemano, cuando tenías tiempo de calidad para anticiparte y hacerlo bien.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/photos/guardarropa-percha-vestidor-5961193/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">congerdesign </a></strong>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar&nbsp;mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>



<p></p>
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      <title>Memento Mori</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Fri, 08 May 2026 19:04:10 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Innovación personal]]></category>
      <category><![CDATA[Offtopic]]></category>
      <category><![CDATA[Paradojas]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>POST Nº 743 Todos sabemos que vamos a morir. A diferencia de otros seres vivos, los humanos somos los únicos conscientes de nuestra mortalidad, aunque la mayor parte del tiempo vivamos como si lo olvidáramos. Por si no lo sabes, la expresión latina memento mori significa «recuerda que morirás». Su origen no es del todo [&#8230;]</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 743</strong></p>



<p>Todos sabemos que vamos a morir. A diferencia de otros seres vivos, los humanos somos los únicos conscientes de nuestra mortalidad, aunque la mayor parte del tiempo vivamos como si lo olvidáramos.</p>



<p>Por si no lo sabes, <strong>la expresión latina <em>memento mori</em> significa «recuerda que morirás».</strong> Su origen no es del todo claro, pero suele vincularse con una costumbre romana: cuando un general regresaba victorioso, un asistente le repetía esa frase al oído para recordarle que, pese a la gloria, seguía siendo mortal. Era un gesto de humildad y una advertencia contra la soberbia, una forma de poner en perspectiva la fragilidad de la existencia.</p>



<p>En nuestra cultura, donde hablar de la muerte es un tabú, esta idea puede sonar incómoda. Muchos creen innecesario subrayar lo evidente. Sin embargo, no es un recordatorio negativo: <strong>aceptar la finitud es una manera de despertar del piloto automático. </strong>Saber que el tiempo es limitado obliga a enfocarse en lo que realmente importa y a vivir con más conciencia.</p>



<p>Es cierto que para algunas personas pensar en la muerte genera ansiedad o rechazo. Por eso, el modo de transmitir el mensaje importa, y mucho. En lugar de «recuerda que vas a morir», queda mejor: «aprovecha bien tu tiempo, recuerda que es limitado». Así deja de sonar fúnebre y se transforma en una invitación a la acción.</p>



<p>Una mayor cercanía del final debería aumentar la conciencia y el diálogo sobre la muerte, pero en cambio suele generar evitación. Se da una paradoja: cuanta más edad tenemos, más rechazamos pensar en la muerte. Somos conscientes de que estamos más cerca. Sin embargo, precisamente por esa misma razón, sería cuando más deberíamos considerarla, para aprovechar mejor el tiempo que nos queda.</p>



<p>Entendido en positivo, <strong>el <em>memento mori</em> no es un culto a la muerte, sino una consigna vital.</strong> Nos ayuda a dejar lo superfluo y concentrarnos en lo que aporta sentido. También funciona como antídoto contra la vanidad, tal como lo entendían los romanos. No es una idea sombría, sino un recordatorio de que la vida merece ser vivida en toda la plenitud que se nos ofrece.</p>



<p>No debería hacer falta un accidente o un susto de salud para reaccionar. Recordar que «cada día podría ser el último» es un recurso poderoso para priorizar y actuar. Esa conciencia de que los días están contados es, irónicamente, el mejor estímulo para aprovecharlos.</p>



<p>Hay muchas formas prácticas de integrar esta perspectiva en la vida diaria. Desde ponerse en el móvil una frase o aforismo que lo recuerde a menudo, hasta un reloj de arena o un objeto que sirva de amuleto para activar la consigna. El bloguero Tim Urban popularizó el «<strong><a href="https://waitbutwhy.com/2014/05/life-weeks.html">Calendario de vida</a></strong>», una cuadrícula donde cada semana es una casilla. Con una esperanza de vida de 84 años en España, serían unas 4.368 casillas. Las ya vividas se marcan, y las que quedan en blanco muestran de forma gráfica e irrefutable el tiempo disponible que hay que aprovechar.</p>



<p>También hay hábitos sencillos. <strong>Empezar el día preguntándose «si hoy fuera el último, ¿qué merecería mi atención?» da perspectiva.</strong> Terminarlo anotando tres cosas pequeñas por las que estar agradecido ayuda a valorar lo cotidiano. Un café, una conversación, un paseo… gestos mínimos que, al recordar que no son eternos, se disfrutan más.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <a href="https://pixabay.com/es/photos/c%c3%a1mara-equipaje-fotos-polaroid-514992/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong>congerdesign </strong></a>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>



<p></p>
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      <title>Cascarrabias</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Mon, 04 May 2026 17:29:56 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Educación]]></category>
      <category><![CDATA[Lecturas]]></category>
      <category><![CDATA[Mi libro]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>Cuando dejamos de aprender, algo en nosotros se apaga. El asombro se convierte en fastidio. Lo nuevo deja de intrigar. Cambiar de opinión se vuelve una pequeña tragedia íntima. La apertura mental se marchita bajo el peso de nuestras certezas. Y por ahí se filtra el mal humor.</p>
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<p></p>



<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 742</strong></p>



<p style="font-size:16px">Este es un extracto del libro <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong><em>VIDAS QUE IMPORTAN:</em> <em>Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</em></strong></a> (Almuzara, 2026)</p>



<p>Se suele pensar que, a medida que envejecemos, necesitamos aprender menos, como si llegara un momento en que ya vimos y entendimos lo suficiente, y estuviéramos «completos». No es así.</p>



<p>Cuando dejamos de aprender, algo en nosotros se apaga. El asombro se convierte en fastidio. Lo nuevo deja de intrigar. Cambiar de opinión se vuelve una pequeña tragedia íntima. La apertura mental se marchita bajo el peso de nuestras certezas. Y por ahí se filtra el mal humor.</p>



<p>Así nace el cascarrabias: alguien que vive a la defensiva, incómodo ante lo distinto. Le irrita todo: el murmullo de la calle, los jóvenes, las modas, las nuevas formas de hablar, los ritmos distintos. Reacciona al cambio con enojo, como si fuera un ataque personal. Habla para corregir, no para comprender.</p>



<p>En el fondo, ese mal genio es miedo. Miedo a perder el control de un mundo que ya no entiende.</p>



<p>Quien mantiene viva la curiosidad no se espanta ante lo diferente: lo examina, lo huele, lo pone a dialogar con lo que sabe. No se burla, indaga. Los niños preguntan; los cascarrabias gruñen. Un niño ve algo extraño y dice: «¿Qué es eso? ¿Por qué pasa?». Un adulto curioso hace lo mismo. El cascarrabias, en cambio, sentencia: «Qué tontería».</p>



<p>Aprender es una actitud: cómo hablamos, cómo escuchamos, cómo nos abrimos a lo inesperado. Es aceptar que podemos equivocarnos, que la vida se mueve más rápido que nuestras certezas. Es un acto de humildad.</p>



<p>Aprender también limpia. Oxigena. Evita que las arterias por donde circulan las ideas se endurezcan. Es higiene emocional. Y por eso, pocas frases anuncian un declive más claro que un «ya nada me sorprende». Lo que se apaga ahí no es solo una mirada, sino todo un ecosistema de vínculos.</p>



<p>La vejez vital no llega solo por decreto biológico, sino también por rigidez social. Uno empieza a volverse cascarrabias —para sí mismo y para los demás— el día en que deja de aprender. </p>



<p>No dejes que te ocurra…</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/photos/enfadado-hombre-retrato-enojado-6742177/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">ACWells </a></strong>en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar&nbsp;mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>



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      <title>La geografía secreta de los demás</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Mon, 27 Apr 2026 17:33:59 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Educación]]></category>
      <category><![CDATA[Innovación personal]]></category>
      <category><![CDATA[Lecturas]]></category>
      <category><![CDATA[Mi libro]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>Cada encuentro humano puede ocultar un tesoro. Pero para hallarlo, primero hay que suspender el juicio. Etiquetar a alguien como «poco interesante» antes de conocerlo es un error. </p>
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<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 74</strong>1</p>



<p style="font-size:16px">Este es un extracto del libro <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong><em>VIDAS QUE IMPORTAN:</em> <em>Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</em></strong></a> (Almuzara, 2026)</p>



<p>Si lo piensas bien, todos somos expertos en algo. Cada persona que encuentras es un mapa vivo, un territorio de experiencias, pasiones y saberes que la mayoría desconoce. Puede tratarse de habilidades prácticas, conocimientos técnicos, lecciones de vida o una pasión cultivada en secreto durante años. Solo hace falta curiosidad genuina para abrir esas puertas y recorrer su geografía única.</p>



<p>Pero los prejuicios nos ciegan. Miramos sin ver, juzgamos por la superficie y descartamos a quien parece no tener nada que enseñarnos. Ahí reside el error: cualquiera, incluso quien menos imaginas, puede sorprenderte con algo valioso.</p>



<p>Me ha pasado una y otra vez. Recuerdo un taxista en Madrid que, durante un trayecto largo, improvisó una clase de política internacional. Sin pretensiones académicas, su análisis era más lúcido que el de muchos tertulianos televisivos. Otro día, mientras esperaba que mi coche saliera del taller, el mecánico —a quien yo había reducido a un simple arregla-autos— empezó a hablar de Epicteto. Había leído a los estoicos durante años y aplicaba sus enseñanzas para no frustrarse con los problemas del trabajo. En media hora, me dio una lección de filosofía que me dejó atónito. Entre aceite y metal, había un intelectual que daba gusto escuchar.</p>



<p>Y luego está Luisa, mi vecina de saludos discretos en el ascensor. Una tarde, mientras colgábamos ropa en el tendedero, me contó que había sido enfermera voluntaria en zonas de guerra. Allí improvisaban hospitales con lo mínimo y resolvían emergencias con un ingenio extraordinario. Jamás habría imaginado que detrás de esa calma se escondía una vida tan intensa, ni que supiera narrarla de un modo que me hiciera olvidar el reloj.</p>



<p>O aquel joven del bar donde desayuno, siempre absorto en su móvil. Parecía distraído, incluso apático. Hasta que una mañana me explicó que desarrollaba un algoritmo para detectar sonidos de deforestación en tiempo real. Sabía de programación, ecología, matemáticas e historia del arte. Un hibridador brillante, en absoluto aburrido, capaz de abrirte mundos.</p>



<p>Cada encuentro humano puede ocultar un tesoro así. Pero para hallarlo, primero hay que suspender el juicio. Etiquetar a alguien como «poco interesante» antes de conocerlo es un error. Ya lo viste con el taxista, la vecina enfermera y el joven del bar.</p>



<p>La gema rara vez se revela a la primera mirada. Hace falta humildad intelectual e interés genuino: prestar atención sin preparar la réplica, dejar que la otra persona hable. Saber escuchar se ha vuelto casi un superpoder en un mundo donde todos quieren parlotear. Ayuda mucho dejarse llevar por la conversación.</p>



<p>Preguntar es abrir puertas. No preguntas para confirmar lo que ya sabes; preguntas para que el mapa del otro se despliegue: ¿Cómo llegaste a eso? ¿Qué aprendiste? Solo la curiosidad auténtica conduce a lugares insospechados.</p>



<p>Te propongo un reto: en tu próxima conversación, busca descubrir lo que esa persona sabe y tú ignoras. Tal vez tardes cinco minutos, tal vez cinco encuentros. Pero cuando lo logres, no solo habrás aprendido algo nuevo: habrás comprendido lo que se pierde al juzgar con ligereza.</p>



<p>Una vez que entiendes que cualquiera tiene algo que enseñarte, cambia tu manera de relacionarte. Descubres que nadie es tan simple como parece. Todos sabemos algo interesante que los demás ignoran. Solo hace falta encontrar qué es.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <a href="https://pixabay.com/es/users/stine86engel-11826059/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><strong>Stine86Engel</strong></a> en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar&nbsp;mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>» y en este enlace <strong><a href="https://www.amaliorey.com/quiero-el-libro/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">¿Dónde adquirirlo? </a></strong></p>



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      <title>Soy las palabras que uso</title>
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      <dc:creator><![CDATA[Amalio Rey]]></dc:creator>
      <pubDate>Sat, 11 Apr 2026 12:40:43 +0000</pubDate>
      <category><![CDATA[Bienestar]]></category>
      <category><![CDATA[Educación]]></category>
      <category><![CDATA[Offtopic]]></category>
      <category><![CDATA[Pensar bien]]></category>
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      <description><![CDATA[<p>La mente cocina con palabras, que son los ingredientes. Cuantos más y mejores ingredientes tenga, más sutiles y sabrosos serán los platos que puede preparar. Si mi caja de herramientas es muy limitada, me costará construir ideas realmente interesantes. </p>
<p>La entrada <a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/11/soy-las-palabras-que-uso/">Soy las palabras que uso</a> se publicó primero en <a href="https://www.amaliorey.com">Amalio Rey | Blog de innovación con una mirada humanista</a>.</p>
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<p class="has-text-align-right"><strong>POST Nº 740</strong></p>



<p>Lo que pienso, digo, siento, y hasta lo que callo… todo eso depende, en gran parte, del menú de palabras que tengo en la cabeza. Esas palabras son, además de etiquetas imprescindibles para describir la realidad, las molduras que dan forma a mi pensamiento.</p>



<p><strong>La mente cocina con palabras, que son los ingredientes. Cuantos más y mejores ingredientes tenga, más sutiles y sabrosos serán los platos que puede preparar.</strong> Si mi caja de herramientas es muy limitada, me costará construir ideas realmente interesantes. Por ejemplo, si desconozco la palabra «ambivalente», me será difícil expresar que algo me genera emociones contradictorias. Esa situación seguirá existiendo, aunque yo ignore esa palabra, pero seré menos capaz de gestionarla con lucidez.</p>



<p>En la vida cotidiana, muchas decisiones dependen de comprender bien lo que nos pasa, lo que otros sienten, lo que un texto dice, lo que una situación implica. Y todo eso se teje con palabras. Si mi vocabulario emocional, técnico, ético o político es precario, lo más probable es que interprete pobremente el mundo. Y si interpreto mal, también decido mal. Aunque la siembra más nutriente se hace de pequeños, sobre todo mediante la lectura, construimos capital semántico a lo largo de la vida, y nunca es tarde para invertir en él.</p>



<p>Tuve un jefe en Cuba, <strong><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Regino_Boti" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Regino Boti</a></strong>, que me enseñó a cultivar las palabras y a apreciar el valor de un vocabulario preciso. Era tan riguroso al revisar mis textos, que terminé creando mi propio diccionario de sinónimos y antónimos. Aquel se convirtió en mi pasatiempo favorito —y en mi salvavidas contra el tedio— durante los casi <strong><a href="https://www.amaliorey.com/2020/05/26/diario-personal-de-angola/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">dos años que pasé como militar en Angola</a></strong>: extraía palabras de los libros que leía y las anotaba con esmero en un cuaderno que guardaba con celo en mi litera.</p>



<p>Desde entonces, disfruto como un enano cada vez que una idea poderosa se deja atrapar con la palabra justa y, de pronto, todo encaja. <strong>También me desespero cuando la frase se me escurre, una y otra vez, por no dar con ese término que le da sentido.</strong> Manejar los matices, que ayudan a comprender diferencias finas entre cosas parecidas, me parece lo más intrigante del lenguaje. Así es como uno entiende que no es lo mismo «sentir» que «intuir», «tolerar» que «respetar», o «error» que «fracaso». Si confundiera esas palabras, mis comportamientos también se resentirían.</p>



<p>Las palabras importan tanto que cada lengua puede llegar a modelar la realidad de forma distinta. <strong>Cuando se aprende a dominar un idioma nuevo, cambia la manera en que las cosas se ordenan dentro de nosotros</strong>, y eso me fascina. Algunas lenguas distinguen matices que otras ignoran. He leído, por ejemplo, que el ruso usa distintas palabras para el azul claro (<em>goluboy</em>) y el azul oscuro (<em>siniy</em>). En castellano también tenemos «azul» y «celeste», pero el segundo se considera una variante del primero. En la lengua eslava, son colores básicos diferenciados, al mismo nivel que el rojo o el verde. Se ha observado en estudios que esta distinción tan clara influye en que sus hablantes perciban esas diferencias con más rapidez al describir escenarios.</p>



<p>El alemán tiene una gran capacidad para encapsular ideas complejas en una sola palabra, para las que el castellano necesita frases. «<em>Torschlusspanik</em>» es un buen ejemplo, que significa: miedo o ansiedad a que se pierdan oportunidades con el paso del tiempo. No existe en español una palabra única que exprese exactamente lo mismo. Esa singularidad provoca que ciertas ideas estén más disponibles mentalmente, sean más fáciles de evocar, pensar y compartir. En castellano necesitamos explicaciones; en alemán basta con una palabra. Y eso influye en la agilidad cognitiva con que se manejan ciertos conceptos.</p>



<p><strong>Si aprendo esas palabras, puede que empiece a pensar distinto.</strong> Descubro emociones que no sabía que sentía hasta que esa lengua me las mostró, que hay formas de ver el tiempo, el espacio o el respeto que nunca había considerado. Mi mapa del mundo se flexibiliza, y puede que cambie la manera en que razono sobre ciertas cuestiones. Es tan cierto eso que amigos extranjeros me han dicho que, en algunos casos, toman decisiones distintas si lo piensan en español a si lo hacen en su lengua materna.</p>



<p>Los vocablos también se activan desde una perspectiva afectiva. El valor único de las palabras no solo está en su precisión, sino también en cómo emocionan. Bien utilizadas, ayudan a pensar mejor, pero también a sentir mejor. Si nuestros diálogos internos usan las palabras equivocadas —a veces tóxicas—, así serán nuestras emociones.</p>



<p>Sintonizar con nuestras emociones es clave, pero después viene el lío de saber etiquetarlas con precisión. <strong>A veces no necesitamos cambiar lo que sentimos, sino cómo lo nombramos.</strong> Basta una palabra más suave, más nuestra, para que un malestar se desinfle por dentro. Decir «estoy fatal» no tiene el mismo efecto en las tripas afectivas que «hoy me siento algo desbordado». Es muy distinto «estoy deprimido» que «ando melancólico». Las primeras opciones cierran puertas; las segundas dejan espacio para explorar. Como se ve, las palabras tienen filo, pero también tienen tacto. Y según cuáles elijamos, nuestras emociones se tensan, se abren o se calman. Es como si las palabras sintieran por nosotros. Y visto así, cultivar un buen vocabulario puede convertirse también en una cuestión de salud mental.</p>



<p>Conviene recordar que el reto semántico de afinar el uso y la comprensión de los significados va más allá de engordar el vocabulario. También importa el acceso, cómo las ordenamos. Me refiero a esa capacidad de invocar la palabra precisa en cada momento. Para eso no basta con tener una buena memoria: hay que entrenar las rutas de acceso más eficaces a ese almacén, porque las palabras que más usamos se ofrecen con más rapidez. Si aprendo a describir mi malestar como «inquietud» en lugar de «fracaso», y lo hago así con regularidad, la primera me vendrá antes que la segunda.</p>



<p><strong>Para optimizar los accesos, es clave (al menos para mí) dedicar tiempo a la escritura.</strong> A más lo hago, más palabras descubro y más rápido llego a las precisas. Leer literatura o poesía también ayuda, porque acelera las conexiones. Se sabe que hacerlo de manera habitual fortalece la «memoria muscular» del habla. De esa manera, las palabras siguen rutas neuronales más eficientes, que permiten su recuperación rápida y sin esfuerzo cuando se necesitan.</p>



<p>El lenguaje es, en gran medida, una cuestión de hábito. Por eso, la exposición a contextos facilitadores es determinante. Eso se nota en los menores que crecen en familias donde se practica una conversación más sofisticada, en vez de etiquetas gruesas o vacías. Cuanto más escuche palabras ricas en matices, más probable es que las integre en su repertorio cotidiano. Aprender a hablar bien es también aprender a oír bien.</p>



<p>Me resulta especialmente sugerente la idea de <strong>nombrar con intención, incluso cuando no se necesita.</strong> Un ritual que me gusta es ensayar palabras en momentos tranquilos, como un juego o como quien afina un instrumento antes del concierto. Por ejemplo, no esperar un cierto tipo de dolor para preguntarme cómo lo llamaría. O tratar de describir un estado de ánimo sin usar las palabras de siempre. O preguntarme qué palabra me diría en voz baja, para serenarme, si me siento alterado.</p>



<p><strong>Las palabras también tienen lírica. </strong>Según cómo suenan en la boca, despliegan una cadencia, una textura sonora, un ritmo que invita a componer canciones con ellas. Cuando escribo, siempre releo mis textos para tararear la melodía que me sugieren. Y algunas frases son la pera, inspiran belleza. Por ejemplo, decir «me siento liviano» tiene una musicalidad que abriga, mientras que «estoy bien» suena tan plano que apenas se oye a sí mismo. Las palabras técnicas aportan precisión, pero rara vez conmueven. Por eso, a veces, un giro poético o una palabra cálida nos abraza.</p>



<p>El cuerpo también memoriza palabras y las conversa. Si se asocia alguna con una experiencia emocional intensa (una lectura que nos conmovió, una canción, una conversación significativa, un episodio singular), trasciende la mente y se siente en las tripas. De solo escucharla, se somatiza: puede que el corazón se agite, nos entre frío o surja una súbita pérdida de energía. Que acaricie o que arañe.</p>



<p>Desde esta lógica, <strong>me encanta la idea de crearme un repertorio propio y vivo, un puñado de palabras que sienta como mías porque me parezcan muy especiales.</strong> Una mochila pequeña y ligera, con palabras que me aporten emociones positivas, sabiduría o serenidad. Las iré anotando y subrayando, para volver a ellas con facilidad. Quizás no sean más de quince o veinte, pero que estén llenas de sentido, como quien escoge cuidadosamente las fotos que lleva en la cartera. En los días difíciles o confusos, tener esas palabras a mano puede marcar la diferencia. Alguien me dijo al leer este borrador que no necesitas mil: solo necesitas las tuyas.</p>



<p style="font-size:12px"><strong>NOTA:</strong> La imagen pertenece al álbum de <strong><a href="https://pixabay.com/es/photos/palabras-letras-escarbar-jugar-7550707/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Arturo_Anez</a></strong> en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de <em>«suscríbete a este blog</em>” que aparece en la homepage. También puedes seguirme en la red social <strong><a href="https://bsky.app/profile/amaliorey.bsky.social" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Bluesky </a></strong>o visitar mi otro blog: <strong><a href="http://bloginteligenciacolectiva.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Blog de Inteligencia Colectiva</a></strong>. Asimismo, aquí tienes más información sobre mi último libro: «<strong><a href="https://www.amaliorey.com/2026/04/06/mas-libros-que-hijos-nace-vidas-que-importan/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">VIDAS QUE IMPORTAN: Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos</a></strong>»</p>



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